La Calahorra es un municipio y localidad española situada en la parte centro-sur de la comarca de Guadix, en la provincia de Granada, comunidad autónoma de Andalucía. Limita con los municipios de Valle del Zalabí, Aldeire, Ferreira, Huéneja, Alquife y Lanteira. Cuenta con una población de .

Perteneció a la jurisdicción del Marquesado del Zenete. En ella se levanta el Castillo de La Calahorra.

Geografía El pueblo está situado al este de la capital, recostado sobre un pequeño cerro rocoso, en cuya cima el primer marqués del Zenete, hijo del Cardenal Mendoza, mandó construir un castillo-palacio. A medio camino entre Granada y Almería, se comunica con ambas ciudades por la autovía A-92, situándose a 90 kilómetros de la primera y de la segunda a 95 kilómetros. Una carretera estrecha, que serpentea por el puerto de La Ragua lleva hasta La Alpujarra. Otras dos carreteras salen del poblado: una hacia Aldeire y otra hacia Alquife.

El pueblo se alza a una altitud de 1192 metros sobre el nivel del mar. Destaca por el levante el cerro de Juan Canal (1480 m), un cerro rocoso calizo, plegamiento del complejo de Las Alpujarras.

La altitud del municipio oscila entre los 1630 m al sur, en el límite con Aldeire, y los 1085 en la rambla de Fiñana.

Por el sur se extiende el parque nacional de Sierra Nevada. Por el Norte se desciende suavemente hasta una amplia llanura, en la que hasta hace unos años se cultivaban cereales, actualmente sembrada de placas solares y aerogeneradores.

Historia Hay informaciones que confirman la existencia de asentamientos humanos en La Calahorra y comarca del Marquesado en el Neolítico. Igualmente están documentados yacimientos de la Edad del Bronce, de la cultura El Argar, en la zona del Marquesado del Zenete, de los que sobresale El Zabelí en Esfiliana; es probable la existencia de algún asentamiento al amparo del cerro en que actualmente se levanta el castillo.

Se sabe que fue ocupada por los fenicios, y que en época romana perteneció a la provincia Bastetania, en la que están encuadradas las zonas de Acci (Guadix) y Basti (Baza) y en la que se encuentra una población llamada Arcilasis que más tarde cambió su nombre por el de Alcala Horra (Castillo de las Peñas).

El poeta y diplomático Diego Hurtado de Mendoza en su obra Guerra de Granada dice que durante la etapa visigoda el conde Don Julián fue dueño de la fortaleza de La Calahorra y otros castillos de la comarca, que en tiempos de los musulmanes pasaron a posesión de los Zenete procedentes de Berbería.

En época del reino nazarí de Granada existía en esta comarca una rica actividad económica basada en la ganadería y el cultivo de cereales y moreras, base de una industria sedera. En la novela El manuscrito carmesí Antonio Gala narra que en 1457 Enrique IV de Castilla, continuando las guerras seculares entre cristianos y musulmanes, en lucha contra Abu Nazar Said, abuelo de Boabdil y rey de Granada, se apoderó de Jaén. Entre las escaramuzas que siguieron, el condestable Miguel Lucas de Iranzo en julio de 1462 atacó las poblaciones de Aldeire y La Calahorra «llevándose muchos prisioneros y riquezas», señal de una cierta importancia de estas poblaciones en aquella época.

En diciembre de 1489, durante la conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos, Cidi Yahya El Nayar, caudillo musulmán, entregó a los cristianos algunos lugares de la comarca del Zenete entre ellos La Calahorra.

Durante el reinado de Felipe II se produce la segunda sublevación de Las Alpujarras entre los años 1568 y 1571. En los relatos de Diego Hurtado de Mendoza y de Luis de Mármol Carvajal sobre esta guerra, La Calahorra es atacada por moriscos que vienen de La Alpujarra, causando graves daños a personas y bienes. Los habitantes cristianos se refugiaron en el castillo hasta que soldados procedentes de Guadix restablecieron el orden. A partir de este hecho La Calahorra, con su castillo, aparece como un importante centro de avituallamiento y estancia de las tropas que procedentes de Guadix se dirigen a La Alpujarra por el puerto de La Ragua, siendo el marqués de Vélez el capitán que más tiempo permanece en el pueblo. El final de la sublevación supuso la requisa de bienes y propiedades de todos los moriscos y su expulsión y distribución por toda la península.

A excepción de las concernientes al castillo es difícil encontrar referencias a La Calahorra después de la expulsión de los moriscos. Los viajeros ingleses que recorren España en la segunda mitad del y la primera del , señalan en sus relatos que los caminos desde Granada hacia Almería y Murcia pasan por Guadix y Baza, sin mencionar los llanos del Marquesado, indicio de su estancamiento económico y sus malas comunicaciones.

A finales del se produjo la llegada del ferrocarril al municipio con la inauguración en 1895 del tramo Guadix-Almería de la línea Linares-Almería. En él se levantó la estación de La Calahorra, que facilitó sus comunicaciones con el resto de España. También se mejoran la carretera entre Guadix y Almería y los caminos que unen los pueblos del Marquesado y el que lleva a La Alpujarra.

En el año 1953 acontecen dos hechos que pondrán fin al aislamiento internacional al que estaba sometido el régimen: el 25 de agosto se firma el Concordato con la Santa Sede y el 26 de septiembre el pacto de defensa entre España y EE. UU., que además de la instalación de bases militares americanas trae ayuda económica.

