Dominium mundi es el nombre con que se conoce la idea de dominio universal desarrollada en la Edad Media. Inspirado en la continuación del antiguo Imperio romano, este propósito implicaba el reconocimiento de una autoridad suprema, lo que generó una prolongada pugna política y espiritual entre el poder imperial y el poder eclesiástico, representados principalmente en el Sacro Imperio Romano Germánico y la Iglesia católica, los que erigían como máximos líderes al emperador y al papa respectivamente.

La idea de dominio universal marcó una época, durante gran parte del medievo, dividiendo a la sociedad en dos bandos: güelfos y gibelinos. Los primeros apoyaron a la Iglesia, mientras los segundos al Imperio. Tras la Querella de las Investiduras, los siglos y mostraron preponderancia de los pontífices (como Inocencio III o Gregorio IX), pero existía mutua dependencia entre ambos (Iglesia e Imperio). Posteriormente, en el el desarrollo de los nacientes Estados, como Francia, pusieron en serios aprietos a la Iglesia, tras el atentado que sufriera Bonifacio VIII.

En el el papado obtenía gran prestigio y la Iglesia seguía siendo la rectora de la vida intelectual, aunque la idea del Dominium mundi no volvió a aparecer en su esencia original, a pesar de que ambos poderes universales subsistieron. Desde el en adelante, los monarcas pasaron a ser dueños no solo de la propiedad, sino incluso de la vida y la muerte de sus súbditos. Se iniciaba la época absolutista, y ello implicaba "absolutismo teológico", por lo que el poder papal quedaba muy por debajo del poder imperial.

Desde el el poder de los monarcas declinó, y fue trasladado paulatinamente a los "pueblos" a través de las democracias, pero la Iglesia ya no sería la rectora de la vida intelectual y moral como lo fuera en el .

Medioevo y cesaropapismo thumb|right|140px|Tiara papal En el , con la edificación de Constantinopla como "segunda Roma" se daría la teoría de la unión de estos dos poderes (Iglesia e Imperio) con la idea del emperador como sacerdos imperator.

Desde el punto de vista teológico, será San Agustín de Hipona (354-430) el que con su De civitate Dei contribuirá a establecer la superioridad y autonomía de la Iglesia (civitas caelestis) frente al Estado (civitas terrena) en razón de su fin superior. El papa san Dámaso I (366-384) dio el apelativo de "Sede Apostólica" a la Iglesia de Roma, y su sucesor Siricio (384-389) promulgará la primera decretal dirigida al obispo Himerio de Tarragona (2 de febrero de 385) usando un lenguaje no únicamente pastoral sino de orden legislativo al estilo de los edictos imperiales.

El pontificado de San León Magno (440-451) mostraba cómo el Papa es el heredero y vicarius Petri y le compete la sollicitudo sobre todas las iglesias. thumb|left|140px|Corona imperial Al mismo tiempo, se fue fraguando el debilitamiento del imperio romano con la multiplicación de reinos fraccionados y el predominio de los francos con el ascenso de Clodoveo (481-507) se hacía con la aprobación del Papa. En este contexto el Papa Gelasio dirigió una carta al emperador Anastasio I (491-518) en donde formulaba la doctrina de las "dos espadas" y la superioridad de la potestad espiritual. Posteriormente el Papa San Gregorio I (Magno) (590–604), -a través de su enorme tarea espiritual y material- fue quizá quien más contribuyó a mostrar que la Santa Sede podía ejercer funciones gubernativas.

Por su parte el Imperio romano parecía tener continuidad a través del reino franco. En el año 800 Carlomagno es coronado como emperador del Imperio Carolingio, lo que daría luego origen al Sacro Imperio Romano. Así los dos poderes serían ejercidos, el espiritual por el Papa y el temporal por el emperador para que los hombres, a través de una armonía en este mundo, conquistaran el destino eterno.

Carlomagno (768-814) no tardó mucho en considerar que podía intervenir en los asuntos disciplinares eclesiásticos, como en la vida del clero y en las reformas monásticas, al igual que en las doctrinales como la del adopcionismo y la del Filioque del credo. Su idea era que el Papa estuviera relegado al servicio litúrgico -[así se lo escribió el emperador al Papa San León III (795-816)]-. Desde entonces, el equilibrio de estos dos poderes resultó muy difícil.

Pontificado contra Imperio thumb|200px|Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano entre 1152 y 1190, fue la máxima figura del imperialismo en la primera etapa de la querella por el Dominium Mundi.

Eclosión del conflicto Dada la influencia que ejercían los obispos sobre la gente de sus diócesis, los reyes pretendían tenerlos como “aliados”, pero desde su punto de vista político. Tener la posibilidad de elegirlos, (entregarles el cargo, es decir “investirlos”) prácticamente aseguraría su fidelidad. Así, Otón I (962-973) fue el primer emperador que, dentro de su política para imponerse a sus súbditos feudales, se atribuye a sí mismo el derecho a nombrar (investir) a los obispos del Imperio, y los nombramientos recaían sobre gente muchas veces indigna. Los Papas no estuvieron nunca de acuerdo con la existencia de dicho derecho Imperial, y esto dio origen a la llamada Querella de las investiduras.

Ese sería el primer enfrentamiento abierto entre el papado y el imperio. El emperador utilizará todos los apelativos que suenen a descendiente de los emperadores romanos, se denominará augusto, rey de los romanos (y adquirirá un carácter sagrado, proclamándose Hijo adoptivo de Dios de quien recibe directamente el poder). Pero seguía siendo coronado por el Papa, aunque el emperador se considera el legítimo sucesor de San Pedro. Es lo que se conoce como cesaropapismo.

