La Batalla del Yi fue un conflicto bélico que se produjo el 6 de febrero de 1702 a orillas del Río Yí, en Sarandí del Yi, en el departamento de Durazno, Uruguay. En ella se enfrentaron el ejército jesuítico-guaraní contra naciones indígenas coaligadas (Yaros, Bohanes, Charrúas) en donde el primero consiguió la victoria. El resultado arrojó 300 indígenas muertos y alrededor de 500 prisioneros entre mujeres y niños del lado de los vencidos.
Desarrollo de la batalla La Batalla del Yi no fue un combate convencional. Según la perspectiva desde la que se mire, puede considerarse que existió una escaramuza previa en donde se enfrentaron ambos bandos o que se trató de una masacre perpetrada traicioneramente por al menos una parte del ejército atacante. En territorio enemigo, una avanzada del bando conformado por Jesuitas, Guaraníes y Tapes dio con la posición de la parcialidad Charrúa, integrada por hombres de armas, mujeres y niños. Se entabló una refriega en la cual los charrúas resistieron. Al amanecer del 6 de febrero de 1702, el ejército jesuítico-guaraní realizó una maniobra sorpresiva sobre el emplazamiento charrúa con el objetivo de quitarles la caballada. Esta acción resultó exitosa y obligó a los charrúas a una retirada en lo profundo del monte. El enviado de Buenos Aires, Francisco Monzón, consiguió la rendición de la comunidad charrúa. Primero se entregó un contingente de 200 combatientes, que desarmados marcharon hacia el campamento contrario en donde fueron pasados a degüello. El resto de los rendidos marchaba también hacia allí y cuando escucharon el griterío que se producía por la masacre, rompieron en retirada pero fueron ultimados por los soldados que los escoltaban. La misma suerte corrió el mediador Monzón, quien resultó muerto en forma sospechosa. Finalmente, las mujeres y los niños sobrevivientes (cerca de 500 personas), fueron tomados prisioneros y enviados a las reducciones jesuitas.
Contexto internacional En este período de Europa, fueron continuas las guerras entre los diversos reinos, por ejemplo la guerra entre los holandeses y portugueses en el siglo XVII, que llevó a una migración de personas “blancas” hacia los territorios del virreinato en busca de tierras cultivables para la supervivencia. Además de la llegada continua de inmigración europea a diversas regiones de América, comienza una llegada masiva de esclavos africanos, “capturados” y “deportados” por diversas compañías que obtenían licencias de las coronas, estas empresas eran mismo de orígenes españoles o portugueses, como también de otras nacionalidades. Es importante comprender que la Inquisición española llegó a las tierras americanas, al mismo tiempo que los primeros colonos. Muchos eran de origen judío, y escapaban de la persecución que se daba en Europa tanto en los reinos de Portugal como de España. Pero se ha constatado que más bien llegaban a los puertos comerciantes, marineros o soldados que en la mayoría de los casos aceptaban convertirse al catolicismo. A partir de la recuperación de su independencia en 1640, Portugal se propuso delimitar su patrimonio territorial en América y trazó planes para establecer una fortaleza en las inmediaciones de Buenos Aires. Aparentemente, el objetivo estratégico portugués era el de poblar las márgenes del Río de la Plata para afirmar y mejorar el contrabando en Buenos Aires, estimulada por Gran Bretaña, que protegía al reino de Portugal y que, además, deseaba disponer de un puerto amigo para alimentar el comercio clandestino con Perú, la corona portuguesa animaba ambiciones en lo que consideraba tierra portuguesa en el Plata. Los portugueses fundaron la Colonia del Sacramento, en la margen oriental del Plata, en 1680. La situación portuguesa presentaba dificultades para hacerse de recursos porque el área de influencia geográfica, en la región del Río de la Plata, estaba reducida al enclave de Colonia y a sus alrededores, aunque lograron adaptarse a esta situación mediante alianzas con las comunidades nativas. En forma similar a la guerra entre ingleses y franceses en Norteamérica, los españoles y portugueses se valieron de tropas indígenas en sus ejércitos y buscaron alianzas con pueblos guerreros para utilizarlos como comandos. Aunque estaba prohibido por el sistema monopólico impuesto por la corona española, es sabido que la mayor parte de las autoridades en el Río de la Plata protegían el tráfico clandestino. Asociadas con los portugueses, permitían la entrada de mercaderías y esclavos negros, que dieron gran impulso a las actividades de la ciudad de Buenos Aires y su área de influencia. La vida del puerto dependía del tráfico clandestino. En un contexto de guerra de sucesión y de alianzas internacionales en Europa, la corona española designó nuevo gobernador de Buenos Aires, y respecto de la jurisdicción de la Colonia del Sacramento le notificó que solo correspondía a Portugal el territorio reconocido en el Tratado Provisional de 1681.
