thumb|El Reino de Serbia en 1913.

Serbia durante la Primera Guerra Mundial tuvo un papel destacado, principalmente en el desencadenamiento y en la conclusión de la contienda. La crisis inicial austro-serbia del verano de 1914 se transformó en una guerra que abarcó todo el continente a consecuencia de las alianzas entre los países europeos. Pese a vencer en los primeros combates al Ejército austrohúngaro en 1914 —desbarataron dos intentos de conquista durante la segunda mitad del año—, los soldados serbios tuvieron luego que abandonar su país y retirarse a través de Albania a finales de 1915, acosados por las divisiones austro-alemanas que lo invadieron desde el norte y el oeste, y las búlgaras que lo hicieron desde el este.

Amparados por los Aliados, continuaron la lucha contra los Imperios centrales, a diferencia de sus estrechos coligados, los montenegrinos. Los restos del Ejército serbio, remozado, fueron enviados al frente macedonio, en el que consiguieron recobrar algunos territorios del sur de la Macedonia serbia; el resto del país, sin embargo, quedó ocupado por los austrohúgnaros o anexionado a Bulgaria. Tras dos años más de una guerra de desgaste, el Ejército de Oriente, compuesto en gran parte por unidades serbias, quebró las líneas enemigas y liberó el reino en pocas semanas en el otoño de 1918. Representantes políticos de los eslavos meridionales del Imperio austrohúngaro, por entonces en disgregación, proclamaron la independencia y poco después, el 1 de diciembre, se unieron a los reinos de Serbia y Montenegro para formar el nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos.

Serbia y la guerra Serbia y Austria-Hungría

thumb|izq|Los territorios otomanos administrados por el Imperio austrohúngaro desde el Congreso de Berlín, centro de la crisis de 1908: Bosnia, Herzegovina y el sanjacado de Novi Pazar.

Tras lograr que las potencias reconociesen su independencia, el principado de Serbia mantuvo relaciones oscilantes con el vecino Imperio austrohúngaro. Entre 1882, cuando el principado se transformó en reino y el 28 de julio de 1914, fecha en que comenzó la guerra entre los dos países, las relaciones bilaterales entre los dos Estados sufrieron altibajos. Entre 1878 y 1903, la dinastía Obrenović estrechó los lazos con el imperio, pero, a partir de 1903, cuando fue asesinado el último soberano de la dinastía, los dos países fueron distanciándose.

En 1882, el principado serbio, hasta entonces autónomo en el seno del Imperio otomano y regido por los Obrenović, obtuvo la independencia. Esta no fue bien vista por los austrohúngaros, que dominaban el principado oficiosamente desde 1878 y sopesaban la conveniencia de anexárselo. Serbia, amenazada por la colindante Bulgaria sostenida por Rusia, fue estrechando paulatinamente sus lazos mediante una serie de tratados con Austria-Hungría que, en la práctica, ratificaron su sometimiento político y económico a esta.

thumb|La Bosnia-Herzegovina austrohúngara en 1911, antes de las guerras balcánicas.

En 1903, un golpe de Estado puso fin a la dinastía Obrenović y entregó el trono a la rival de los Karađorđević. El pronunciamiento motivó un cambio radical de las relaciones entre Serbia y Austria-Hungría: de aliada, la primera devino la principal enemiga del imperio; el reino asumió el papel del «Piamonte» de los eslavos del sur hostiles a los Gobiernos de Viena y Budapest. Desde 1904, los mandatarios austrohúngaros trataron de someter de nuevo al imperio al reino vecino con diversos métodos: un embargo comercial, presiones políticas y la construcción de una línea férrea entre Austria-Hungría y el Imperio otomano que atravesaba Bosnia-Herzegovina —teóricamente otomana, pero administrada por los austrohúngaros— y evitaba el territorio serbio.

En 1906, el cambio en ciertos puestos clave del Gobierno imperial evidenció el antagonismo entre Viena y Belgrado. Alois Lexa von Aehrenthal, partidario de la intervención del imperio en la política balcánica, asumió la jefatura del Ministerio de Asuntos Exteriores austrohúngaro. Este deseaba eliminar la independencia política serbia y para ello propuso la imposición al país vecino de ciertas restricciones aduaneras, que dieron lugar a la llamada «guerra del Cerdo», y la anexión de los sanjacados de Bosnia y Herzegovina, territorios otomanos que administraba el imperio desde los tiempos del Congreso de Berlín.

Serbia y sus aliados

En las crisis que precedieron a la que precipitó la guerra, las de 1908 y 1913, Serbia tuvo que ceder ante el poderío austrohúngaro. Por entonces Rusia, principal sostén del reino desde el cambio dinástico y político de 1903, se hallaba postrada e incapaz de socorrer a su aliado y enfrentarse a los austrohúngaros.

En 1914, por el contrario, Rusia no cedió ante la declaración de guerra de los Imperios centrales a Serbia, pese a la mediación británica.

Serbia contaba asimismo con un tratado de alianza con Grecia, firmado el 1 de junio de 1913, que obligaba a los dos países a ayudarse mutuamente en caso de agresión por un tercero. El pequeño y lindante reino de Montenegro, que en vísperas de la guerra estaba en tratos con Serbia para organizar la unión de los dos países, también se unió Belgrado en la lucha contra el Imperio austrohúngaro.

Serbia y la crisis de julio

El 28 de junio de 1914, el heredero al trono austrohúngaro, Francisco Fernando de Austria, de visita de inspección en Bosnia-Herzegovina, fue asesinado por un nacionalista yugoslavo serbio, Gavrilo Princip, en un atentado ejecutado por el grupo revolucionario de la Joven Bosnia. La investigación policial austrohúngara descubrió la organización del magnicidio y los contactos de los terroristas con elementos del reino vecino; pese a las sospechas, la policía no encontró, no obstante, pruebas irrefutables de la colusión de los funcionarios serbios en la conspiración que había acabado con la vida del príncipe imperial.

