400px|thumb|La naumaquia (combate naval entre romanos) de Ulpiano Checa. Óleo sobre lienzo, 125,6 x 200,5 cm. Esta obra fue presentada en la Sociedad Nacional de Bellas Artes de París, en 1894. Obtuvo la medalla de oro en la Exposición Internacional de Atlanta en 1895. La palabra naumaquia (en latín naumachia, del griego antiguo ναυμαχία/naumajía, literalmente «combate naval») designaba, en época romana, tanto al espectáculo en el que se representaba una batalla naval, como a la cuenca hidrográfica o al lugar donde se llevaba a cabo.

Las primeras naumaquias La primera naumaquia conocida fue la ofrecida por Julio César al pueblo de Roma en el 46 a. C., durante la celebración de su cuádruple triunfo. Tras haber hecho construir una piscina cerca del Tíber, capaz de albergar auténticas birremes, trirremes y cuatrirremes, la representación movilizó a dos mil combatientes y cuatro mil remeros, reclutados entre los prisioneros de guerra. En el 2 a. C., durante la inauguración del templo de Marte Ultor, Augusto ofreció una naumaquia que tomó como modelo la celebrada por César. Como Augusto mismo recuerda en Res Gestæ (§ 23), hizo construir en la margen derecha del Tíber una piscina en la que se enfrentaron 3.000 hombres (sin contar los remeros), 30 navíos dotados de espolón y numerosas unidades más pequeñas.

Claudio organizó en el 52 d. C. una naumaquia en una vasta extensión natural de agua, el lago Fucino, para inaugurar los trabajos de drenaje del mismo. Los luchadores, unos 19 000 hombres, eran en su mayoría condenados a muerte. Gracias a Suetonio y a su obra Vidas de los doce césares (Claudio, XXI, 1214), sabemos que los naumachiarii (los combatientes en las naumaquias), saludaron al emperador antes del combate con una frase que posteriormente se haría famosa: Morituri te salutant (‘Los que van a morir te saludan’). Aunque una tradición errónea haya hecho considerar que ésta era la fórmula ritual con la que los gladiadores se dirigían al emperador antes del combate, tan sólo se tiene constancia de su empleo durante la celebración de esta naumaquia.

Tácito nos ofrece una descripción del espectáculo que allí pudo verse:

Así pues, las naumaquias eran espectáculos más sangrientos aún que las luchas de gladiadores, que implicaban menos efectivos, y en los que los combates no terminaban sistemáticamente con la muerte de los vencidos. Para ser más exactos, el nacimiento de las naumaquias está estrechamente ligado a la aparición, ligeramente anterior, de otro espectáculo, el «combate de tropas», que enfrentaba no a parejas de combatientes, sino a dos pequeños ejércitos. También en este caso, los combatientes eran a menudo condenados a muerte sin ningún entrenamiento específico, no auténticos gladiadores. Lo único que hizo César, creador de la naumaquia, fue trasladar el principio de este espectáculo de batallas a un decorado naval.

Sin embargo, al contrario de los combates de tropas, las naumaquias tenían la particularidad de desarrollar temas históricos o pseudohistóricos. Así cada una de las flotas que se enfrentaban encarnaba a un pueblo famoso por su poderío marítimo en la Grecia clásica o en el Oriente helenístico: las flotas de Egipto y Tiro para la naumaquia de César, Persia y Atenas en la de Augusto, navíos de Sicilia y Rodas en la de Claudio. Por otra parte, las naumaquias necesitaban de medios considerables para su realización, superiores incluso a los necesarios para la celebración de los mayores combates de tropas, por lo que los espectáculos de naumaquias se reservaban para ocasiones excepcionales, estrechamente ligadas a las celebraciones del emperador, sus victorias y sus monumentos. El carácter del espectáculo y de sus batallas, tomadas de la historia del mundo griego, explica que rápidamente fueran designadas con el término genérico de naumaquia (el término en latín empleado para designar una batalla naval era “navalia proelia”). Este término es una transcripción fonética de la palabra griega que designa una batalla naval (ναυμαχία / naumakhía). Posteriormente la misma palabra pasó a utilizarse para designar también las enormes piscinas necesarias para la celebración de estos espectáculos.