Interpretaciones La comprensión de la Batalla del Yi no es posible como un acontecimiento fáctico independiente de los actores sociales y las interpretaciones que ellos promovieron, por lo tanto es necesario comprender las distintas visiones para conocer un conflicto entre los actores sociales que tenían intereses diversos, que a veces lograban generar alianzas y otras se enfrentaban tanto de forma pacífica como a través de la violencia.
Visión Jesuita En la visión jesuita se puede ver la postura de una guerra contra los llamados “infieles” como un modo defensivo contra los ataques de grupos indígenas. Debido a que los jesuitas tenían el dominio de la palabra escrita, esta visión se encuentra documentada en diversas fuentes primarias, siendo en su mayoría cartas, tanto de Padres de las compañías como de Obispos de las gobernaciones. En una carta de Anton Sepp aparecen tres factores claves de la visión jesuita. Por un lado, el dominio que los guaraníes y jesuitas pretendìan sobre la Banda Oriental y los ganados que pastaban allí. En segundo lugar, los indios “salvajes” eran vistos como bestias que herían y guerreaban sin ningún sentido a los cristianos, quienes en cambio solo querían salvarlos mediante la Fe. En tercer lugar, la voluntad propia de ciertos paganos de ser convertidos al cristianismo, en pos de dos cosas: por un lado, salvación; por el otro, cese a la guerra. Según Diego Bracco “los jesuitas actuaron sosteniendo a toda costa la autonomía de su proyecto, y defendiendo con la cruz y la espada el reino de Dios en la tierra que procuraban construir” Es decir, los jesuitas al momento de la colonización tenían en claro su objetivo: transformar “infieles” al cristianismo en favor del propio proyecto religioso.
Visión académica actual La visión académica actual puede denominarse etnográfica o de la diversidad étnica. Efectivamente, a partir de las fuentes primarias de la época, el foco de análisis está en poder “reconocer” y “conocer” a los actores sociales indígenas que tuvieron parte en los conflictos, y de ser posible, quienes, no formando parte de estos, habitaban igualmente ese “territorio de frontera”: ¿Quiénes eran? ¿Cómo se llamaban a sí mismos? ¿Cuántas “naciones” había exactamente? ¿Es correcta la toponimia usada por los jesuitas o los españoles en sus cartas? Se trata de buscar la identidad de las poblaciones indígenas, ocultadas bajo el dogma de la superioridad europeo-cristiana y la inferioridad indio-pagana que caracterizan los documentos disponibles. Las fuentes presentan numerosas y complejas contradicciones en cuanto a las sociedades indígenas. Principalmente, se distinguen dos sesgos: uno de ellos tiene que ver con el “espacio de navegación”, ya que los primeros grupos nativos en conocerse y nombrarse fueron aquellos más cercanos a las costas de los ríos Paraná y Uruguay, y por supuesto en torno al Río de la Plata; el otro se vincula con la alteración del espacio generada por la “intrusión” en él de los europeos, quienes describieron un territorio y una población que desde el mismo momento de su llegada ya no estaba exenta de transformaciones, causadas sobre todo por enfermedades y migraciones. Así pues, el primer problema al abordar el material documental es, en palabras de Diego Bracco, “el error derivado de sobredimensionar el papel de la ‘nación’ Charrúa”. Esta etnia aparece mencionada en la mayoría de los casos como la principal y más numerosa, además de ser la que encabeza las rebeliones y las luchas contra