miniatura|El yugo y las flechas, símbolo distintivo de los partidos Falangistas españoles.
El fascismo en España fue muy minoritario hasta la guerra civil española. Fue entonces cuando en la zona sublevada el partido fascista español Falange Española de las JONS, surgido en febrero de 1934 como resultado de la fusión de Falange Española de José Antonio Primo de Rivera con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista de Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, se convirtió en partido de masas. Tras el decreto de Unificación de abril de 1937 promulgado por el Generalísimo Franco, por el que Falange se fusionaba con la Comunión Tradicionalista, la nueva Falange Española Tradicionalista y de las JONS, cuyo jefe nacional era el propio Caudillo, se convirtió en el partido único del Nuevo Estado, posición que detentaría a lo largo de la dictadura franquista —«un régimen autoritario con un fuerte componente fascista, aunque no se puede caracterizar completamente como tal»—, adoptando también el nombre de Movimiento Nacional —el partido fascista español se convirtió así en el más longevo de la historia—.
Durante el periodo democrático que siguió a la muerte de Franco en 1975 el fascismo (o el neofascismo), dividido en numerosos partidos y grupúsculos —algunos de los cuales se presentaban como herederos de Falange—, volvió a ser marginal y no obtuvo representación parlamentaria, excepto en la I Legislatura (1979-1982) cuando el líder de Fuerza Nueva Blas Piñar consiguió ser elegido diputado por Madrid, escaño que no revalidó en las siguientes elecciones de 1982. Desde entonces ningún miembro de un partido fascista (o neofascista) ha ocupado ningún escaño ni en el Congreso de los Diputados, ni en el Senado (tampoco en ningún parlamento de las comunidades autónomas).
Introducción
miniatura|Foto oficial del encuentro entre Benito Mussolini y Adolf Hitler que tuvo lugar en Munich en junio de 1940 para formalizar la entrada de la Italia fascista en la Segunda Guerra Mundial del lado de la Alemania nazi. Aunque no participó, España no fue ajena al brutal impacto de la Gran Guerra (1914-1918) y al de una de las consecuencias de la misma: el triunfo de la revolución bolchevique en Rusia. En ese contexto nacería el fascismo. La llamada crisis de 1917 puso en evidencia la incapacidad del sistema político de la Restauración para transformarse en un verdadero régimen democrático que hiciera frente a los retos de una sociedad española en proceso de cambio, entre los que destacaban la aspiración de obreros y campesinos para mejorar sus condiciones de vida (alentada por lo que acababa de ocurrir en Rusia) y la reclamación de la autonomía para Cataluña. Fracasados los intentos de «reforma desde arriba» —«la Restauración tendió con su propia inercia a obstaculizar una transformación modernizadora de la sociedad española», afirmó Javier Tusell—,Tusell, Historia de España del . I, Cap. "La herencia del " se impuso la solución autoritaria tras el triunfo del golpe militar de 1923: la Dictadura de Primo de Rivera. Esta acabaría arrastrando en su caída a la propia monarquía y el 14 de abril de 1931 se proclamaba la Segunda República, el primer intento de establecer un régimen democrático en España.
El fascismo había surgido en Italia a principios de 1919 bajo el liderazgo de Benito Mussolini."Si bien los movimientos fascistas tenían puntos en común con el autoritarismo y las fuerzas de extrema derecha que les habían precedido, en cuanto se refiere al modelo de organización de la vida política y económica de la nación, presentaban notables diferencias y eran básicamente más extremistas en todos los sentidos: estridentes en su nacionalismo, más plebeyos en composición y estilo, menos respetuosos a la tradición y valores establecidos y más violentos en su comportamiento político; y a menudo incorporaban, lo que habría de resultarles muy útil, sobre todo en el caso italiano y alemán, una retórica seudoizquierdista" (Rodríguez Jiménez, 2000, pág. 22). Se trataba de una ideología nueva y en muchos aspectos moderna. Como ha señalado Joan Maria Thomàs, «propugnaba el establecimiento de un nuevo tipo de dictadura, de partido único, que pretendía ser totalitaria, y, por tanto, capaz de llegar a todos los aspectos de la vida de la nación». «Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado», decía Mussolini,Rodríguez Jiménez, 2000, pág. 23. El fascismo quería llevar a cabo una «Revolución Nacional» de la que surgiría un «Hombre Nuevo» y un «Estado Nuevo», una nueva «comunidad nacional» reunificada, libre de divisiones de partido y de «localismos», bajo la jefatura de un líder carismático con autoridad absoluta (el Duce; el Führer). Pero el fascismo también tenía aspectos tradicionales, como la austeridad y la disciplina que quería imponer a la población o el papel subalterno que asignaba a las mujeres. Para alcanzar sus fines el partido fascista había adoptado una forma de organización paramilitar («con mandos, disciplina, uniformes, insignias y entrenamiento de combate») que no dudaba en emplear la violencia y el terror«Si no hubiera otro medio que la violencia, ¿qué importa? Todo sistema se ha implantado violentamente, incluso el blando liberalismo». José Antonio Primo de Rivera, 2 de abril de 1933. Obras (Del Río 1974), pág. 49. para «aniquilar» a los «enemigos de la