La aprobación de la Constitución en 1978, la democratización de los Ayuntamientos y la entrada de España en la Unión Europea acentúan los cambios. Primero se lleva el agua corriente a las casas, lo que libra a las mujeres de traerla desde los caños y les permite lavar la ropa en la pila en casa; más tarde se establecen canalizaciones de desagües que posibilitan la instalación de retretes y cuartos de baños, lo que limpia de excrementos los corrales, la balsilla y otros lugares del pueblo a los que los hombres acudían para hacer sus necesidades; después se asfaltan las calles eliminando el polvo y el barro.

Urbanismo Aunque el pueblo es pequeño, podría dividirse en barrios que identifican a sus habitantes: en la ladera del castillo Peamigos, El Cerro y Las Coberteras; enfrente Las Vistillas, La Zagüela y Los Cortijillos y entre ellos la calle Los Caños, El Barrio y La Plaza. La plaza tiene en el centro un pilar circular. En ella está la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, construida en 1546, de planta en cruz y dos capillas en el lado izquierdo, de estilo mudéjar, y torre de cuatro pisos. En otro lado, un edificio albergaba en la planta alta: el Ayuntamiento, la escuela para niños y la vivienda del alguacil, y en la baja la cárcel con una diminuta habitación usada como calabozo. En otros edificios se ubicaban la escuela para niñas, la botica, el estanco, la barbería, una posada y alguna taberna.

La calle Los Caños, la más recta y ancha, va desde la plaza a un pilar rectangular alimentado por nueve caños de agua, en ella está la «casa grande», propiedad de una familia que además era dueña de una gran extensión de tierras labradas por pequeños campesinos en régimen de renta. El agua de este pilar se usaba para regar los huertos del interior del pueblo, después de pasar por dos lavaderos. En El Barrio estaba el juzgado. Las calles, sin asfaltar ni empedrar y sin luz eléctrica, maltrechas por las herraduras de los mulos y las ruedas de hierro de los carros, eran polvorientas en tiempo seco y lodosas con las lluvias.

La mayoría de las viviendas son de dos plantas. Sus gruesas paredes están hechas de lajas, adobes y piedras unidas con barro y con barro repelladas, los techos se construían con palos y cañas y se cubrían con tejas o launa que no evitaba las goteras en los días de lluvia o nieve.

Tanto las paredes exteriores como las interiores se blanqueaban todos los años en ocasión de las fiestas del patrón usando cal. La cal procedía de una cantera de piedra caliza situada en la ladera del cerro del castillo, de la que aún quedan en pie los hornos en que se calentaba la piedra.

Las casas de los agricultores, además de las habitaciones de uso personal, tenían una o dos cuadras para los animales de labranza, pajares, trojes donde almacenar trigo o cebada, y marranera. En todas las casas había un corral en el que terminaban de convertirse en estiércol las camas de paja de cuadras y marraneras. En el corral las gallinas escarbaban en busca de alimento y los conejos correteaban cerca de su madriguera. A falta de retrete el corral también era el lugar apropiado para las evacuaciones corporales.

Demografía miniatura|Vista panorámica de La Calahorra

La Calahorra cuenta con una población de .

Economía Los habitantes de la casa no sólo constituían una unidad familiar, eran también una unidad económica que tendía a producir muchos de los artículos que se consumían en ella.

En casa del agricultor todos su miembros, hombres y mujeres, grandes y chicos, participaban en las faenas de siembra y recogida de trigo, garbanzos, papas, maíz, hortalizas y otros productos. Todos aportaban sus esfuerzos para sacar adelante la cría de gallinas, conejos, marranos, cabras y ovejas.

Las mujeres, además de las tareas de la casa, hacían vestidos, sábanas y otras prendas a partir de piezas de telas; con lana tejían abrigos, calcetines y bufandas; con los restos de aceite y grasa fabricaban jabón añadiéndole sosa cáustica.

Trabajo de los hombres era fabricar con esparto guita, tomiza y pleita con las que se hacían sogas, ronzales, serones, espuertas y otros útiles; y hacer múltiples reparaciones y chapuzas en los aperos de labranza, en la casa y en el campo.

En septiembre se hacían otros quehaceres como enristrar ajos, cebollas, tomates y pimientos secos, y hacer conservas de tomates guardándolos en frascos de vidrio. Los pastores se afanaban en el ordeño de sus ovejas y cabras y la elaboración de queso. Es éste un queso artesanal, de sabor característico, que con la denominación de queso de La Calahorra engloba los fabricados en las zonas de Guadix y el Marquesado.

Trabajo y fiesta se unían en la matanza. El cerdo se castraba, se cebaba durante todo el año, y al llegar las heladas invernales el matador se encargaba de sacrificarlo. Se descuartizaba, se separaban los jamones y los brazuelos, el lomo, el espinazo, las panzas y las mantecas. Las carnes se picaban, se mezclaban con especias y otros condimentos para hacer chorizo, salchicha y butifarra; con la manteca se hacía sobrada. Lomo, chorizos y morcillas se freían y se metían en orzas para su conservación. También se limpiaba la vejiga, que a fuerza de golpes se ablandaba y soplándola se convertía en una pelota algo excéntrica, la zambomba, con la que jugaban los niños.

La agricultura centraba la actividad económica del poblado. Las tierras se clasifican en tres grupos: Una pequeña porción, cercana al pueblo, es la vega, tierras de regadío, en la que se cultivaba remolacha, patatas, maíz, garbanzos, hortalizas, y algún frutal. De mayor extensión y más alejadas, otras tierras constituyen «el campo», que podía regarse en primavera; más lejos aún estaban las tierras de secano. El campo y el secano se destinaban al cultivo de trigo y cebada. En ambos se alterna la siembra y el barbecho.

El tiempo del trabajo se ajustaba a la luz del sol, por lo que en invierno las horas de faena eran escasas, mientras que las largas jornadas de verano con frecuencia se prolongaban durante la noche en tareas como aventar el trigo y la cebada o almacenar la paja.