La guerra de los Nueve Años, también llamada guerra de la Liga de Augsburgo, guerra de la Gran Alianza o guerra del Palatinado, fue una guerra entre potencias europeas entre 1688 y 1697, que enfrentó a Francia contra la Liga de Augsburgo, la cual sería conocida en 1689, con el ingreso de Inglaterra, con el nombre de Gran Alianza. El conflicto finalizó con la firma del Tratado de Rijswijk. Si bien la guerra se libró en gran medida en Europa, los combates se extendieron hasta posesiones coloniales en América, India, y África occidental. Conflictos militares relacionados incluyen la Guerra Guillermita en Irlanda, así como la Guerra del rey Guillermo en América del Norte, como se conoce al teatro de operaciones americano, que enfrentó a Inglaterra y Francia por el dominio de las colonias de dicho continente. La guerra se libró para intentar frenar la expansión francesa en el Rin. Por otro lado, la Inglaterra de Guillermo III participó para evitar el apoyo francés a una posible restauración de Jacobo II en el trono inglés, del que había sido derrocado en la Revolución Gloriosa.

Luis XIV de Francia emergió de la guerra franco-neerlandesa en 1678 como el monarca más poderoso de Europa. Mediante una combinación de agresión, anexiones y medios cuasi legales, se dedicó a ampliar sus conquistas para fortalecer las fronteras de Francia, lo que culminó en la Guerra de las Reuniones de 1683 a 1684. La Tregua de Ratisbona garantizó estas nuevas fronteras durante dos décadas, pero preocupaciones entre los estados protestantes europeos sobre la expansión francesa y sus políticas antiprotestantes llevaron a la creación de la Gran Alianza, liderada por Guillermo de Orange.

En septiembre de 1688, Luis XIV lideró un ejército a través del Rin para apoderarse de territorios adicionales del otro lado. Esta medida fue planeada para extender su influencia y presionar al Sacro Imperio Romano Germánico a que aceptara sus reclamos territoriales y dinásticos. Sin embargo, Leopoldo I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y príncipes alemanes apoyaron a los neerlandeses en su oposición a los objetivos franceses, mientras que la Revolución Gloriosa de noviembre de 1688 aseguró recursos ingleses y el apoyo a la Alianza. Durante los años siguientes, los combates se centraron en los Países Bajos Españoles, Renania, el Ducado de Saboya y Cataluña. Aunque los enfrentamientos favorecieron en general a los ejércitos de Luis, ninguno de los dos bandos logró obtener una ventaja significativa y, para 1696, los principales beligerantes estaban agotados económicamente, de manera que estaban ansiosos de negociar un acuerdo.

Según los términos de la Paz de Rijswijk de 1697, el control francés sobre la totalidad de Alsacia fue reconocido oficialmente, pero Lorena y las ganancias en la orilla derecha del Rin fueron renunciadas y restituidas a sus gobernantes. Luis XIV también reconoció a Guillermo III como el legítimo rey de Inglaterra, mientras que los neerlandeses adquirieron fortalezas de barrera en los Países Bajos Españoles para ayudar a asegurar sus fronteras y se les concedió un tratado comercial favorable. Sin embargo, ambos bandos veían la paz como solo una pausa en las hostilidades, ya que no resolvía la cuestión de quién sucedería al enfermo y sin hijos Carlos II de España como gobernante del Imperio español, una cuestión que había dominado la política europea durante más de tres décadas. Esto desembocaría en la Guerra de sucesión española en 1701.

Orígenes En los años posteriores a la guerra franco-neerlandesa (1672-1678), Luis XIV, ahora en el apogeo de su poder, trataba de imponer la unidad religiosa en Francia y consolidar y expandir sus fronteras. Ya había ganado gloria personal al conquistar nuevos territorios, pero ya no estaba dispuesto a seguir una política militarista sin límites definidos como la que había emprendido en 1672. En cambio, decidió apoyarse en la clara superioridad militar de Francia para lograr objetivos estratégicos específicos a lo largo de sus fronteras. Proclamado como el «Rey Sol», un Luis más maduro, consciente de que no había logrado resultados decisivos contra los neerlandeses, había pasado de la conquista a la seguridad por medio de amenazas, en lugar de la guerra abierta, para intimidar a sus vecinos y lograr su sumisión.