nación» (liberales, demócratas, socialistas, comunistas, anarquistas, etc.). El fascismo rechazaba tanto la democracia"No confío en el voto de la mujer. Mas no confío tampoco en el voto del hombre. La ineptitud para el sufragio es igual para ella que para él. Y es que el sufragio universal es inútil y perjudicial a los pueblos que quieren decidir de su política y de su historia con el voto. No creo, por ejemplo, que en la conveniencia o inconveniencia de una alianza internacional o saber la política marítima a seguir pueda tener la masa opinión, ni a lo sumo, más que muy pocos de sus representantes" (José Antonio Primo de Rivera). como el «marxismo» (entendido este en sentido muy amplio) y defendía un sistema económico corporativo en el que los detentadores del capital y los trabajadores quedarían subordinados al Nuevo Estado fascista y sus intereses puestos al «servicio de la nación»."La perversión del lenguaje, la corrupción semántica, unida a la apropiación torticera de conceptos (esto se ve si atendemos al constante empleo de lenguaje de las izquierdas —revolución, justicia social, camarada...) fue común a todas las organizaciones políticas que podemos englobar bajo la etiqueta de fascismos y, probablemente trataba de encubrir, unida a una pátina de modernidad revolucionaria, tanto la nula entidad racional de su propuesta política como su solapada aceptación de valores y creencias tradicionales que los aproximaban sospechosamente a las ideologías conservadoras" (Marcos Maurel, «Un asunto de FE», 2005, pág. 133). En conclusión, «los fascismos fueron, ni más ni menos, una de las respuestas políticas —aunque no la única— que se dio desde la derecha a la crisis que experimentó Europa en los últimos años de la Primera Guerra Mundial y a lo largo de todo el periodo de entreguerras (1918-1939)».
En España el partido fascista, resultado de la fusión de las JONS y Falange Española, tuvo una aparición tardía (1934) y durante la República fue prácticamente marginal (solo las circunstancias excepcionales de la guerra civil española lo convirtieron en un partido de masas)."Los grupos fascistas españoles se lanzan así a la búsqueda de sus masas, con arreglo a las tácticas que ya habían utilizado con resultados tan positivos sus «hermanos mayores» europeos. El fracaso fue, sin embargo, espectacular. Como señala Jiménez Campo, ello es debido a que la oferta se ve estrangulada por la apertura de un conflicto ya netamente de dominación, con unas organizaciones obreras fuertemente consolidadas y dotadas además de una creciente influencia y penetración en las capas sociales a las que dirige su acción. Las fisuras que se ofrecían a un débil fascismo eran escasas, lo que tiene singular importancia a la hora de analizar el fracaso del proceso de fascistización en nuestro país" (Chueca Rodríguez, Montero Gibert, 1992, pág. 226)."Por lo que se refiere a la clase obrera, el fascismo se decantó netamente hacia el proselitismo entre los sectores de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), la organización de los anarquistas españoles. Nuestros fascistas creían, o aparentaban creer, en ciertos puntos supuestamente comunes con las propuestas anarquistas. Tal intento se saldó con otro fracaso no menos espectacular. De un lado por razones de índole ideológica, pues tras la subida al poder del partido nazi el antifascismo pasó a ser una característica básica de cualquier movimiento anticapitalista. Del otro, porque en el caso español, aunque la CNT sufriera un debilitamiento por sus fracasos revolucionarios, no ocurrió lo mismo si se contempla el movimiento obrero en su conjunto, que además marchaba a pasos agigantados hacia la unidad orgánica de acción. En España no se produjo nunca el debilitamiento del movimiento obrero que permitió en Italia y Alemania la penetración fascista" (Chueca Rodríguez, Montero Gibert, 1992, pág. 227).«La izquierda estaba muy sensibilizada al aumento del fascismo y decidida a evitar la suerte que habían corrido sus correligionarios en Italia, Alemania y Austria». Preston, 1993, pág. 128. Entre los contemporáneos esto se achacó a la ausencia de condiciones objetivas en la sociedad española. Por ejemplo, el socialista Luis Araquistáin afirmó en 1934: «En España no puede producirse un fascismo del tipo italiano o alemán. No existe un ejército desmovilizado como en Italia; no existen cientos de miles de jóvenes universitarios sin futuro, ni millones de desempleados como en Alemania. No existe un Mussolini, ni tan siquiera un Hitler; no existen ambiciones imperialistas, ni sentimientos de revancha, ni problemas de expansión, ni tan siquiera la cuestión judía. ¿A partir de qué ingredientes podría obtenerse el fascismo español? No puedo imaginar la receta».Luis Araquistáin, «The struggle in Spain» (1934), Foreign Affairs, 12, pág. 470. Recogido en Chueca Rodríguez, Montero Gibert, 1992, pág. 219. También se consideró la falta de un líder carismático. Así lo recordaba Ernesto Giménez Caballero: «el líder fascista auténtico tiene que proceder del socialismo. Y del socialismo marxista [...] Y su título es el de haber sido obrero o campesino. Mussolini fue obrero y campesino; Hitler fue obrero, pintor. Y a nosotros nos falló que el hombre que tenía que haber sido nuestro conductor, Indalecio Prieto, pese a que yo se lo ofrecí, no quiso serlo».Giménez Caballero, «Memorias de un funámbulo», Ruipérez, 1979.