miniatura|Visitantes neofranquistas en el Valle de los Caídos usando una bandera franquista. La historia de la extrema derecha en España comienza a principios del con las Cortes de Cádiz. A partir de entonces la extrema derecha en España ha evolucionado siguiendo diversas tendencias (o «familias»): el tradicionalismo católico, el carlismo, la derecha radical y el fascismo (incluyendo el neofranquismo y el neofascismo). Según José Luis Rodríguez Jiménez, la extrema derecha española ha presentado a lo largo de su historia dos rasgos específicos (al menos hasta fechas recientes): compartir el «universo cultural del catolicismo integrista» y «la pobreza en la elaboración intelectual y la dependencia de modelos doctrinales foráneos» (unido a una «lenta y dificultosa renovación de su línea de pensamiento»). Pedro Carlos González Cuevas coincide con el primer rasgo señalado por Rodríguez Jiménez, al destacar que la preponderancia del catolicismo desempeñó un papel esencial al limitar el impacto de la introducción de innovaciones filosóficas externas provenientes del positivismo, el darwinismo social o el vitalismo en estos movimientos.

El origen ideológico de la extrema derecha se sitúa en el pensamiento reaccionario que surgió a finales del y principios del como respuesta a las nuevas ideas y principios de la Revolución Francesa, y que a su vez hundía sus raíces en el pensamiento antiilustrado. Sus principales teóricos fueron los franceses Joseph de Maistre y Louis de Bonald cuyo propósito era defender la Monarquía Absoluta apelando a su origen divino (el poder de los reyes les ha sido delegado por Dios por lo que su autoridad debe ser absoluta) y presentando una visión completamente idealizada de las sociedades de antiguo régimen. En España diversos autores defendieron estas ideas: los sacerdotes o religiosos Fernando de Zeballos (La falsa filosofía), Lorenzo Hervás y Panduro (Causas de la Revolución en Francia en el año 1789 y medios que se han valido para efectuarla los enemigos de la religión y el estado), Diego José de Cádiz (El soldado católico en la guerra de religión) y Rafael de Vélez (Apología del Altar y del Trono); o el jurista Antonio Javier Pérez (Principios del orden esencial de la naturaleza establecidos por fundamentos de la moral y por pruebas de la religión).

Guerra de la Independencia y Cortes de Cádiz (1808-1814) Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) se conformaron tres grandes grupos políticos: los afrancesados que apoyaban a la Monarquía de José I Bonaparte y sus reformas; los liberales, que reconocían como rey a Fernando VII y defendían la Monarquía Constitucional que quedó regulada en la Constitución de 1812 aprobada por las Cortes de Cádiz; y los absolutistas, también conocidos como «serviles», que también reconocían como rey a Fernando VII, pero que defendían el mantenimiento de sus poderes absolutos y que contaban con el respaldo del sector mayoritario de la Iglesia católica que consideró la guerra como una «cruzada» en defensa de la religión. Los absolutistas son los que introdujeron el tema de las «Dos Españas» (uno de los tópicos recurrentes de la extrema derecha española) al calificar de «antiespañoles», tanto a los afrancesados como a los liberales. Este maniqueísmo será uno de los elementos característicos de la extrema derecha a lo largo de su historia, así como su apelación a la existencia del «enemigo interior». «Liberales, afrancesados y masones pasan a convertirse en la primera tríada maldita de los reaccionarios». Uno de los defensores más radicales del Antiguo Régimen fue el diputado absolutista Pedro de Inguanzo y Rivero.

El carlismo

miniatura|Bandera del con el lema carlista (Colección Iñigo Pérez de Rada, Madrid). También aparece el Sagrado Corazón de Jesús. Los «serviles» consiguieron su propósito de restaurar la Monarquía Absoluta, expresado en el «Manifiesto de los Persas», cuando en 1814 Fernando VII volvió de su «cautiverio» en Francia y derogó la Constitución de 1812. Durante el Trienio Liberal (1820-1823) los absolutistas fueron conocidos como «realistas», durante la «Década Ominosa» (1823-1833) como «apostólicos» y al final de la misma como «carlistas», por su apoyo al hermano de Fernando VII Carlos María Isidro de Borbón, firme partidario del mantenimiento del Antiguo Régimen, como su sucesor al trono, en detrimento de Isabel, la hija del rey recién nacida. A la muerte de Fernando VII en 1833 se inician las «guerras carlistas», al mismo tiempo que los liberales construyen el «nuevo régimen» de la Monarquía Constitucional.