Con el apoyo del Imperio alemán, los mandatarios austrohúngaros decidieron el 7 de julio emplear el asesinato para justificar una guerra con Serbia, que se presentaría como represalia por el magnicidio. El 23 de ese mismo mes, el embajador imperial presentó un ultimátum al Gobierno serbio, que debía aceptarlo antes de dos días; este en efecto lo aceptó en su mayoría, pero el austrohúngaro consideró la respuesta inaceptable, rompió relaciones con Serbia y, seguidamente, le declaró la guerra el día 28. En realidad, los austrohúngaros habían redactado el ultimátum para que resultase inaceptable. El Gobierno serbio, que había barruntado la reacción austrohúngara, había ordenado que empezasen los preparativos bélicos justo antes de entregar su respuesta al embajador imperial. Esa misma noche, los austrohúngaros movilizaron a las unidades que debían participar en la invasión del reino vecino.

Serbia, aunque dispuesta para defender su independencia, no estaba preparada para la inesperada contienda: el príncipe Alejandro acababa de asumir la regencia del país, que se hallaba inmerso en una campaña electoral, el primer ministro estaba de gira política lejos de la capital y el jefe del Estado Mayor se encontraba de reposo en la mismísima Austria-Hungría. La crisis internacional hizo posponer los comicios y los diputados conservaron sus escaños hasta el final de la contienda. La situación del país no era óptima: agotado por las recientes guerras balcánicas, el reino, con unos cuatro millones de habitantes, tenía que enfrentarse a una potencia con cincuenta y dos millones. Sus aliados, salvo el minúsculo Montenegro, se hallaban lejos y pronto enfrascados en duros combates con Alemania, lo que complicó el auxilio a Serbia. De inmediato, sin embargo, Rusia confirmó su auxilio al reino balcánico en caso de que estallase la guerra con Austria-Hungría.

Objetivos bélicos miniatura|Transporte de artillería serbia hacia la frontera en 1914.

El estallido de la guerra, pronto extendida por Europa, pareció que pondría fin al equilibrio de poder surgido de la reciente segunda guerra balcánica.

Serbia, como el resto de beligerantes, hubo de fijar sus objetivos en el conflicto. En caso de resultar vencedora, se propuso obtener amplios territorios del imperio vecino, bien para formar la «Gran Serbia» o como parte de un nuevo Estado paneslavo e independiente de Viena. Desde finales del verano, el Gobierno, a diferencia de otros influyentes elementos del país como la Mano Negra, optó por la fórmula yugoslava. La derrota a manos de los Imperios centrales en el otoño de 1915 hicieron que a las aspiraciones de unión territorial de la población serbia o de los eslavos meridionales en un único Estado independiente se uniese la necesidad de liberar los territorios serbio y montenegrino de la ocupación enemiga.

miniatura|Cañonera serbia anclada frente a la ciudadela de Belgrado.

En la campaña propagandística en favor de la fundación de un Estado yugoslavo tras la guerra, el Gobierno serbio contó también con varios políticos eslavos austrohúngaros, que se exiliaron tanto en Serbia como en Italia —aún neutral— durante el conflicto. En octubre de 1914, el Gobierno sugirió la conveniencia de que estos se reuniesen en un Comité Yugoslavo, para agitar en favor del nuevo país.

Por su parte, los Imperios centrales deseaban recuperar la influencia perdida en Serbia, en especial tras el fortalecimiento del sentimiento yugoslavista en el Imperio austrohúngaro. Para empezar, este emprendió la guerra, que presentó como castigo por el magnicidio de Sarajevo.

En 1915, retomando la posición de las guerras balcánicas, Fernando I de Bulgaria se mostró nuevamente interesado por la anexión de los territorios macedonios que en esas contiendas había obtenido Serbia, que creía podía conseguir merced a la guerra mundial.

Los alemanes, por su lado, en 1917, plantearon la conveniencia de crear un nuevo Estado balcánico mediante la unión de Serbia y Montenegro.

El Ejército serbio El Ejército al principio del conflicto (1914-1915) miniatura|Europa al iniciarse la guerra en 1914.

El Ejército serbio movilizado para la contienda con Austria-Hungría era en general una fuerza compuesta por veteranos, que habían combatido casi sin pausa desde 1912, primero en la primera guerra balcánica contra los otomanos y luego en la segunda, contra Bulgaria. Aunque contaba con unos cuatrocientos mil soldados, tenía muchas debilidades. Para empezar, su armamento era deficiente y, en algunos aspectos como la artillería y su munición o los fusiles, escaso. Los servicios sanitarios también eran insuficientes para afrontar la nueva guerra.

El ejército remozado (1916-1918) Parte del ejército serbio consiguió escapar del descalabro del otoño de 1915, cruzar Albania durante el invierno y, con ayuda de los buques aliados, embarcarse en los puertos adriáticos y alcanzar Corfú, donde fue sometido a una reorganización con el objetivo de que pudiese retomar la lucha.

Los soldados acogidos en la isla griega recibieron nuevos equipos, de origen francés; francesa fue asimismo la misión militar que se encargó del adiestramiento al que fueron sometidos. Estas medidas permitieron disponer pronto de seis divisiones encuadradas en tres ejércitos, homogéneas y bien entrenadas. El nuevo adiestramiento y el reforzamiento de las dotaciones sanitarias de las unidades permitieron la vuelta de estas al combate; el 15 de abril de 1916, el regente Alejandro emitió una orden llamando a las tropas de nuevo a la lid, aunque en realidad el traslado de los primeros contingentes al frente macedonio había comenzado ya tres días antes.