La naumaquia, el edificio La naumaquia de César, cuya localización exacta en Roma es todavía objeto de hipótesis, fue sin duda un simple foso excavado en la ribera del Tíber.

La naumaquia de Augusto, sin embargo, es más conocida: en Res Gestæ (23), el propio Augusto indica que la piscina medía 1800 x 1200 pies romanos (aproximadamente 533 x 355 m). Por Plinio (Historia natural, 16, 200) sabemos que en el centro de estas piscinas, muy probablemente de forma rectangular, existía una isla unida al borde por un puente. Es muy probable que este fuera el lugar reservado para los espectadores más importantes.

Teniendo en cuenta las medidas de esta piscina y las dimensiones de un trirreme (alrededor de 35 x 4,90 m), la treintena de navíos utilizados no podría maniobrar en el agua. Por otra parte, considerando que la tripulación de un trirreme romano estaba compuesta por unos 170 remeros y entre 50 y 60 soldados embarcados, un rápido cálculo permite concluir que para alcanzar la cifra de 3000 hombres, los navíos de la naumaquia de Augusto tuvieron que llevar embarcados bastantes más combatientes que una verdadera flota. El espectáculo estaría entonces más en la presencia de los barcos en la inmensa piscina y en el combate cuerpo a cuerpo entre las tropas que no en las maniobras de las embarcaciones.

No fue así en la naumaquia de Claudio. Las dos flotas que se enfrentaron estaban compuestas cada una por 50 embarcaciones, lo que corresponde al número de unidades que formaban las flotas militares con base en Miseno y Rávena durante el Alto Imperio. Por otra parte, gracias a la gran extensión del lago Fucin, del que sólo se utilizó una parte, claramente delimitada para la ocasión, los navíos pudieron realizar varias maniobras de aproximación y embestida. La naumaquia de Claudio reprodujo con detalle un auténtico combate naval.

Según Frontino (De aquis urbis Romæ, 11, 1-2 : opus naumachiæ), las necesidades de agua de la naumaquia de Augusto y de los jardines vecinos del Trans Tiberim fue la principal razón de la construcción de la Aqua Alsietina: una gran conducción descubierta que recorría las pendientes de Janículo sobre el monasterio de San Cosimato. Este supone el principal testimonio arqueológico sobre la localización de la naumaquia, del acueducto y del bosque de los Césares. Existen varias hipótesis concurrentes acerca de la localización exacta del monumento: la más reciente lo ubica entre la Vía Aurelia al norte y la iglesia de San Francesco a Ripa al sur, en el lazo del Tíber. El viaducto de la época republicana descubierto en la Vía Aurelia, cerca de San Crisogono, podría entonces haber servido de canal de vaciado de la piscina.

La vida de la naumaquia augusta fue relativamente corta: fue rodeada y en parte reemplazada desde el reinado de Augusto (Suetonio, Augusto, 43, 1) por el nemus Cæsarum (Bosque sagrado de los Césares), más tarde rebautizado como «Bosque de Cayo y Lucio» (Dión Casio, 66, 25, 3). Esta vasta zona fue probablemente ocupada por construcciones desde finales del .

Las naumaquias en anfiteatros 400px|thumb|La Naumaquia en el Coliseo de Roma.

Durante el reinado de Nerón aparece una novedad: la naumaquia en anfiteatro. Suetonio (Nerón, XII, 2-6) y Dión Casio (Historia romana, LXI, 9, 5) dan fe de la presentación de un espectáculo de combate naval en 57 d.C., en el anfiteatro de madera inaugurado a tal fin por el último de los Julio-Claudios. De la construcción en sí, no se sabe nada, salvo que estaba situada en el Campo de Marte. Nerón ofreció otra naumaquia en el año 64. Fue precedida de luchas con animales y posteriormente tuvo lugar un combate de gladiadores, para terminar con un gran banquete (Dión Casio, LXII, 15, 1). No se sabe dónde tuvieron lugar estos juegos. Probablemente se realizaran en el mismo anfiteatro de madera, puesto que ningún texto menciona su destrucción antes del gran incendio de Roma que ocurriría poco después.

