Los orígenes del movimiento valdense, constituyen un verdadero problema histórico, que ha apasionado a los estudiosos y del cual han sido propuestas diversas soluciones.
Orígenes en la iglesia primitiva Algunos historiadores consideraron que el origen se remontaba al siglo apostólico;McCallum, Dennis “The Waldensian Movement From Waldo to the Reformation II. Xenos christhian fellowship.History: Founded in the Middle Ages. American Waldesian Society.WHY WALDENSIANS? . Chiesa Evangeliza Valdense. pero agregan luego que tal opinión, que tuvo convencidos partidarios, está hoy generalmente abandonada. Por otra parte, es oportuno hacer resaltar que los primitivos valdenses, por lo que sabemos, no se jactaron nunca de una directa descendencia apostólica, en el sentido rigurosamente histórico y con preocupaciones de orden genealógico: afirmaron sí, ser los sucesores de los apóstoles por cuanto recogieron la heredad de su pensamiento religioso. Y en verdad, tomado en un sentido puramente ideal, se anudan a los primeros tiempos de los pregoneros del Evangelio, mediante una gloriosa cadena de precursores, puesto que precursores de los Valdenses pueden considerarse todos los espíritus selectos que, en los siglos anteriores, se habían levantado en contra de la corrupción de la fe y de las costumbres, tratando de reconducir a la Iglesia de Cristo a la pureza y simplicidad primitivas.Ernesto Comba Historia de los Valdenses. Editorial: Libros CLIE, Barcelona, 1987. ISBN 10: 8476451822 / ISBN 13: 9788476451823 Traducción de Levy Tron y Daniel Bonjour.
Se podría por lo tanto considerar que habría una “descendencia” ideal, pero no de sucesión histórica, propiamente dicha.
Origen en el Otros estudiosos sostuvieron que el origen del movimiento valdense debía buscarse en los tiempos de Claudio, obispo de Turín, quien, en los comienzos del predicó contra el culto de las imágenes. Su acción no fue acogida favorablemente por las autoridades eclesiásticas, ni por sus pares.No obstante, no se puede demostrar, un lazo evidente entre el movimiento valdense y la «reforma claudiana», salvo quizás una reacción común a muchos cristianos de la época frente a la Iglesia católica de Roma. Sin duda recuerdos de esta prédica pueden haber ayudado a establecer el movimiento valdense. Estos, como homenaje al ilustre predecesor, fundaron una imprenta y luego una editora, que aún existe, en Turín llamada: «Claudiana», cuyo objetivo era: Far conoscere in Italia i veri princìpi e la pura morale dell'Evangelo, es decir «Dar a conocer en Italia los verdaderos principios y la pura moral del Evangelio»Imprenta y editora Claudiana en la wiki italiana
Origen en los Cataros o Albigenses La secta de los “Cátaros” - así llamados del griego “cátaros” que significa “puros” - precedió al movimiento valdense y se había difundido mucho, tanto en Lombardía como en la Francia Meridional, y especialmente en Provenza, donde sus adherentes tomaron el nombre de Albigenses, de la ciudad de Albi, una de sus sedes primitivas; esta secta estaba dominada por la antigua doctrina de los Maniqueos, la que consistía en explicar el origen de las cosas, mediante un doble principio eterno: el espíritu y la materia, el bien y el mal. La identificación de los valdenses primitivos con los Cátaros, es absolutamente imposible, porque difieren los unos de los otros, neta y profundamente en algunas doctrinas fundamentales: por ejemplo, basta observar que los Valdenses, no profesaron jamás ese dualismo que fue el error característico de los Cátaros. Y los inquisidores mismos de la Iglesia Romana han sabido siempre discernir y hacer resaltar las diferencias esenciales que mediaban entre las creencias cátaras y las valdenses.
