miniaturadeimagen|Grafiti en una pared de Lisboa Carajo es un término del castellano usado para designar el miembro viril. El término tiene equivalentes en el portugués caralho, en el gallego carallo, en el catalán carall y en el asturleonés carayu. Es exclusivo de las lenguas romances de la península ibérica.

Se documenta el uso del término desde al menos el . Aparece regularmente en las cantigas de escarnio y maldecir de la poesía trovadoresca medieval, con registros también en alguna documentación, además de varios usos antroponímicos y en la toponimia de la península ibérica, en particular de Cataluña, donde destacan los varios carall trempat y, en su versión castificada, caball bernat.

Este uso del término como nombre propio para describir el miembro viril, presente incluso en la documentación oficial, termina con la Contrarreforma. Pasa entonces a ser considerado como obsceno e impropio, connotación que mantiene hasta la actualidad. No obstante, el término mantuvo una increíble vitalidad en las lenguas romances ibéricas. Actualmente se usa con decenas de sentidos diferentes y como medio de expresar las más diversas emociones, como extrañeza, emoción, alabanza y amenaza, aunque en algunas regiones haya perdido su sentido original de miembro viril.

El carajo tiene presencia en la poesía y la literatura modernas, especialmente como disfemismo y elemento provocador y, a veces, como erótico. Ha entrado en el panteón de la mitología brasileña como el caralho-de-asas (carajo con alas), que inspiró un personaje de cómic, el passaralho.

Etimología Carajo es voz afín en todas las lenguas románicas hispánicas, por lo que el filólogo y romanista Joan Coromines le supone un origen prerromano y propone en el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (Coromines y Pascual, 1983) la raíz celta cario para el término.

El romanista e hispanista austríaco Leo Spitzer propuso el étimo latino-vulgar no documentado *caraculum, que sería un diminutivo de charax (καραξ) con el significado de estaca. Este término divide la misma raíz etimológica de carácter, del griego charácter, que en el original en latín significaba hierro para marcar ganado. Lo mismo afirma José Pedro Machado en su Dicionário Etimológico da Lingua Portuguesa (1967) y da como origen para el término el dicho caraculum, del griego charax, con el significado de estaca, guía para viña.

En oposición a estas hipótesis, el etimologista Christian Schmitt postula la derivación a partir de un étimo griego καρυον ("nuez") a través del latín caryon y de un derivado carálium.

La Real Academia Española considera carajo como de origen incierto. Hubo un tiempo en que se supuso que ese término tenía origen vizcaíno, pero tal suposición se puso en duda, pues ni Cervantes ni Quevedo lo usan una sola vez. Hacia 1970 se propuso que el origen de carajo estaba en una tribu indígena de Brasil. El autor estadounidense Carleton Beals pretendió demostrar en su libro America south (1937) que el sufijo "-ajo" es criollo y no castellano y sitúa el origen del término en la tribu de los carajos evangelizada por el padre José de Anchieta hacia 1530. En una edición anterior a 1965 de su "Diccionario Etimológico", Coromines había propuesto que carajo podría derivar de una aplicación humorística del latín tardío caragius, "brujo".

Álvaro Galmés de Fuentes propone como origen etimológico de los carall-bernat catalanes la raíz preindoeuropea kar, con el significado de "piedra" o "roca", de donde derivaría carall. Balari en sus Orígenes Históricos de Cataluña reproduce esta teoría, ya presente en la obra Wörterbuch der griechischen Eigennamen (1875) de Wilhelm Pape, según la cual caralis significaría "piedra alta"; hace notar, sin embargo, que en la toponimia catalana las variantes de carajo están asociadas a priapolitos, es decir, roquedos de forma fálica. Balari supone, asimismo, la existencia de una conexión con la ciudad cartaginesa de Caralis, la actual Cagliari, capital de Cerdeña. Coromines también propone una hipótesis semejante según la cual carall derivaría del catalán quer ("peñasco") por un aumentativo querall, que es expresión sobre todo vulgar, con el significado de "miembro erecto y duro como un peñasco". Según Rafael Chacón, estas teorías emanan de un deseo regional de favorecer un origen catalán para el término al forzar un sentido original en carall a partir de los roquedos, cuando lo más probable es que estos fueran así nombrados por tener forma fálica, y no al contrario.

miniaturadeimagen|Mujer tocando un tipo de chirimía o caramillo, grabado alemán del siglo XVI El lingüista gallego Rafael Chacón Calvar propone como mejor hipótesis la raíz indoeuropea cara-, que no solo está en el origen de carácter y caraculum sino también de otras palabras que por su significado le están asociadas, como carámbano, “pedazo de hielo más o menos ancho y puntiagudo”, o el castellano, portugués y gallego caramelo, que en el origen significaba lo mismo que carámbano. También en el castellano caramillo, del latín calamellus, “flautiña de caña o madera de sonido muy agudo”, y otras como garabato, de origen prerromano según la Real Academia Española, y que significa “palo de madera dura formando un gancho en su extremo”, como el carrall bernat catalán, y que pasó al portugués como garavato “palo unido a un gancho” y graveto, "fragmento de rama de árbol". Con el mismo sentido existen los vocablos gallegos garabato y garabullo o garaballo con el significado de “palo delgado y pequeño usado sobre todo para hacer llama”. El Diccionario de la lengua española da a garabito el significando de "gancho", "garabato", que también significa en algunas zonas castellanas “una especie de gancho con un agujero en la punta que servía para pasar un cordel y así poder atar las cargas de hierba o asfódelos”.