El cesaropapismo alcanza su cima con Enrique III (1039-1056). Enrique III era un verdadero dispensador de cargos eclesiásticosIntroducción a la historia de la Edad Media europea; Emilio Mitre Fernández – Ediciones AKAL, 2004; (P. 183) y obligó al Papa Gregorio VI a convocar el Concilio de Pavía y el Sínodo de Sutri, en el 1046. Tras la muerte de Enrique III surge un movimiento tendiente a liberar al papado del sometimiento al imperio. En todo el mundo cristiano comienza a reivindicarse la libertad de la Iglesia, principalmente para nombrar sus funcionarios. Tratarán de dignificar la vida moral de los clérigos, condenando la simonía, el nicolaísmo e imponiendo el celibato. Se pretenderá fortalecer la autoridad papal en contra de la voracidad de los príncipes imperiales.

Frente a la codicia de príncipes europeos la Iglesia se apresuró a generar un poder centralizado y dinámico. Así, en la segunda mitad del -con el auge de las ideas Escolásticas- quedará afirmado el concepto de que el poder de la Iglesia es superior a cualquier potestad terrenal. Desde la época del Papa San Gregorio VII () hasta la del Papa Bonifacio VIII (), el papado lucharía tenazmente contra el Imperio, no solo para evitar su absorción sino para lograr la supremacía pontificia.

[El cesaropapismo, inaugurado por la práctica política de Carlomagno, tendrá que ceder definitivamente ante el peso de la hierocracia, que tiene en San Gregorio VII (1073-85), en los canonistas del y en los decretalistas del XIII, o en Bonifacio VIII (1294-1303) a los teóricos de las máximas formulaciones del poder universal de los sucesores de Pedro.Europa: proyecciones y percepciones históricas; Ángel Vaca Lorenzo, R. Tamales -Universidad de Salamanca- (P. 46)]

Las ideas de Teocracia estaban madurando desde hacía mucho tiempo, pero fueron los decretos de 1075 (como el Dictatus Papae) los que independizaron a la Iglesia poniendo en ella las bases de una verdadera autoridad monárquica. De inmediato se incrementó la controversia entre los weiblingen (defensores de la supremacía imperial) y los welfen, (partidarios de la supremacía de los Papas). Trasplantados a Italia, serían los gibelinos y güelfos, que lucharían durante siglos.La lucha por el dominium mundi (Artehistoria)

La lucha hará que la idea de Teocracia se lleve a un extremo hasta derivar en Hierocracia: [idea que el Papa se encuentra por encima de los monarcas, lo cual lo habilitaba para actuar directamente sobre el gobierno temporal]

La nueva idea imperial:

En la época del reinado de Federico I Barbarroja (1152-1190), la idea imperial llegó a su madurez. Se resalta su continuidad en Europa desde la época romana, a través del eslabón carolingio. De hecho, Federico I se refería a Carlomagno como modelo de emperador y lo hará canonizar en 1165 sin los debidos requisitos.

Se utilizan también a favor de las ideas imperiales las tesis sobre la soberanía pública que contiene el derecho romano (redescubierto por los juristas y políticos europeos en el ). De ellas se deducía la unicidad y el carácter universal del Imperio, considerado como "un proyecto de dominio mundial" que simboliza toda la época.

Dadas estas premisas, se pensaba en la corte de Federico I que el Imperio, establecido directamente por la voluntad divina como forma de organización política de la humanidad, era sagrado. La expresión Sacrum Imperium aparece por primera vez, en efecto, en un documento del año 1157.

thumb|left|200px|Enrique VI trató de llevar a la práctica el Dominium mundi mediante la asociación vasallática de otros reinos al Imperio, mas debido a su inesperada muerte, su gran proyecto acabó abruptamente, dejando como heredero a un niño de tres años. En un plano distinto, no se puede olvidar que al le correspondió ver el inicio de la revitalización del poder monárquico por sobre el de los señores feudales, luego de varios siglos de profundo decaimiento de la autoridad real. El Imperio no se mantuvo al margen de esta evolución, recobrando fuertemente su prestigio, sin embargo la manejo mal, de lo que vendrían importantes consecuencias para el futuro político de los territorios de Alemania e Italia.

La reconstrucción de las monarquías iba también en contra del proyectado Dominium Mundi. Por esto, tanto Federico I como su hijo y sucesor Enrique VI, intentaron conciliar ambos sucesos imaginando un imperio temporal universal, a cuyo frente se ubicaría un emperador con autoridad suprema, superior al poder de los reyes diversos, llamados "régulos" o "reyes locales". Esta autoridad suprema parecía necesaria, pues se pensaba que el poder imperial (manteniendo sometido al Papa) era la forma de mantener unida a la cristiandad en espera del fin de los tiempos.

Sin tener en cuenta este elemento escatológico y mesiánico, no se puede entender correctamente lo que el Imperio significaba para los hombres de la época, en especial para el emperador Federico I.

La visión de la Iglesia thumb|140px|Graciano, maestro boloñés de teología, escribió hacia 1140 su Concordancia de las Discordancias de los Cánones, llamada corrientemente Decreto. Esta obra provocó en los decenios siguientes un auge de las consultas jurídicas formuladas a los pontífices, cuyas respuestas serían conocidas como decretales. Los fundamentos de la visión eclesiástica podemos observarlos desde las siguientes fuentes:

Según el papa Alejandro III:

La unicidad de la creación implica también la unicidad de la autoridad suprema sobre todas las criaturas. Ésta debía corresponderle al papa por la propia superioridad de su poder espiritual y porque la salvación eterna, que este promovía, era el fin social primero.

Según el Summa Coloniensis (texto de 1170):

El papa es el verdadero emperador, siendo el emperador efectivo vicario suyo (papa verus imperator est, et imperator vicarius eius).

Según Geroh de Reichersberg y los grandes canonistas como Graciano y Huguccio: