alt=|thumb|Estandarte real de España, casa de Borbón (1838-1868 / 1875-1931), usado desde la proclamación de Isabel II como reina (1833), pero no oficializado hasta 1867. El Patrimonio de la Corona (también llamado Real Patrimonio) es el nombre que recibió, en el y hasta 1931, la institución que gestionaba todas las propiedades pertenecientes a la Corona de España. Dichas propiedades incluían palacios, monasterios, fincas diversas y bienes muebles como pinturas, objetos de arte o mobiliario.
Se englobaba dentro de la Real Casa y Patrimonio de la Corona de España y es el antecedente histórico del Patrimonio Nacional.
Historia
De la Edad Media al Con la llegada al trono de la Casa de Austria y la reunión de la corona de Aragón y la corona de Castilla, una amplia red de residencias reales ya estaba constituida por casi todos los territorios de la monarquía, consecuencia de siglos de una corte itinerante, de conquistas, de regalos y de caprichos y encargos regios. miniaturadeimagen|El Palacio Real Mayor de Barcelona. miniaturadeimagen|El Palacio de la Almudaina en Mallorca.
Corona de Aragón
Palacio Real Mayor de Barcelona (parcialmente cedido a la Real Audiencia y a la Inquisición). Castillo de la Aljafería en Zaragoza. Palacio del Real de Valencia. Palacio de la Almudaina de Palma de Mallorca Castillo de Bellver en Palma de Mallorca. Palacio de los Reyes de Mallorca en Perpinán.
miniaturadeimagen|El Alcázar de Segovia.
Corona de Castilla
Alcázar de Segovia. Alcázar de Madrid. Alcázar de Toledo. Alcázar de Sevilla. Fortaleza y casas reales de la Alhambra en Granada. Bosque y cazadero de El Pardo. Bosque y cazadero de Aranjuez. Bosque de Segovia (Valsaín). Primer Palacio Real de Tordesillas (actual monasterio de Santa Clara). Segundo Palacio Real de Tordesillas (desaparecido). Soto de Roma en Granada. Lomo del Grullo en Doñana.
Virreinatos y otros reinos de la Monarquía Hispánica Castel Nuovo y Palacio Real de Nápoles. Palacio Real de Palermo. Palacio Real de Lisboa. Palacio Real de Milán. Palacio de Coudenberg en Bruselas. diversas residencias virreinales en los virreinatos americanos.
miniaturadeimagen|Palacio de Coudenberg en Bruselas, destruido por un incendio 1731.
La instalación de la capital en Madrid en 1561 y la creación de un calendario más o menos fijo de Reales Sitios a su alrededor tomaría como base la red de palacios ya existentes heredados de los Trastámara. Destacarían, además, las amplias campañas constructivas empezadas con Carlos V y proseguidas con su hijo Felipe II, lo cual supuso la transformación de muchos alcázares castellanos, y la edificación de nuevos palacios. Además, fue precisamente Felipe II quien puso fin a la antigua costumbre de enajenar las pertenencias de los reyes cuando morían, lo que daba lugar a que pasaran en ocasiones a manos de particulares obras de arte de extraordinario valor histórico y artístico. El rey ordenó la compra de la casi totalidad de los bienes de su padre, Carlos V, que se subastaron, y en su testamento dice "el Estado es indivisible y también lo es el Patrimonio de la Corona". A partir de entonces los palacios, fincas o propiedades que integraban el Real Patrimonio no pararían de crecer en los siguientes reinados: Felipe II: San Lorenzo de El Escorial y la Casa de Campo. Felipe III: el Palacio Real de Valladolid y el Palacio de la Ribera. Felipe IV: el Real Sitio del Buen Retiro. Felipe V: el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso y la Quinta del Duque del Arco. Fernando VI: el Real Sitio de San Fernando. Carlos III: el Palacio Real Nuevo (inaugurado en 1764) y el Real Sitio de Riofrío incorporado al de La Granja. Carlos IV: el Real Sitio de la Florida y La Moncloa.
miniatura|El Palacio Real de Valladolid con su fachada original Especialmente durante los siglos y los Reales Sitios y otras propiedades de la Corona se convirtieron en el escenario de las "jornadas reales", estancias estacionales del monarca y su corte en cada una de las propiedades, siguiendo casi siempre una organización anual estricta y precisa.
No obstante, tampoco habría que olvidar las pérdidas de varios palacios europeos (Nápoles, Milán, Bruselas...) acontecidas sobre todo a raíz de la guerra de sucesión española (1701-1713) o las destrucciones a causa de incendios como el de El Escorial (1671, luego reconstruido), Valsaín (1686), el Alcázar de Toledo (1710) o el Alcázar de Madrid (1734). Asimismo, bajo el reinado de Carlos III, él mismo gran renovador de las residencias reales, se cedieron al Ejército algunos de los alcázares en desuso como el castillo de la Ajafería o el Alcázar de Segovia, mientras que el de Toledo se cedió al arzobispado.
La nueva percepción del patrimonio del rey Hasta finales de la Edad Moderna, en la mayoría de las monarquías europeas, la separación entre los bienes de la corona y los bienes privados del rey era bastante difusa, al fin y al cabo, el soberano aparte de ser jefe del estado también era un señor feudal. Sin embargo, a principios del fue apareciendo la noción de patrimonio cultural nacional y la percepción de que el Estado debía hacerse cargo de su conservación y gestión. Se plantearon, por lo tanto, varias cuestiones sobre el Real Patrimonio que deberían ir solventándose en las décadas venideras y que implicaron que la lista de propiedades reales no parara de modificarse y replantearse: qué papel debía cumplir el patrimonio en la representación de la primera magistratura de la Nación, o sea el rey. qué diferencia que debía haber entre el Patrimonio de la Corona y el Patrimonio del Estado. si el Patrimonio de la Corona debía constituir un mayorazgo, para evitar su dispersión, pese a que éstos empezaban abolirse. la diferencia entre el Patrimonio de la Corona y los bienes particulares y libres del monarca, que si que podían ser partidos y vendidos. el valor cultural e histórico de los bienes del Patrimonio de la Corona, mucho más importante que el hecho que fueran los bienes del soberano o no.
En 1812, siguiendo la estela de la Revolución francesa, la Constitución de Cádiz estableció que los bienes del soberano eran propiedad del Estado. No obstante habría que esperar hasta la implantación del liberalismo a partir de 1833 para empezar a dar respuesta a todas estas cuestiones. Porque en la práctica, la Constitución de 1812 contrastaba con la realidad, José Bonaparte había dispuesto de los bienes de la Corona como si fueran suyos propios, decidiendo fundar el Museo Josefino o vendiendo algunas joyas y objetos sagrados situados en el Palacio Real de Madrid. Del mismo modo las Cortes de Cádiz también decidieron regalar al general Wellington el Soto de Roma en Granada.
El periodo fernandino Como soberano absoluto que fue, Fernando VII gozó de plena disposición de los bienes, solo sujetos a su voluntad, sin embargo, como buen administrador, separó la gestión del Patrimonio de la Corona de la Hacienda Pública.miniaturadeimagen|Retrato póstumo de María Isabel de Braganza frente al Real Museo de Pintura y Escultura.A instancias de su segunda esposa, María Isabel de Braganza, también dispuso la fundación del Real Museo de Pintura y Escultura en 1819. Las obras del nuevo establecimiento eran todas aquellas que, dada su antigüedad, no encajaban con las nuevas tendencias estilo Imperio con las que Fernando VII redecoró sus residencias, en especial el Palacio Real de Madrid. El museo se instaló en el Real Gabinete de Ciencias del Buen Retiro, edificio también propiedad de la Corona. La primitiva sede del museo debía haber sido el palacio de Buenavista, sin embargo, éste había sido vendido al Ejército en 1816.Cabello-Carro, pág 251. El público podía acceder al museo cada miércoles de nueve a dos. El rey y la familia real disponían para su uso particular un Salón de Descanso (actual Sala 39) y un Retrete.
