El mundo mágico de los mayas es un mural de la pintora Leonora Carrington realizado entre 1963 y 1964 para el Museo Nacional de Antropología, por encargo de su director Ignacio Bernal. En este mural se funden imágenes provenientes del Popol Vuh, libro sagrado de los antiguos mayas-quichés, con observaciones directas de la sociedad tradicional maya contemporánea y algunos elementos de la Mitología celta, utilizados en gran parte de su producción artística.
Concepción Antes de realizar el mural, Carrington pasó 6 meses en San Cristóbal de las Casas, estudiando las diversas prácticas religiosas y tradiciones, especialmente la relación entre el hombre y la naturaleza en la cosmogonía maya y las diversas técnicas de medicina herbolaria tradicional.
En Chiapas fue huésped de la antropóloga suiza Gertrud Blom. Gracias a ella, Carrington pudo conocer muchos de los pueblos alrededor de San Cristóbal de las Casas y tuvo la oportunidad de asistir a rituales de curación chamánica, al entrar en contacto con estas comunidades.
No se le permitía, conforme a la tradición indígena, utilizar su cámara fotográfica. Así pues, Carrington hizo un registro a partir de dibujos realizados in situ. Igualmente realizó la mayoría de los bocetos de animales en el parque zoológico de Tuxtla Guttiérrez, donde pudo estudiar las características de las especies autóctonas.
Una vez terminada, la obra permaneció por un breve periodo en el Museo Nacional de Antropología, para después ser trasladada al Museo de Tuxtla Gutiérrez, donde fue exhibido hasta el año 1985. Finalmente, desde finales de 2004, ha vuelto a ser expuesto en la sección etnográfica del MNA, en la Sala Mayas de las Montañas (Ingarao, 2008). Con la participación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y Rafael Tovar y de Teresa el mural viajó a la Galería Tate de Liverpool en 2015, para celebrar el año de México en Gran Bretaña y el de Gran Bretaña en México. En 2018 formó parte de la exposición Leonora Carrington. Cuentos Mágicos en el Museo de Arte Moderno, en Ciudad de México.
Descripción de la obra El mural está constituido por un escenario principalmente de tonalidad rojiza y de carácter abierto, en el cual se puede apreciar una comunidad indígena rodeada por un paisaje montañoso, con un sol parcialmente cubierto por las nubes. En la obra puede verse como la autora conjuga el sincretismo cultural entre la religión cristiana y maya, estableciendo así paralelismos con la historia de Irlanda y la llegada el cristianismo, donde se dio la fusión de elementos religiosos y paganos. Por ejemplo, en ambos casos, Irlanda y la cultura maya, las antiguas deidades siguieron siendo reverenciadas bajo la forma de las advocaciones cristianas.
El cuadro puede ser dividido visualmente en tres estratos: el cielo, la tierra y el inframundo. Con una lectura de izquierda a derecha, en la parte inferior del lado izquierdo se encuentran una serie de pequeñas chozas junto a un bosque, donde a pie de los árboles está representado el rostro de un hombre. Al lado de las chozas hay una capilla, afuera de la cual se encuentran reunidas una serie de mujeres alrededor de un caballo blanco. Alrededor de la misma capilla hay una serie de personas realizando diversas actividades relacionadas con la vida en el campo y un personaje tocando un instrumento al borde de una grieta en el suelo. Por encima de la capilla se aprecia un arcoíris que nace en su techo y cubre el centro del poblado. A este arcoíris se cruzan tres figuras femeninas vestidas de blanco con piernas de ave.
A la derecha de la capilla se alzan 22 cruces, y así mismo, a la altura de las nubes, pueden observarse diversos animales (entre los cuales se aprecian venados un par de conejos y jabalís) que se encuentran volando por encima de las montañas, los cuales dan la impresión de dirigirse a la parte central del cuadro y los cuales se acompañan de una esfera de color azul turquesa. En la parte central del cuadro, entre las montañas, emerge un personaje a manera de tótem de color café, cuya apariencia asemeja a las máscaras funerarias mayas. Igualmente se aprecia más adelante una catedral con arquitectura de tipo colonial con dos torres laterales enmarcadas por un águila. Al lado izquierdo de la catedral se aprecia una procesión iniciada en la capilla lateral, la cual va encabezada por la figura de una virgen que parece dirigirse a la pequeña capilla que se encuentra del lado izquierdo de la escena. En la zona superior de la catedral se ubica un ave que asemeja a un quetzal de color azul turquesa, y que se encuentra posado en el techo del lugar, comparte esta área de la composición con una serpiente emplumada de color verde, y la representación del planeta Venus en forma de una estrella brillante.
Frente a la catedral hay personajes trabajando en el campo, y al lado derecho se aprecia una choza de paja que alberga a un hombre arrodillado frente a una cama donde yace otro personaje posiblemente enfermo, y el cual es atendido por una mujer de rasgos indígenas. En la representación Leonora ejemplifica ese sincretismo cultural característico de su obra, del cual ya se ha hecho mención, pues se puede ver la interrelación entre las prácticas prehispánicas (choza del curandero) y la fe católica impuesta por los conquistadores (la iglesia), pues es atendido por un curandero quien realiza un ritual de sanación, mientras a un costado de la cama una mujer parece estar rezando por su sanación. La cabaña está rodeada por unos pinos y por tres murciélagos enormes, de rostros azulados: llevan barba, tienen rasgos de jabalí, dientes afilados y plumas de pavo real.