El trilema «Dios, Patria y Rey» sintetiza de forma genérica la ideología carlista (la defensa de la religiosidad tradicional frente a la secularización, de una idealizada sociedad estamental y de la Monarquía Absoluta, contrapuesta a la soberanía nacional y sustentada en una «Constitución» histórica y tradicional, no escrita, en la que las Cortes estamentales habrían desempeñado un importante papel) que sin embargo no se concreta mucho más. Más adelante se añadió la reivindicación de los fueros de Vascongadas y de Navarra, por ser los dos territorios donde más arraigó el carlismo, además de contribuir a la visión idealizada que proyectaba de la sociedad del Antiguo Régimen. En cuanto a los apoyos sociales del carlismo, José Luis Rodríguez Jiménez señala que «dado que el movimiento carlista se oponía a los cambios sociales asociados al liberalismo, obtuvo el sostén de quienes temían la desaparición de los vínculos de protección basados en relaciones personales, y no solo en el mundo rural ya que la supresión de los gremios había afectado al artesanado de las ciudades». No obstante, Rodríguez Jiménez reconoce que «la extracción social de las bases carlistas es más bien heterogénea». Este historiador también destaca el apoyo que recibió el carlismo de una parte de la Iglesia Católica, no sólo por razones ideológicas sino también económicas a causa de la desamortización de sus bienes. En última instancia, el carlismo se definiría por su «condena del liberalismo como algo ajeno a la realidad de España» y debido a su pervivencia a lo largo de los años acabó convirtiéndose en la «reserva espiritual» de las fuerzas reaccionarias, «impregnando al tradicionalismo católico con sus elementos míticos y su retórica militarista» (en lo que enlazaría con el miguelismo portugués o el legitimismo francés).

Tras su derrota en la tercera guerra carlista (1872-1876) y la consolidación de la Restauración, el carlismo sufrió la escisión de los integristas en desacuerdo con el acercamiento al liberalismo moderado por parte del pretendiente Carlos VII. A final de siglo se produjo la reelaboración de su doctrina con la aprobación del «Acta de Loredán» (1897) en la que a la defensa de la «monarquía tradicional», la unidad católica y los fueros, se añadía el fomento de la «vida corporativa, restaurando los gremios con las reformas necesarias» (la idealización del corporativismo medieval continuaba) y se incorporaba la «cuestión social» siguiendo la doctrina social de la Iglesia.

El tradicionalismo miniatura|Retrato de Juan Donoso Cortés (de pie) y de Jaime Balmes (sentado) pintado en 1848 por Luis Brochetón y Muguruza (Real Academia de la Historia, Madrid). El tradicionalismo fue una corriente de pensamiento político reaccionario que se desarrolló en la segunda mitad del , alejándose del conservadurismo. Sus principales representantes fueron Juan Donoso Cortés, Antonio Aparisi Guijarro, Marcelino Menéndez Pelayo y Juan Vázquez de Mella. Estos autores entendían la «tradición» como un «compendio de convicciones y sistemas de valores permanentes» y sus propuestas se fundamentaban en un «dogmatismo agresivo». Donoso Cortés, cuya obra «es posiblemente la que mejor represente el pensamiento tradicionalista español», en su «Discurso sobre la situación de España» (1850) en las Cortes, proclamó que es por la «tradición» que las naciones «son lo que son en toda la dilatación de los siglos». Cincuenta años después Vázquez de Mella afirmó que la tradición implica «el derecho de las generaciones y de los siglos posteriores a que no se les destruya la herencia de las precedentes por una generación intermedia amotinada», y definió la «tradición» así:

Para todos estos autores la «tradición» en el caso español estaba inextricablemente unida al catolicismo. Donoso Cortés partía de una concepción providencialista de la historia y negaba que los hombres pudieran adquirir el conocimiento por sí mismos (les había sido comunicado por Dios a través de la revelación) con lo que la doctrina católica se convertía en la única fuente de conocimiento. Asimismo el orden social y político había sido establecido por Dios por lo que a los hombres no les cabía otra opción que someterse, pues rebelarse les conduciría a la perdición (con una excepción: cuando las autoridades tomaran decisiones contrarias a los designios de Dios). Según José Luis Rodríguez Jiménez, «la visión donosiana, adoptada en las décadas siguientes por buena parte de los dirigentes de la extrema derecha, representa una condena del estado presente del mundo, asentada en una concepción maniquea de índole escatológica, donde las fuerzas del bien y del mal luchan perpetuamente hasta el triunfo final y definitivo del primero sobre el segundo». Así para Donoso Cortés, «cuando los Estados prescinden del pensamiento católico y aceptan los principios del racionalismo se produce el triunfo del mal en el mundo», en forma de catástrofes ―epidemias, malas cosechas, etc.― o de revoluciones políticas. «Nunca han faltado para los pueblos corrompidos ángeles exterminadores», dijo en su «Discurso sobre la situación de España» de 1850. miniatura|Fotografía realizada por Kaulak y publicada en Mundo Gráfico con motivo del fallecimiento de Marcelino Menéndez Pelayo en 1912.

Inspirado en las ideas de Donoso Cortés, en 1860 nació el grupo neocatólico liderado por Cándido Nocedal (el término «neos» o «neocatólicos» les fue asignado por sus adversarios con cierto carácter despectivo en cuanto que los acusaban de ser una mezcla de carlismo y de ultramontanismo). Su objetivo prioritario era la defensa de los intereses de la Iglesia católica, con la que la Monarquía de Isabel II acababa de alcanzar un acuerdo, y de la unidad católica. Cuando estalla la cuestión romana y el gobierno español reconoce en 1861 al reino de Italia los «neos» se ponen de parte del Papado, adoptando una posición ardientemente ultramontana. Además apoyarán entusiasmados la condena por Pío IX de los «errores» del liberalismo (Syllabus). Tras el triunfo de la Revolución Gloriosa de 1868 que pone fin al reinado de Isabel II, los «neocatólicos» se acercarán a los carlistas, coincidiendo los dos movimientos en su oposición radical a la secularización de la sociedad. La prensa neocatólica defenderá en sus páginas los derechos al trono español del pretendiente carlista Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos VII).