¿Cuál será pues la solución del problema? se pregunta Ernesto Comba, y se responde:
Pedro de Bruys y Enrique de Cluny Pedro de Bruys,El único escritor que da informaciones atendibles sobre él es Pedro el Venerable, abad de Cluny, quien escribió, hacia 1138 y 1143. un tratado "Adversus Petrobusianos haereticos". Abelardo no hace más que mencionar a Pedro de Bruys en su "Introductio ad Theologiam" (1121), llamándolo "presbyter" y clasificándolo entre los herejes. nacido en la aldea de Bruis, cerca de Gap (Delfinado), había abrazado la carrera eclesiástica; pero dejó su parroquia alpestre, recorriendo, durante más de veinte años el Mediodía de Francia, predicando contra la superstición y destruyendo las imágenes y todo objeto, que según su pensamiento, inducía a un culto idolátrico.
Tuvo un número importante de seguidores, especialmente en Tolosa, pero también sus enemigos eran numerosos y acechaban la ocasión propicia para atrapar al odiado iconoclasta. Esta ocasión se presentó el día, en que arengando a la multitud en San Giles, en las cercanías de Nimes, encendió en la plaza pública una hoguera con las cruces, sacadas de la basílica. Los monjes eran poderosos en San Giles y no les fue difícil azuzar a sus fieles que, furibundos, se apoderaron del predicador y lo echaron a la hoguera que él había levantado. Así pereció, en el año 1140.
Enrique de Cluny, llamado también Enrique de Lausana o por otros, Enrique el Italiano, siguió los pasos de Pedro de Bruys. Monje de la abadía de Cluny, Enrique predicó con singular elocuencia primeramente en Le Mans (Dep. de Sarthe) y luego en la Francia Meridional, atacando con ardor, en medio del entusiasmo de las multitudes, la simonía, la hipocresía y la lujuria del clero. Detenido la primera vez en 1135 y puesto por algún tiempo bajo la vigilancia de Bernardo de Claraval, no bien hubo reconquistado su libertad, volvió a pregonar con tanto ardor, la reforma de las costumbres, que la población entera de Tolosa no tardó en ponerse de su parte. Finalmente, una delegación apostólica, enviada por el papa Eugenio III en 1147, logró arrestar nuevamente al peligroso innovador, quien, después de tres años, murió en la cárcel.
La predicación de Pedro de Bruys y de Enrique de Cluny tenían en común: el repudio del culto a los santos, el sufragio por los muertos, y toda la jerarquía eclesiástica en conjunto; no querían ni templo, ni ceremonias, ni la cruz, pero sí, el retorno al tipo apostólico primitivo.
Sus secuaces fueron numerosos; algunos terminaron por ser absorbidos por los Cátaros, pero la mayor parte debían unirse, más tarde, a los Pobres de Lyon, ya sea en su propio país donde vieron arribar esos prófugos, ya sea en la parte alta de los Alpes, a donde la persecución los obligaba a buscar refugio.
Arnaldo de Brescia. (1100-1135) Arnaldo nació hacia 1100 en la ciudad de Brescia. Dotado de inteligencia vivaz, de elocuencia original y avasalladora, de carácter resuelto e independiente, por naturaleza estaba llamado a ocuparse de cuestiones prácticas, más bien que especulativas. Se dedicó al sacerdocio y fue un ferviente discípulo de Abelardo de Nantes; quien censuraba abiertamente el lujo de los prelados y la relajación de los monjes, y a sugerir a los laicos la idea de confesarse entre ellos, en vez de recurrir a la absolución de los sacerdotes. En efecto, estos, siempre ávidos de bienes terrenos y simoníacos, eran indignos de administrar los sacramentos y en su mundanalidad estaba, según Arnaldo, la causa principal de la decadencia de la Iglesia. Abelardo buscaba reformar, no tanto el dogma, sino la disciplina del clero, amonestando que urgía imitar la simplicidad austera de los primeros cristianos.
Denunciado por el obispo y por los abades de Brescia, al Concilio lateranense de 1139, Arnaldo fue condenado, por cismático, al destierro. Se trasladó primeramente a Francia, junto al maestro Abelardo, hasta que éste se sometió a la condena de la Iglesia, retirándose a la abadía de Cluny. Pero el altivo bresciano, no siguió su ejemplo, y, antes que plegarse, prefirió abandonar a Francia, perseguido por Bernardo de Claraval; aún en Zúrich, donde se había refugiado, lo alcanzó el odio del implacable abad, al punto que tuvo que buscar protección cerca de un cardenal italiano, en Alemania. Pasados pocos años, Arnaldo vuelve a su patria, a Viterbo, reconciliándose con el papa Eugenio III, al que prometió volverse juicioso y hacer la penitencia, visitando con ayunos y plegarias, los lugares santos de Roma.
