El agustinismo político es el nombre con el que se suele identificar a la corriente intelectual de la Iglesia cristiana medieval que deroga la distinción entre el derecho natural y la justicia sobrenatural, entre lo temporal y lo espiritual, entre lo político y lo eclesiástico, entre la conducta privada y el deber público. Todo se encuentra absorbido por el ideal de una única comunidad cristiana situada bajo el condominio de dos autoridades soberanas, espirituales y temporales, los papas y los emperadores.

En cuanto al marco ideológico del planteamiento, el pensamiento cristiano en el Medioevo sigue el esquema teocrático trazado por Agustín de Hipona y persigue la transformación de la ciudad terrena en la ciudad celeste y esta, a su vez, se identifica o se confunde con la verdadera Iglesia Cristiana occidental, una institución política y administrativa. Una Iglesia dominada por una hierocracia organizada y gobernada monárquicamente por un rey de poderes plenos y absolutos: el papa.

Siguiendo a Max Weber, la religión cristiana medieval se convierte en una organización hierocrática, consistente en la actividad profesional del culto y los mitos y, en grado superior, en la salvación de las almas (confesión y consejo a pecadores). El orden sacerdotal monopolizó la concesión de la salvación, convirtiéndola en «gracia sacramental» o «gracia institucional», a la que el individuo no podía llegar por sí solo, sino que requería los ritos de la hierocracia. Ciertamente, se consideraba altamente sospechoso que el individuo o la comunidad libre buscasen la salvación por sí solos, mediante la contemplación, la orgía -desenfreno en la satisfacción de pasiones y deseos- o el ascetismo.

La obra de Agustín de Hipona Los romanos quedaron conmocionados por el segundo saqueo sufrido en la historia de su ciudad a manos de los visigodos. Los romanos interpretaron el saqueo como un castigo divino y lo atribuyeron a la religión cristiana y, en particular, a la prohibición del culto a los dioses. El desconcierto que provocó la entrada de los bárbaros en la capital del Imperio Romano, donde residía el Papa, y que había sido referente del cristianismo desde Constantino I y especialmente desde Teodosio I, provocó un cuestionamiento general acerca del hecho de la desaparición de una civilización entera. Pero Agustín de Hipona, «el doctor de la gracia», contradijo aquella opinión y se propuso refutarla a través de una extensa obra de naturaleza teológica en la que trabajó a lo largo de quince años, entre 412 y 426: De civitate Dei contra paganos (La ciudad de Dios contra los paganos).

La obra es una apología del cristianismo, en la que se confronta la «Ciudad Celestial», que representa el cristianismo, y por tanto la verdad espiritual, y la «ciudad pagana», que representa la decadencia y el pecado. Agustín trató la religión de la Antigüedad como supersticiosa: por un lado, refutó que se adore a los dioses por el simple motivo de las ventajas que reporten (libros 1 a 5), y por otra parte, contradijo a los que buscan por esa misma vía la felicidad eterna (libros 6 a 10). Los libros 11 a 22 se consagran al origen y la oposición entre ambas ciudades.

El tema del Libro V, titulado El destino y la Providencia, es la verdadera felicidad consistente en «la satisfacción de todos los deseos»; felicidad que es un don de Dios, razón por la «que ningún otro dios debe ser adorado por los hombres más que aquel que los puede hacer felices». Agustín realiza un reformulación de la historia romana: atribuye los aciertos y avances a la intervención del Dios cristiano, y carga los desaciertos y fracasos al culto de los falsos dioses del templo romano. En ese contexto literario, Agustín expone acerca de la verdadera felicidad de los emperadores romanos (Capítulo XXIV) y propone a los emperadores Constantino, legalizador de la religión cristiana por el Edicto de Milán en 313, y Teodosio, responsable de establecer al cristianismo niceno como religión única y oficial de Roma por el Edicto de Tesalónica en 380, como modelos de recto gobernante (capítulos XXV y XXVI).

En el análisis de Prelot, el obispo de Hipona muestra confianza en el modelo del emperador cristiano. Se guarda cuidadosamente de identificar al Estado con la Iglesia. Discierne con claridad el carácter legítimo de las instituciones políticas. Proclama el papel que Dios ha querido atribuirles para mantener el orden y afirma la necesidad de someterse a él para obedecer los designios providenciales, incluso cuando los reyes o emperadores son apóstatas o paganos.

A partir de Agustín, la filosofía estaba subordinada a la teología. La Biblia Septuaginta era la principal fuente de conocimiento. Todo pensamiento debía someterse al «principio de autoridad» y el discurso cristiano se limita en principio a la repetición de los textos antiguos, sobre todo de los textos bíblicos. Los sacerdotes y monjes fueron los mayores productores y copistas de manuscritos (hoy llamados códices) en Occidente. Su tema era la religión: Dios como figura central, la Iglesia y las virtudes que todo creyente debía practicar. La responsabilidad sacerdotal implicaba aconsejar al rey sobre la mejor forma de actuar en su faz privada y en su faz pública para no defraudar ni ofender al Dios de la cristiandad. La principal herramienta literaria para este cometido fue el speculum princeps, en el que se mostraba un retrato ideal del gobernante con virtudes y valores cristianos como el mejor ejemplo de comportamiento a seguir.

Ahora bien, en Agustín no hay un programa político en sentido estricto, sí un planteamiento moral. Sin embargo, la cristianización del imperio y la concepción «ministerial» del poder secular en que se funda, traen aparejado la calificación del bien y del mal como virtud o como pecado. El ministerio religioso de que están investidos los reyes y los emperadores cristianos los hace caer bajo la obediencia de los jefes de la Iglesia. La Iglesia Cristiana de Occidente pasó a ocupar un importante rol político en la Europa Latina que deriva en interpretaciones disímiles de las sagradas escrituras y desviaciones doctrinarias respecto del pensamiento de Agustín.

