Las culturas agroalfareras en el territorio de la actual Argentina fueron un conjunto de formas locales de las civilizaciones originarias de América establecidas en el territorio que actualmente pertenece a la República Argentina, diferenciadas de las poblaciones de cultura inferior por el sedentarismo y por el desarrollo de la agricultura y la alfarería.
A la llegada de los conquistadores españoles, en el siglo XVI, la mayoría de la superficie de la actual Argentina estaba habitada por pueblos cazadores-recolectores. Pero existían también amplias zonas habitadas por sociedades de agricultores, que formaban la mayor parte de la población.
Estos pueblos de cultura neolítica habían comenzado a instalarse en la actual Argentina durante el primer milenio a. C., y en la época de la conquista habían alcanzado su máximo desarrollo autónomo, que se vería truncado por la invasión europea, con sus secuelas de transculturación, cambios en los modelos productivos y despoblación.
Paleolítico y neolítico en el actual territorio argentino
Los restos que testimonian ocupación humana más antigua datados hasta la actualidad en el actual territorio argentino corresponden a yacimientos ubicados en la Patagonia: los sitios de Los Toldos y de Piedra Museo aportaron restos datados en 12 890 ± 90 años adP y 11 560 años respectivamente. Necesariamente deben haber ocurrido ocupaciones más antiguas más al norte, pero no se han rescatado restos que lo atestigüen. Incluso la isla de Tierra del Fuego ha aportado el sitio Tres Arroyos, con 11 880 años, aunque dataciones posteriores dieron una fecha algo más moderna, de 10 600 años.Politis (2010): 66-67. Estos sitios han aportado evidencia de ocupación humana, con muy escasa información sobre sus características culturales y raciales. En cualquier caso, se trataba de poblaciones de un estadio cultural paleolítico, es decir, dedicados a la caza y recolección.Mandrini (2008): 36-44 y 55-57.
En el siglo XVI, al llegar al actual territorio argentino, los conquistadores españoles lo hallaron en su mayor parte habitado por grupos de cazadores recolectores, con muy baja densidad de población. Pero existían también, en el noroeste, el oeste, el centro y el noreste del país, amplias regiones habitadas por agricultores, que representaban numéricamente la mayor parte de la población del territorio.Mandrini (2008): 188-204.
La agricultura se desarrolló en América del Norte, al parecer independientemente de su desarrollo anterior en Asia, y se expandió tempranamente hacia América del Sur. Los pimientos, habas, zapallos y el maíz se desarrollaron primeramente en el sur de Norteamérica antes de pasar a Sudamérica; mientras que el cultivo del algodón –un curioso caso de desarrollo paralelo con el algodón asiático–, la papa y la mandioca se desarrollaron primeramente en Sudamérica. Otro caso problemático es la batata, que se desarrolló tanto en América del Sur como en la Polinesia; esta y algunas otras coincidencias han hecho pensar en contactos a través del Océano Pacífico, que habría permitido el traspaso de tecnologías y especies vegetales. En el extremo, algunos autores han llegado a afirmar la existencia de migraciones transoceánicas de grandes proporciones, que habrían dado origen a las civilizaciones agricultoras de América.Canals Frau (1986): 107-128.
El otro componente que define una cultura neolítica es la alfarería; esta se desarrolló en América del Norte varios milenios antes del desarrollo de la agricultura, aunque algunos autores han insistido que también la alfarería habría sido importada a través de contactos transoceánicos. La alfarería ingresó a América del Sur coincidentemente con esta, ya que la cerámica no puede ser desarrollada ni conservada sino por pueblos sedentarios. Existieron en la actual Argentina algunas poblaciones no agrícolas que desarrollaron alfarería, especialmente en la región chaqueña y en la llanura pampeana, pero en casi todos los casos, se trata de poblaciones sedentarias de pescadores.
Los pueblos de cultura agroalfarera en el territorio actualmente argentino en la época de la conquista eran: los apatamas de la Puna; los omaguacas y los ocloyas de la actual provincia de Jujuy; los diaguitas, que se extendían desde el oeste de la provincia de Salta hasta el centro de la de La Rioja; los capayanes, al sur de los anteriores; los huarpes, en las provincias de Cuyo; los tonocotés en el centro de Santiago del Estero; los sanavirones, al sur de los anteriores; los comechingones, a ambos lados de las sierras de Córdoba; los guaraníes, en las costas del río Paraná desde la actual Misiones hasta el sur de Corrientes, con grupos aislados ubicados mucho más al sur, en el delta del Paraná; y varios grupos parcialmente aculturados por los guaraníes en las márgenes del Paraná, de los cuales el más conocido es el de los timbúes.
La casi totalidad de los pueblos agricultores fueron rápidamente sometidos a la dependencia política, económica, social y cultural de los conquistadores, y ya desde fines del siglo XVI, el desarrollo de las poblaciones indígenas agricultoras estuvo ligado a la historia económica y política de la sociedad colonial. Los conquistadores españoles dependían económicamente de la mano de obra indígena para la provisión de alimentos. Las regiones donde la población indígena no había desarrollado la agricultura quedaron casi completamente despobladas de europeos, con excepción de una cadena discontinua de puertos que abastecían a las zonas que contaban con mano de obra indígena. Por su parte, los escasos grupos de indígenas agricultores que lograron mantenerse libres de la dependencia de los blancos fueron vencidos y sometidos a mediados del siglo XVII. Desde entonces, solo unos pocos grupos de mapuches y ava guaraníes desarrollaron una agricultura marginal en el extremo noreste y el sudoeste del territorio; estos dos grupos, por otro lado, se establecieron en el actual territorio argentino con posterioridad al comienzo de la conquista española.
