La Biblioteca Fray Francisco de Burgoa se localiza en el Estado de Oaxaca de Juárez, México, en el Centro Cultural Santo Domingo. Su fondo bibliográfico pertenece a la Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca, y cuenta con un aproximado de 30000 ejemplares preservados dentro de estanterías de cedro rojo hechas especialmente para su resguardo. Actualmente cuenta con uno de los proyectos más grandes de rescate de documentos y libros antiguos que se han llevado a cabo en el estado, coordinado por la Dra. María Isabel Grañén Porrúa.
Historia de la biblioteca El comercio del libro tuvo un lugar fundamental en los inicios del pensamiento ilustrado en México, abarcando un amplio periodo colonial, dónde las entonces llamadas "librerías" hacían pedidos a las ciudades más importantes de Europa y Nueva España, donde se llevó a cabo la primera imprenta, misma que se trasladó a la capital del Virreinato en 1539.
En un principio, las órdenes religiosas tenían como propósito formar librerías en diferentes puntos del estado, de las cuales se tienen ubicadas las de Cuilapam, Tehuantepec, Tlaxiaco y Yanhuitlan. Estas bibliotecas fueron creadas por frailes deseosos de instruirse, hombres cultos de Oaxaca que tuvieron acceso a una cultura humanística y científica. La mayor parte de los libros llegó a Veracruz desde el Viejo Continente, resistieron las eternas horas de trayecto a las Indias, las tormentas, los naufragios y los asaltos de piratas a las naos. También se salvaron de las trabas inquisitoriales que impedían la circulación de ideas heréticas y sospechosas. Sin embargo, hubo datos encontrados dentro de los escritos de Manuel Martínez Gracida en los que da a conocer que este acervo empezó a formarse en el año de 1552 y a fines del contaba con más de 2400 obras contenidas en 5,416 volúmenes, 10 manuscritos y varias copias de sermones.
En 1827 se fundó la Biblioteca Pública del Estado de Oaxaca, la primera establecida en México. Años más tarde, en 1859, con la secularización de los bienes del clero, las bibliotecas conventuales pasaron a enriquecer la Biblioteca Pública que era parte del Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca.
Instituto de Artes y Ciencias izquierda|miniaturadeimagen|Instituto de Ciencias y Artes. La pérdida de libros y el desorden caracterizaban el nuevo espacio, puesto que el lugar no era frecuentado por el público y no se llevó a cabo ninguna catalogación. Además, la biblioteca sufrió las consecuencias de la intervención francesa en 1865, cuando las fuerzas invasoras, a cargo del mariscal Bazaine, utilizaron libros de la Biblioteca Pública para hacer fogatas,Carlos Sánchez Silva "El resguardo del patrimonio documental de Oaxaca" en Suplemento Cultural de Cambio. Año 1, No. 11, del 29 de mayo al 4 de junio de 1993. mientras que otros fueron extraviados por préstamos irracionales. Durante este periodo, se distinguen eminentes personajes como Benito Juárez y Porfirio Díaz, quienes trabajaron en la biblioteca y, posteriormente, llegaron a ser Presidentes de México.
Hacia 1880, gracias a la iniciativa del subdirector de Instrucción Pública en el estado, José María Cortés, se formó una comisión para que trabajara en el arreglo de la Biblioteca Pública, y así se logró inventariarla. Prueba de ello son las libretas manuscritas que aún se conservan con el listado de libros clasificados por temas y en orden alfabético.Manuscrito que se encuentra en la Biblioteca Francisco de Burgoa: "La biblioteca. Noticias y cálculos desde el año 1886". Escrito por el bibliotecario Carlos Natucci. Dado que la mayoría de los libros aún conservaba la marca del ex libris con su correspondiente colocación, fue posible que su orden se respetara. Incluso durante el Porfiriato un grupo de catedráticos –bajo la dirección del Lic. Carlos María Cortés, cuyo ejemplar desempeño hizo posible la conservación del inventario manuscrito que contiene el registro de grandes investigadores que consultaban el fondo bibliográfico, ordenado por orden alfabético y clasificados con el sistema de Namur, siendo publicado más adelante en el año de 1887–, ofreció sus servicios para la catalogación y orden de los libros, con el fin de que la biblioteca tuviera un mejor funcionamiento.