En la raíz cara- persiste la idea de palo con forma más o menos de gancho, lo que puede indicar que carajo, caralho, carallo o carall serían eufemismos para designar metaforicamente al pene a partir de la idea de palo o gancho, el cual se torna rígido al ser estimulado. Rafael Chacón señala que todas las designaciones para el miembro viril parecen ser figurativas y metafóricas, como si hubiera un tabú en torno a la cosa en sí misma pero no a los términos usados para mencionarla, por lo que tal vez nunca sea posible saber cuál es el nombre original o propio de ese miembro. El propio término pene, generalmente visto como la designación culta o científica del carajo, en su original en latín no significaba más que "el rabo o la cola de los cuadrúpedos".

Pese a la variedad de etimologías propuestas, el término carajo tiene muchas posibilidades de ser una creación expresiva que, al concretarse, haría muy difícil su interpretación como eufemismo, dada la facilidad con que este tipo de términos se contaminan de sentidos y asociaciones que, a la vez, deberían evitar. Su uso en la lírica galaico-portuguesa en contextos que denotan una clara intención de "grosero realismo" y su capacidad para generar derivados y antropónimos, muestran una expresividad, una implantación y hasta un carácter festivo más propios de los disfemismos que de los eufemismos. Los varias señales de la presencia del término en la toponimia y en la antroponimia de las varias regiones peninsulares romances, siempre con el mismo sentido y con la misma pauta de uso, son una clara referencia a su expresividad, a la vez que sugieren que su uso en el lenguaje hablado estaba más divulgado de lo que se podría pensar.

Uso histórico miniaturadeimagen|El islote de Carall Bernat, una de las islas Medas en la Costa Brava española, debe su nombre a su apariencia fálica La antigüedad del término carajo no ofrece dudas, ni tampoco su caracterización vulgar y obscena, patente ya en el primer registro documentado del término en lengua romance -aunque indirectamente- en un privilegio otorgado al monasterio de San Pedro de Roda datado en 982, donde se registra un mons Caralio, cuyo nombre se había evitado algunos años antes en una donación al mismo monasterio, hecha en 974, porque "tiene nombre deshonesto e indecoroso".Abadal: Cataluña Carolingia, citado en Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana de Joan Coromines Este mons Caralio, latinización del nombre local de una roca aún hoy conocida como Puig Carallot, en la zona de Cadaqués, juntamente al islote de El Carallot o Lo Carallot, roca monolítica de 32 metros parte del archipiélago de las islas Columbretes, y con el islote de Carall-Bernat, en las islas Medas, constituye uno de los pocos ejemplos de la preservación explícita del sentido fálico de carall, hoy generalmente transformado en cavall, aún existentes en la topografía de las zonas catalanófonas. Estos carall bernat son siempre picos de forma fusiforme y prominentes en el paisaje, de aspecto fálico. Entre los muchos carall bernat catalanes existe una montaña sagrada en la región de Montserrat que el pudor local, como en otros lados, ya convirtió en Cavall Bernat, término disparatado y sin relación alguna con la realidad oronímica que representa, como forma de disfrazar su carácter "obsceno".

La primera mención del carallo gallego aparece en una de las cantigas del castellano Pedro García Burgalés a mediados del , dedicada a una tal María Negra, mujer ya vieja y enamorada del trovador, que aquí se representaba como sedienta de macho y obligada ahora a comprar miembros viriles, que inmediatamente hacía pedazos por tanto usarlos:

En la misma época un derivado de caralho ocupa un lugar prominente en una de las piezas del trovador galaico-portugués Martin Soares que versa sobre una doncella en tiempos deshonrada por un personaje de nombre Dom Caralhote (Don Carajote), que decide raptarlo y mantenerlo prendido para siempre por venganza. El nombre de Dom Caralhote, antihéroe traicionero y libertino, parodiaba al personaje arturiano Lanzarote del Lago, cuyas cualidades tenía en proporción inversa. Aunque realza el principal atributo del personaje, genera una comedia burlesca de dobles sentidos: "e a dona cavalgou e colheu i / Don Caralhote nas mãos; e ten, /pois-lo ha preso, ca está mui ben" ("y la mujer cabalgó y cogió allí [aquel] / Don Carajote en las manos; y tiene / pues lo tiene agarrado, ahí está muy bien"); y más adelante, en una clara alusión al órgano sexual femenino y a la promiscuidad de su buena dueña, que ya tantos había tomado antes del infortunado Caralhote:

Se registra también el uso, nuevamente antroponímico, del mismo derivado como sobrenome o apodo, en una demanda fechada el 5 de noviembre de 1393, entre Frei Rui Gonçalves dos Campos, comendador de la villa de Dornes, y João Anes Caralhote, vecino de Carril, en el término de dicha villa. El mismo apellido figura registrado también en la zona de Évora en la época medieval. izquierda|miniaturadeimagen|"Carajo de mesa" o "carajo francés", en un manuscrito ilustrado medieval

En 1247, en la documentación del monasterio de Sahagún (provincia de León, España), se registra el uso antroponímico de otro derivado de carajo, en un tal Pedro Carayuelo y, en 1160, el apellido de Sancho Caraylho.

Otro derivado de carallo surge en una cantiga de escarnio de Fernán Esquío, en la segunda mitad del , dedicada a un fraile que llamaban escarajado, el cual, según el trovador, más propiamente debería ser llamado encarajado por tantos hijos e hijas que engendraba.

En otra cantiga del mismo Fernán Esquío se mencionan cuatro carajos franceses y, más adelante, cuatro carajos de mesa, que el trovador envía a una abadesa. Se trata en verdad de consoladores, piezas de origen francés de moda en la Edad Media para uso de las mujeres que no podían o no querían acercarse a los hombres. Según se deduce de la cantiga, estos objetos adornaban los tocadores de las señoras de la época.