las Reducciones. No obstante, son los Charrúas quienes (después de los Guaraníes, población que por su rápida conversión al cristianismo es conocida sin mayores dificultades), tenían mejores relaciones con los españoles de Buenos Aires. ¿Se puede hablar, entonces, de “nación Charrúa” o, como en algunas cartas, de “parcialidades”? No resultan tan carentes de significado, desde esta perspectiva, las denominaciones de “indios amigos” o “indios enemigos” que aparecen en las fuentes. El segundo problema está dado por la escasa información etnográfica sobre otras entidades indígenas, a excepción de su nombre: yaros, bohanes, valomares, mbojas, mbatidas, matidanes, tapes, etc. ¿Con qué criterios los Jesuitas pusieron nombres a estas “naciones? Se plantea la cuestión del silencio que nos han dejado los propios nativos sobre ellos mismos. Por parte de los Jesuitas, todos ellos representan simplemente “los infieles” a quienes había que convertir o combatir. Un tercer problema es identificar los propios conflictos interétnicos; es decir, las guerras entre los mismos indígenas. Del lado de la Compañía de Jesús estaban los Guaraníes, con quienes tenían choques periódicos los Charrúas. Pero los documentos también nos hablan de los Guenoas o Minuanes: en algunos casos como enemigos de los Charrúas; en otros, como aliados de estos. Los intereses de los colonizadores interfirieron en el registro de las distintas etnias que habitaban los territorios de las actuales provincias de Entre Ríos y Corrientes, Uruguay y parte del sur de Brasil. Muchas pudieron desaparecer antes incluso de entrar en contacto directo con ellos. Otras fueron llamadas según si eran rebeldes o aliados, y no hay razón para dudar de que algunas quedaran inmersas dentro de grupos más grandes o más conocidos. La tarea de devolverles, al menos, sus identidades (sino sus voces) requiere de estudios más profundos de las fuentes, y nuevas líneas de interpretación.
Visión Antijesuita La visión antijesuita trata de apoyarse en los documentos olvidados por la mirada oficial con el objetivo de poner en tela de juicio la mansedumbre jesuítica-guaraní. Es decir, de romper -desde otro aspecto- el maniqueísmo impulsado durante muchos años por la historiografía tradicional que describe a unos (los jesuitas) como los buenos o civilizados y a los otros (los indígenas) como los bárbaros guerreros/usureros/invasores/incivilizados. Dentro de la visión antijesuita, se destaca la tarea de Manuel Ricardo Trelles (1821-1893) fundador del Archivo General de la Nación (Argentina), quien realizó una tarea de recuperación y organización de los documentos de la época colonial. En su Revista de la Biblioteca Pública de Buenos Aires (Tomo II) publicada en 1880 incluye el capítulo “Una degollación de charrúas” en la que plasma un documento que narra la reacción de oficiales de Corrientes que son llamados como apoyo para luchar contra los charrúas. A través de este capítulo se vislumbra la acción autónoma de los Jesuitas quienes sorprenden a su entorno llevando a cabo esta batalla (y otras), para muchos, eludible teniendo en cuenta que los nativos para esa fecha habían declarado su rendición con el objetivo de dialogar y llegar a un acuerdo. Así pues, ampliando el corpus de fuentes para la investigación, esta perspectiva historiográfica nos ofrece un punto de vista diferente que rompe con la barbarización mítica de los infieles y pone en evidencia la violencia destructiva del cristianismo profesado por los Jesuitas.