Poco a poco, la biblioteca incrementó la bibliografía necesaria para los estudiantes, adquirió un fondo jurídico y médico y, además, tuvo dos mejoras importantes: el traslado de la parte baja del Instituto de Ciencias para facilitar el acceso al público y abrir por las noches para permitir a los obreros y trabajadores la consulta de los materiales. Además, en 1885, la biblioteca recibió dos donativos: una valiosa colección que ofreció Matías Romero en agradecimiento a su formación en el instituto y un lote de libros que el gobierno compró a una biblioteca privada de Orizaba.
Además, el fondo bibliográfico se incrementó con libros que se compraban para mantenerla actualizada y con donaciones particulares como la de Benito Juárez Maza en 1920, la del médico juchiteco Aurelio Valdivieso en 1926, y en 1942 Eugenio Clerián, cuñado de Juárez Maza, entregó un pequeño lote de libros y el archivo privado de este último. Gracias al apoyo del entonces gobernador Eduardo Vasconcelos, la biblioteca se trasladó a un edificio del , recién remodelado, ubicado en la calle 5 de Mayo, frente al Teatro Macedonio Alcalá.
Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca En 1955, el gobernador Manuel Cabrera Carrasquedo, erigió al Instituto de Ciencias y Artes del Estado en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y esto incluía también la biblioteca, que no dejaba de ser pública. Sin embargo, su época dorada no fue eterna, como lo debieron haber pensado los emprendedores del rescate y aquellos hombres preocupados por mejorar el espacio. Pero la práctica cambió la teoría. En 1958, la Facultad de Arquitectura ocupó una parte del lugar donde estaba situada la biblioteca, por lo que ésta tuvo que reducirse. Con el tiempo, los estudiantes también entraron a ese recinto, empujaron los anaqueles y los libros fueron tapados con papel manila clavado en sus lomos. El entonces bibliotecario, José Luis Bonecchi, envió varias quejas al rector de la UABJO y denunció las arbitrariedades y los abusos que se cometían con los libros, intentando poner fin y evitar las pérdidas. Pero el intento fue inútil y durante los disturbios estudiantiles en la década de 1970, la biblioteca se tornó desastrosa. izquierda|miniaturadeimagen|Vista Actual de la Biblioteca de la Universidad Autónoma "Benito Juárez" de Oaxaca A principios de los años ochenta, parte del material bibliográfico de la UABJO se trasladó a otros edificios con el objeto de salvar el acervo. Se hizo la propuesta de comprar una casa para albergar el fondo antiguo, pero el proyecto no se llevó a cabo. Sin embargo, se construyó un edificio en la Ciudad Universitaria, que recibiría por nombre “Biblioteca Jose Vasconcelos”, para la conservación del fondo bibliográfico, siendo adaptada para la clasificación y separación correcta de todos los ejemplares. Desgraciadamente, el local no era adecuado para albergar un fondo bibliográfico de tal importancia: cuando llovía, el agua corría al interior del recinto y con las tormentas se filtraba en las paredes; los muros interiores eran de plafón y los sensores de luz se calentaban constantemente. Como el edificio estaba en medio del campo, la presencia de roedores e insectos era constante y no había ningún tipo de seguridad. A pesar de todo, la Universidad Autónoma Benito Juárez intentó conservar su acervo, consciente de su gran importancia histórica.
Biblioteca Fray Francisco de Burgoa Hacía varios años que el reconocido artista Francisco Toledo manifestaba su preocupación por el fondo bibliográfico de la universidad, así que solicitó permiso a las autoridades para difundirlo a través de una exposición de libros antiguos, que se llevó a cabo en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca en octubre de 1993. El éxito de aquella exposición favoreció a que el entonces rector de la UABJO, Homero J. Pérez Cruz, y Francisco Toledo propusieran realizar el inventario, la clasificación y la conservación de la biblioteca.