En Roma, (1145) Arnaldo encontró mucha agitación: los romanos se habían insurreccionado, reivindicando para su Comuna, la independencia absoluta del gobierno pontificio. Por algún tiempo Arnaldo permaneció apartado, más luego no pudo contenerse, e indignado por lo que consideraba la vida mundana de los cardenales, comenzó a predicar con su acostumbrado ímpetu arrebatador, negando que se debiese obediencia y menos aún reverencia a los cardenales, y al papa mismo, porque: "... éstos habían abandonado abiertamente la vida y la doctrina de los apóstoles, transformando la Iglesia en casa de mercaderes y en cueva de ladrones ...".
Excomulgado por Eugenio III en 1148, Arnaldo no se movió de Roma y continuó protestando contra la confusión de las cosas temporales con las espirituales, llamando sucesor de San Pedro sólo al que pudiera decir con el apóstol: “¡No tengo oro ni plata”! En verdad, el fundamento de su protesta está todo en el célebre dicho de Cristo: “A César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Los revolucionarios romanos, entre tanto, se obstinaban en la ilusión de poseer la sede imperial y ofrecían la corona al rey de Alemania.
Pero la situación debía cambiar rápidamente, con la elección para pontífice, del intransigente y duro Adriano IV, el único inglés que haya sido papa. Este supo dar el golpe de gracia a la revolución: al aproximarse la Pascua del año 1155, lanzó el entredicho sobre Roma. Era, en aquellos tiempos, una medida gravísima; ningún papa la había descargado jamás sobre su ciudad. El pueblo, temeroso y amedrentado, se sublevó obligando al Senado revolucionario a capitular. El airado pontífice, que esperaba, impuso una sola condición: el destierro inmediato de Arnaldo y sus adherentes. Y Arnaldo huyó, pero el emperador Federico Barbarroja, que de Lombardía bajaba rápidamente hacia Roma, consiguió atraparlo, y, para congraciarse con Adriano IV, lo remitió al prefecto pontificio de Civita Castellana, donde precisamente el papa había llegado para saludar a Barbarroja.
Caer en las manos de Adriano, equivalía al suplicio inevitable. El martirio tuvo lugar, probablemente, en el mes de junio, en Civita Castellana . Arnaldo afrontó intrépido la muerte; cuando ya le habían puesto el lazo al cuello, se le preguntó si quería retractarse de sus doctrinas y confesar sus culpas; respondió: “La doctrina que he predicado es de salud y estoy pronto a sellarla con mi sangre; pido tan sólo, corno gracia, algunos instantes para confesar mis culpas a Cristo”. Y entonces, arrodillado, sin palabras, invocó mentalmente a Dios, recomendándole su alma. Después de esto, fue ahorcado y quemado, y sus cenizas arrojadas al Tíber.
Su reforma revistió, pues, un triple carácter: político, religioso y cismático. Sus grandes aspiraciones civiles, en efecto, se anudan al despertar de las ciudades libres de Lombardía y a los recuerdos de la antigua república romana; pero hemos visto como, al mismo tiempo, su protesta atacó una ley fundamental del culto y de la disciplina, negando el valor de los sacramentos administrados por un clero al que juzgaba indigno y moralmente decaído. Por consiguiente, si Arnaldo fue, como bien lo dice el cardenal Baronio, “patriarca y príncipe de los herejes políticos” tuvo también una progenie peligrosa, porque la secta por él fundada, llamada de los Lombardos, se separó de la Iglesia, y terminó por unirse con otras, contribuyendo también ella a formar el movimiento valdense.
Falta ahora hablar de aquel que determinó la cuarta y más importante corriente religiosa, destinada a acoger y a refundir en sí, las tres precedentes: Pedro Valdo.
Los Pobres de Lyon