La desviación del pensamiento agustiniano Con arreglo a lo enseñado por Agustín de Hipona en su Ciudad de Dios, solo había una ciudad cristiana en la que estaba incluido el mundo entero. Esta sociedad tenía, bajo Dios, dos cabezas, el papa y el emperador; dos principios de autoridad, el gobierno espiritual de los sacerdotes y el temporal de los reyes; y dos jerarquías de magistrados, pero no existía división en dos cuerpos o sociedades. No había un cuerpo que formase el reino secular y otro que constituyese la Iglesia, ya que todos los hombres estaban incluidos en ambos. El problema versaba sobre los límites propios de la autoridad en caso de controversia entre el Papa y el Emperador y sobre lo que podía legítimamente hacer cada uno de ellos dentro de los límites expresos o implícitos de su cargo.

En los días de la decadencia de Roma, Gregorio Magno había ejercido un gran poder temporal. Tanto los sínodos eclesiásticos como los sacerdotes individualmente habían seguido el precedente sentado por Ambrosio de Milán, amonestando a los reyes por su mala conducta; los obispos figuraban de ordinario entre los magnates con cuyo consentimiento se promulgaban las leyes; y los eclesiásticos habían ejercido gran influencia en la elección y deposición de los gobernantes.

Setenta años después de la muerte de Agustín de Hipona, al final del , el papa Gelasio I distingue tan claramente como aquel las dos jurisdicciones: la espiritual y la temporal. Su decretal es consistente con esa creencia: «El origen de la separación de los poderes espirituales y temporales debe buscarse en el orden mismo establecido por el divino Fundador de la Iglesia. Pensando en la debilidad humana tuvo buen cuidado de que las dos potencias estuvieran separadas y que cada una permaneciese en el dominio particular que le fue atribuido. Los príncipes cristianos deben servirse del sacerdocio en las cosas que se refieren a la salvación. Por su parte, los sacerdotes deben atenerse a aquello que los príncipes establecieron, para todo lo que se relaciona con los acontecimientos temporales, de tal forma que el soldado de Dios no se inmiscuya en las cosas de este mundo y que el soberano temporal no se meta jamás en las cuestiones religiosas».

Desde el punto de vista de Prelot, descartando toda ambigüedad y rechazando toda confusión, esa doctrina de la división de los dos poderes, en la que ni uno ni otro pueda atribuirse una fuerza preponderante y en la que cada cual se mantiene fiel a la misión que le ha sido encomendada, es la que debería llevar el nombre de «agustinismo político». Sin embargo, ese apelativo quedará reservado en la historia a la corriente de pensamiento dominante en la Baja Edad Media, que surge en el con el papa Gregorio VII.

Pese a la interpretación del historiador Prelot, la estructura del poder político en la Europa latina, desde la elevación del cristianismo a religión oficial del Imperio, estaba enmarcada en una dualidad de poderes caracterizada por una poco clara separación de jurisdicciones entre el poder espiritual y el poder real; donde el primero tenía superioridad sobre el segundo y se mostraba como fuente de autoridad, sobre todo, tomando en cuenta las prerrogativas eclesiásticas de lectura y enseñanza como las venia legendi y venia docendi respectivamente. Ciertamente, los primeros documentos políticos del medievo lo constituyen la carta papal del año 494, remitida por Gelasio I al emperador Anastasio I, enunciando la teoría de la supremacía del poder espiritual (el Papa) sobre el temporal (el emperador bizantino) y el pequeño tratado gelasiano «De anathematis vínculo» (El vínculo de la condena).

En ese decreto pontificio, se establece que a los sacerdotes corresponde la administración de los sacramentos y a los reyes la administración de la disciplina pública. Y, si bien ambos órdenes tienen en común la fe cristiana, basado en dos relatos bíblicos de la figura de Melquisedec Gelasio sostuvo que el sacerdote tiene un peso mayor (gravius pondus) al monarca, ya que es responsable ante Dios de la conducta del rey. Asimismo, en una muestra de sagacidad jurídica, se basó en el derecho romano para establecer la distinción entre el poder de la Iglesia (auctoritas) y el del emperador (potestas), en virtud del cual la autoridad está por sobre el poder, pues establece las normas de cumplimiento obligatorio que el poder ejecuta.

Alianza entre la monarquía merovingia y el papado Los comienzos de esa desviación ideológica se remontan a los tiempos de Gregorio el grande, quien sigue una política ambivalente respecto a los poderes terrenales. Por un lado, el respeto debido a los poderes establecidos sobrevive al emperador Mauricio y se traduce en una actitud de cooperación con Focas. Pero por otra parte, el poder sacerdotal empieza a ejercer una influencia decisiva sobre los nuevos reinos bárbaros, débilmente institucionalizados.

Entre esos nuevos reinos se encontraba el Reino de los francos, dominado por los sucesores de Meroveo. La relación entre la autoridad secular y la eclesiástica se hizo más complicada cuando las instituciones y las doctrinas de la iglesia fueron interpretadas por los francos como una suerte de suplemento de la administración de sus tierras. La función religiosa del soberano se convertirá así, tanto para el papa como para los teólogos, en la razón de ser de la realeza. Gregorio escribe a Childeberto: «Ser rey no tiene en sí nada de maravilloso, puesto que otros lo son. Lo que importa es ser un rey católico». Así las cosas, sucesivos papas fueron más allá de la doctrina gelasiana y afirmaron la superioridad temporal de la Iglesia.