La Biblioteca Nacional de Antropología e historia, a través de su directora, Stella María Gonzáles Cicero, tuvo papel preponderante, ya que asesoró el proyecto. El primer paso fue fumigar el espacio y, posteriormente, un equipo de personas comenzó a levantar libros del piso, a sacarlos de las cajas y separar el material antiguo del moderno. El proyecto requería latinistas, por lo que cuatro estudiantes egresados de la Facultad de Letras Clásicas se desplazaron a Oaxaca para elaborar una ficha bibliográfica especializada de cada libro, misma que contenía el nombre del autor, título, traductor compilador, ilustrador, impresor, editor, lugar y año de impresión, materia, marcas de fuego, condición física y algunas observaciones. Sin embargo, en vista de que el proyecto requería una gran inversión de tiempo, no pudieron proseguir con él y decidieron abandonarlo. Afortunadamente, se contrató en la misma ciudad de Oaxaca al licenciado Miguel Díaz Rivera, una persona con conocimientos de latín, griego, hebreo, italiano y francés con un amplio criterio humanista para indicar la materia de cada libro y para despejar las dudas que se presentaban. Los datos anotados en las tarjetas fueron capturados en un sistema de cómputo ex profeso, haciendo posible que cualquier investigador pudiese identificar el ejemplar según el rublo: autor, título, año, etc.
La preocupación no sólo era saber el contenido de los libros, sino también conservarlos en buen estado. Por ello, se capacitó al personal de la UABJO con cursos sobre la conservación de libros antiguos. Cada ejemplar se aspiró con una malla para eliminar el polvo acumulado por tatos años, los libros encuadernados con pergamino se lavaron con jabón de calabaza y se dejaron secar con peso uniforme por encima. Finalmente, se aplicó glicerina para dar flexibilidad y evitar quebraduras en el pergamino. Los libros con hongos se apartaron para no contagiar a los demás y se aplicó una solución para evitar la proliferación de microorganismos.
A lo largo de este proceso se hallaron importantes documentos: tal es el caso de once incunables, o libros impresos en el ; una Biblia políglota, compuesta por ocho tomos, escrita en latín, griego, arameo y hebreo, impresa por Cristóbal Plantin entre 1572 y 1575; un ejemplar de fray Alonso de la Veracruz; libros con grabados de extraordinarios artistas como Juan Valdés Leal o Matías Arteaga; ejemplares ilustrados como la gran edición de los Atlas de Juan Blaev y Juan Jansón; una primera edición del Neptuno Alegórico de Sor Juana Inés de la Cruz; un libro que perteneció al primer arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga, una Doctrina cristiana en lengua mixteca, impresa en México en 1586, un manuscrito original de fray Bartolomé de las Casas, libros con encuadernaciones maravillosas, ejemplares con grabados atractivos y un gran número de volúmenes salidos de las prensas de prestigiados impresores.
La importancia de la biblioteca era tal que surgió la idea de trasladar los libros a un lugar más adecuado que el edificio de la Ciudad Universitaria donde se encontraban, y luego de varios esfuerzos por interesar a otras instituciones, el Instituto Nacional de Antropología e historia aceptó otorgar un espacio en el ex convento de Santo Domingo de Oaxaca, precisamente la nave del ala norte que abarca el largo del atrio. Como Fomento Social Banamex estaba involucrado en el patrocinio de las obras de restauración de Santo Domingo, aceptó financiar las estanterías de cedro rojo para la biblioteca. Para concluir el trabajo, se prosiguió con el traslado del acervo en el transcurso de una noche. El fondo bibliográfico fue numerado previamente y organizado en varias cajas, de modo que se tuviera un control exacto del lugar que ocuparía en el recinto de Santo Domingo.