Migraciones e influencia cultural
Racialmente, la población de la actual Argentina presentaba una gran variedad: de acuerdo a los distintos autores, existían en su territorio entre cuatro y siete razas o tipos raciales. Todos los pueblos de las culturas superiores pertenecían al grupo andino, caracterizado por su baja estatura, gran desarrollo del torso respecto a las extremidades y cráneo braquicéfalo. Los guaraníes pertenecían a un segundo grupo, los amazónidos, con estaturas medias, equilibradas proporciones entre el torso y los miembros, y cráneos braquicéfalos; un tercer grupo, los patagónidos o pámpidos caracterizados por sus elevadas estaturas, poblaban las llanuras del Chaco y la Pampa, y la Patagonia. En el extremo este y el extremo sur del país habitaban pueblos de los tipos raciales láguidos y fuéguidos, de baja estatura y complexión pequeña. Al sur y al este de los pueblos andinos, en Cuyo, Córdoba y Tucumán, estaban los huárpidos, grupo formado por los huarpes, los comechingones y los lule-vilelas, grupos con características intermedias entre los pueblos andinos y pampeanos. Los dos primeros presentaban algunas particularidades: los huarpes eran delgados y muy altos, mientras que los comechingones eran uno de los pocos pueblos americanos cuyos varones presentaban barba.Ibarra Grasso (1989): 94-103 y 143-153.
La historia de las migraciones humanas en el Cono Sur resulta compleja de evaluar, dado que se han analizado un escaso número de restos óseos, insuficientes para clasificar los tipos raciales sin caer dentro de la variabilidad propia de cada uno.Una raza, y mucho más aún un tipo racial, no es un conjunto de personas homogéneas, sino un grupo de personas que, como promedio de sus miembros, reúne ciertas características que lo distinguen de otros grupos raciales; cada individuo en particular presenta desviaciones mayores o menores respecto del promedio. Por esa razón no es suficiente el análisis de unos pocos individuos para clasificar a la totalidad de la población, tanto para personas vivas como para restos óseos. Véase En cambio, se pueden evaluar con mayor certeza los testimonios de los primeros colonizadores españoles, que –aunque no estaban preocupados por criterios científicos– anotaron distintas características de la población.
En cambio, las influencias culturales son más fáciles de rastrear: además de los testimonios de los cronistas de la Conquista, los estilos cerámicos y pictóricos, las técnicas de trabajo de la piedra, la ubicación y forma de las viviendas, los cultivos, las técnicas textiles y otros elementos tecnológicos son fácilmente identificables en cada traslado de una ubicación a otra. De todos modos, la aparición en una región de características culturales importadas desde otra vecina o distante no demuestra necesariamente traslado de poblaciones completas, sino solamente una adopción de las técnicas. Simétricamente, muchas veces los grupos humanos que se trasladaban de un lugar a otro con características ecológicas distintas adquirían rápidamente técnicas y estrategias que habían probado ser exitosas en el lugar de arribada.Raffino (2007): 43-45 y 55-57.
Por otro lado, en muchas ocasiones eran solamente los guerreros quienes invadían territorio de otra comunidad, destruían a sus dirigentes y defensores y se apoderaban de las mujeres, niños y hombres no guerreros. De este modo se generaba una nueva sociedad mixta, con algunas características propias de los invasores y otras de los invadidos. En general, la lengua de los invasores se imponía sobre la de los invadidos.•
Período formativo
El período formativo de las culturas de la región andina y sus inmediaciones en la Argentina corresponde aproximadamente al llamado Horizonte Temprano del conjunto de las civilizaciones andinas. Se extiende desde la aparición de los primeros indicios de agricultura hasta comienzos del primer milenio.
Ansilta
El primer pueblo que practicó la agricultura en la actual Argentina fue el que desarrolló la cultura de Ansilta, en el pedemonte de la cordillera de los Andes en Cuyo. Esta se originó a raíz de la llegada de un pueblo inmigrado desde el norte grande de Chile –a donde quizá hubieran arribado poco antes desde la costa del Perú– que se estableció hacia el año 2000 a. C. en las cuencas superiores de los ríos Jáchal, San Juan y Mendoza. Tras desplazar a la llamada cultura de Los Morrillos –formada por cazadores nómades– desarrollaron una estrategia de subsistencia basada en la caza junto a las escasas corrientes de agua, donde los animales se veían obligados a proveerse de agua. Establecidos en refugios rocosos típicos de pueblos cazadores, la concentración de los recursos de caza les permitió asentarse de forma permanente en lugares precisos, lo que a su vez les permitió desarrollar la agricultura.
Las pruebas más antiguas del desarrollo de la agricultura datan del siglo IX a. C.; todavía no se ha establecido si la agricultura ya se había desarrollado sin dejar rastros identificables hasta el presente, o fue llevada por una segunda oleada inmigratoria. En todo caso, las demás características propias de la cultura de Ansilta permanecieron muy estables hasta el comienzo de nuestra era; y la propia agricultura no logró superar un nivel de desarrollo mínimo, que resultaba marginal como aporte a la dieta de las poblaciones. En un principio cultivaban quinoa, zapallo y porotos, a los que siglos más tarde le sumaron el maíz. A lo largo del primer milenio a. C. también incorporaron la alfarería y el tejido; la primera era de un estilo rudimentario, de paredes gruesas, color uniformemente rojo y escasamente decorada. No tejían en telar, sino con bastidores simples, entrecruzando los hilos a mano.
La cultura de Ansilta se desarrolló desde el 1800 a. C. hasta 500 d. C.