En el extremo derecho de la composición se observa en el cielo un ave de grandes dimensiones que ilumina la parte derecha del con rostro rojo, plumas violetas, azules, rosas, anaranjadas y amarillas, enormes garras y una larga cola violeta. Debajo de esta, cercano a esta choza antes descrita, hay un árbol de color blanco sin hojas, y cuyas raíces llegan a la parte subterránea de la composición, mientras en sus ramas se aprecia una parvada de aves, tipo lechuza, las cuales parecen estar saliendo de un monte rodeado por árboles iguales a los del lado izquierdo de la obra.
En la parte inferior del cuadro se encuentra el nivel subterráneo que asemeja a una serie de grutas o cuevas en colores café. En el extremo izquierdo de esta zona se ubica una cabeza de jaguar con un ojo de espiral, a su lado se encuentran una serie de monos con cabeza humana, así como una serie de cavernas llenas de diversos seres fantásticos. Finalmente en la parte extrema derecha se observa una pareja de seres antropomorfos con caras de lechuza, los cuales se encuentran cerca del árbol blanco antes mencionado.
Descripción iconográfica Las comunidades representadas en la obra son los tzeltales y tzotziles, municipios más cercanos a San Cristóbal de las Casas y donde existe mayor concentración de hablantes de la lengua tsotsil.
La pintora divide su composición en tres niveles que representan los tres reinos del mundo Maya: el inframundo, la tierra y el cielo poblado por las divinidades. El mundo tseltal se presenta bastante similar al de sus demás hermanos mayas. Está constituido por un cosmos (chul chan), la madre tierra (lum balumilal o ch’ul balumi- lal) y el inframundo (k’atimbak). El equilibrio y la armonía entre esos tres espacios es recompensado por las divinidades protectoras del universo: el Sol, la Luna y las Montañas.
Los mayas concebían al cosmos compuesto por 13 cielos, uno sobre otro, siendo la tierra la capa más baja. Sobre cada cielo presidían trece dioses, llamados los Oxlahuntikú. Bajo la tierra había otros nueve cielos, también en capas, sobre los que presidían los Bolontikú. El último de estos cielos era el Mitnal, el infierno maya, reino de Ah Puch, señor de la muerte. Creían que, antes que el suyo, habían existido otros mundos destruidos todos por el diluvio. El mundo actual era sostenido por cuatro hermanos guardianes llamados Bacabes, localizados en los cuatro puntos cardinales.
Iniciando con la parte del cielo, a la par de las montañas, hay una luna azul ubicada en el lado izquierdo, símbolo de fertilidad, tanto para la tierra como para la mujer, y el sol protege al hombre y le ofrece fuerza y calor. El sol, en posición central, está velado por una nube, y por debajo se encuentra Venus, el tercer objeto más brillante en el cielo después del sol y la luna. El planeta Venus, dentro de la tradición maya, está relacionado con la representación de la serpiente emplumada (la divinidad llamada Quetzalcoatl en el Altiplano Central de México) y que en área maya adopta el nombre de Kukulkan. Su representación es la serpiente emplumada o el hombre-pájaro): “Venus representaba Quetzalcoatl, resucitado a oriente después de su muerte en occidente, era el Dios de la Serpiente emplumada...” (Osbert). Kukulcán es un importante dios en la mitología maya, (maya: k'u uk'um y kaan, 'pluma y serpiente’) también conocido como Gucumatz (quiché: Q'uk'umatz, “serpiente emplumada”). Es referido con este último nombre en el Popol Vuh como un dios creador del universo junto a Tepew.
El Dios Sumo de los mayas es fundamentalmente celeste, sin embargo la religión maya se funda en la armonía de los opuestos. En esta divinidad se encuentran las antítesis cósmicas representadas por los símbolos animales que encarnan las fuerzas contrarias: el quetzal está relacionado con el cielo y la serpiente simboliza la tierra. La potente unión entre el pájaro sagrado, el quetzal y el más poderoso ofidio tropical representa este encuentro entre fuerzas opuestas que genera a Kukulkan, la serpiente emplumada.
Aquí se encuentra otro ejemplo del sincretismo cultural cristiano-maya, donde el quetzal recuerda a la figura del Espíritu Santo, que dentro de la iconología cristiana es representado por una paloma blanca, en el pensamiento prehispánico también cumple la función de mensajero. La serpiente emplumada dentro de la mitología maya se relaciona con los procesos de transformación y renovación que sufre la tierra entre épocas de cosechas, esto hace alusión a que estos reptiles mudan de piel dos veces al año, es decir, se renuevan de la misma manera en que la tierra cambia sus frutos ante el paso de las estaciones.
La serpiente es en varias culturas la fuerza y poder de la naturaleza y los fenómenos asociados con el agua (viento, tormentas, inundaciones, lluvias).Por lo tanto, tiene sentido cuando Kukulcan es considerado dios del rayo, y al mismo tiempo es relacionado con Venus la estrella de la mañana (sol). Carrington unió todos estos elementos y crea un círculo que vincula los astros y las deidades: pone el sol en la parte alta del mural y a su derecha Venus, luego la serpiente.
Finalmente, en la parte derecha del mural aún en la parte celestial, aparece otra especie de ave que mira hacia su izquierda. Se trata de un pájaro multicolor, antecesor del colibrí. En las anotaciones de Carrington realizadas en Chiapas escribe Totilme’il (Humming Bird, ancestro) que significa antecesor del colibrí. En el pecho del ave aparece una cara amarilla en cuya frente resplandecen un pequeño sol y una espiral, símbolo lunar; a la altura de los genitales se abre una gran flor amarilla cuya extremidad evoca la forma del tridente.