A lo largo del reinado de Fernando VII hubo además varios añadidos al patrimonio: el Casino de la Reina regalado en 1817 por el ayuntamiento de Madrid a la reina María Isabel de Portugal. el inacabado Teatro Real en los terrenos de la (aún no urbanizada) Plaza de Oriente, también propiedad de la Corona. la Real Posesión de Vista Alegre y la Real Quinta de Quitapesares, que luego pasaron a ser propiedad privada de la reina María Cristina de Nápoles. el Real Sitio de La Isabela fue declarado "Real Sitio" en 1826, el pueblo-balneario se destinó al reposo y a la salud del rey.
A finales del mismo reinado, sin embargo, varias instituciones reales fueron desvinculándose progresivamente del patrimonio de la Corona, pasando a ser administradas por el ministerio de Instrucción Pública, como las reales academias, el Real Conservatorio de Arte y Música o los archivos reales de Barcelona, Sevilla, Simancas y Valencia.
La época isabelina y la revolución liberal
Las nuevas instituciones nacionales Durante las primeras décadas del reinado de Isabel II, y especialmente durante la revolución liberal (1836-1838), la tendencia iniciada a finales del reinado de su padre se afianzó y varias instituciones dejaron de ser "reales" para convertirse en "nacionales", desvinculándose, por lo tanto, completamente de la Corona. Así, por ejemplo, la Real Librería Pública se convirtió en Biblioteca Nacional en 1836 en oposición a la Real Biblioteca que seguía siendo propiedad del soberano. Lo mismo ocurrió con el Real Museo de Ciencias Naturales, que en 1847 se convirtió en el Museo de Historia Natural.
Asimismo, en 1838 también tuvo lugar la fundación de otro importante museo en Madrid, el Museo de la Trinidad, donde se expusieron pinturas y esculturas provenientes de las desamortizaciones. La propiedad de dicho museo era estatal, en oposición al Museo del Prado, cuyas obras pertenecían a la Corona. Otro de los museos propiedad de la monarquía era la Real Armería situada delante de la fachada sur, o de mediodía, del Palacio Real y dependiente del Caballerizo Mayor de Palacio. En 1849, el museo fue abierto por primera vez al público que podía visitarlo todos los sábados de una a tres.
El asunto de los inventarios A falta de una ley específica sobre el Patrimonio de la Corona, dichas propiedades continuaban encontrándose en un limbo entre la propiedad estatal y la propiedad privada. Esta ambigüedad se haría especialmente patente durante la regencia de la reina María Cristina (1833-1840). La regente consideraba que el Patrimonio de la Corona tenía una dimensión más personal y señorial, mientras el nuevo gobierno liberal opinaba que éste debía tener un valor más público y nacional. Tal conflicto quedaría ejemplificado con el llamado "asunto de los inventarios".
Antes de fallecer en 1833, Fernando VII quiso hacer unos inventarios con todos los muebles, enseres y joyas contenidos en los palacios reales. Al modo del Antiguo Régimen, en dichos inventarios se habrían especificado aquellos bienes que permanecerían vinculados a la Corona y aquellos de libre disposición. Sin embargo, los inventarios nunca se encontraron y no se supo si su viuda María Cristina los hizo desaparecer o nunca fueron redactados. Las investigaciones subsiguientes sugirieron que, de haber existido, la propia reina regente los habría hecho desaparecer. Cuando la regente tuvo que partir al exilio a París en 1840 y el general Espartero subió al poder, el nuevo intendente del Patrimonio se encontró con que varios objetos habían desaparecido, presuntamente se los había llevado María Cristina, entre ellos había joyas (sí se encontraron los setecientos estuches vacíos) o muebles renacentistas del viejo Real Alcázar que luego se vendieron en Londres y París. El asunto de los inventarios muestra hasta que punto entraban en conflicto dos percepciones del Patrimonio de la Corona, una absolutista y personalista y la otra liberal y pública.