Para la inauguración del Coliseo, en el año 80, Tito ofreció dos naumaquias, una celebrada en la piscina de Augusto, en la que se enfrentaron varios miles de hombres; la otra en el nuevo anfiteatro (Dión Casio, LXVI, 25, 1-4). Finalmente, según Suetonio (Domiciano, IV, 6-7), el emperador Domiciano organizó una naumaquia en el Coliseo, sin duda hacia el año 85, y otra en el 89 en una nueva piscina excavada más allá del Tíber, aprovechando la piedra extraída para su utilización en las obras de reparación del gran circo, dos de cuyos lados habían sido pasto de las llamas. Muy probablemente fue entre la primera y la segunda naumaquia de Domiciano cuando se construyó la compleja red subterránea de habitaciones de servicio que aún hoy puede observarse en el Coliseo y que haría imposible inundar el recinto para celebrar naumaquias.

La superficie de la arena del Coliseo era de alrededor de 79,35 x 47,20 m, muy lejos por tanto de las dimensiones de la piscina de Augusto. Las naumaquias de anfiteatro no podían por tanto tener la amplitud de anteriores espectáculos. Se puede intuir que tomarían la forma de una confrontación entre las tripulaciones de dos reproducciones de navíos de guerra, de tamaño real o casi, pero sin que pudieran ni maniobrar ni flotar realmente. Se sabe en efecto que tanto en anfiteatros como teatros se utilizaban decorados de barcos, a veces dotados de mecanismos con el fin de simular un naufragio. (Tácito, Anales, XIV, 6, 1 ; Dión Casio LXI, 12,2).

La inundación de los anfiteatros Pero el método empleado para la inundación del recinto motiva numerosos interrogantes. Efectivamente un anfiteatro no estaba destinado específicamente a la celebración de espectáculos acuáticos y debía seguir disponible para las cacerías y los combates de gladiadores. La rápida alternancia entre espectáculos terrestres y acuáticos parece haber sido la principal atracción de esta innovación. Dión Casio la subraya a propósito de las naumaquias ofrecidas por Nerón (LXI, 9, 5) y Marcial en relación con las que Tito llevó a cabo en el Coliseo (Libro de Espectáculos, XXIV). El solo estudio de las fuentes escritas no aporta ninguna información acerca de cómo se llevaba a cabo en la práctica esta inundación.

La arqueología se topa con el obstáculo de la profunda transformación del subsuelo del Coliseo (la construcción de numerosos túneles y mazmorras bajo la arena del Coliseo, lo que se conoce como el hipogeo) y sólo dos edificios de las provincias, los de Verona y Mérida, pueden aportar algunos elementos de información de carácter técnico.

thumb|El Anfiteatro de Mérida. El foso central del anfiteatro de Verona era de una profundidad muy inferior a la de las habitaciones auxiliares construidas bajo la arena. Podría tratarse de una piscina. Estaba dotado de dos conductos axiales. Uno de ellos circulaba directamente bajo la galería oeste de la arena y, puesto que carecía de comunicación con los canales de evacuación de las aguas pluviales, debía de estar conectado a un acueducto que alimentaba la piscina. El conducto este, que circulaba a mayor profundidad, debía estar destinado a evacuar las aguas hasta el Adige. La arena del anfiteatro de Mérida revela un foso todavía menos profundo que el de Verona, 1,5 m. Esto descarta completamente la idea de que se tratara de una habitación de servicio subterránea, puesto que su altura es inferior a la de un hombre de pie. Esta piscina estaría provista de escaleras y de un revestimiento estanco análogo al de las piscinas de las termas. También tenía dos conductos axiales. El del lado oeste debía estar conectado a un acueducto que pasaba cerca del edificio (el acueducto San Lázaro).