Luis XIV, junto con su principal asesor militar, Louvois, su ministro de Asuntos Exteriores, Colbert de Croissy, y su experto técnico, Vauban, desarrollaron la estrategia defensiva de Francia. Vauban había abogado por un sistema de fortalezas inexpugnables a lo largo de la frontera (la Frontière de fer) para mantener alejados a los enemigos de Francia. Sin embargo, para construir un sistema adecuado, el rey necesitaba adquirir más tierras de sus vecinos para formar una sólida línea de avanzada. Tal racionalización de la frontera la haría mucho más defendible y la definiría con mayor claridad en un sentido político, pero también creaba la paradoja de que, si bien los objetivos finales de Luis eran defensivos, los persiguió por medios ofensivos. Se apoderó del territorio necesario en las Reuniones, una estrategia que combinaba legalismo, arrogancia y agresión.

Con la Guerra de las Reuniones, Francia se apropió de territorios de las fronteras de la actual Alemania y las anexiones establecieron el poder francés en Italia. Sin embargo, al intentar construir su frontera inexpugnable, Luis XIV alarmó tanto a los demás estados europeos que se hizo inevitable una guerra general, que había tratado de evitar. Sus fortalezas no solo cubrían sus fronteras, sino que también proyectaban el poder francés. Sólo dos estadistas podían esperar oponerse a Luis XIV. Uno era Guillermo de Orange, el estatúder de las Provincias Unidas de los Países Bajos, el líder natural de la oposición protestante, y el otro era el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Leopoldo I, el líder de las fuerzas antifrancesas y la Europa católica. Ambos querían actuar, pero una oposición efectiva en 1681 y 1682 estaba fuera de cuestión ya que los burgueses (Vroedschap) de Ámsterdam no querían más conflictos con Francia, y ambos eran plenamente conscientes de las debilidades actuales de España y del imperio, cuyos importantes príncipes alemanes de Maguncia, Tréveris, Colonia, Sajonia, Baviera y (significativamente) Federico Guillermo I de Brandeburgo seguían estando a sueldo de Francia.

Con la Tregua de Ratisbona, de 1684, que puso fin a la Guerra de las Reuniones, Francia había estado en condiciones de imponer su voluntad en Europa; sin embargo, después de 1685, su posición militar y diplomática dominante comenzó a deteriorarse. Uno de los principales factores de la disminución fue la revocación del Edicto de Nantes por parte de Luis XIV, que provocó la dispersión de la comunidad protestante de Francia. Hasta 200 000 hugonotes huyeron a Inglaterra, la República neerlandesa, Suiza y Alemania, y difundieron historias de brutalidad a manos de Luis.Las críticas al régimen de Luis XIV se extendieron por toda Europa. La tregua de Ratisbona, seguida de la revocación del Edicto de Nantes, provocó sospechas sobre las verdaderas intenciones de Luis. Muchos también temieron los supuestos planes del rey de una monarquía universal, con la unión de las coronas española y alemana con la de Francia. En respuesta, tras la guerra de los Treinta Años, la cual había devastado gran parte del sur de la actual Alemania, representantes del emperador Leopoldo I, varios príncipes del sur de Alemania (incluyendo a los del Palatinado, Baviera y Brandeburgo), España (motivada por el ataque francés de 1683 y la tregua impuesta de 1684) y Suecia (en su calidad de príncipes del Imperio) se reunieron en Augsburgo para formar una liga defensiva del Rin en julio de 1686, la llamada Liga de Augsburgo. El papa Inocencio XI, en parte debido a su enojo por el fracaso de Luis en emprender una cruzada contra los turcos, les dio su apoyo secreto.

La Liga de Augsburgo tenía poco poder militar: el Imperio y sus aliados, la Liga Santa, todavía estaban ocupados luchando contra los turcos otomanos en Hungría. Muchos de los pequeños príncipes se mostraban reacios a actuar por temor a represalias francesas. Sin embargo, Luis XIV observaba con aprensión los avances de Leopoldo I contra los otomanos. Las victorias de los Habsburgo a lo largo del Danubio en Buda en septiembre de 1686Lord Kinross, The Ottoman Centuries: The Rise and Fall of the Turkish Empire (Morrow Quill Paperbacks: New York, 1977) p. 350. y Mohács un año después,Lord Kinross, The Wars of Louis XIV: 1667–1714, p. 350. habían convencido a los franceses de que el Emperador, en alianza con España y Guillermo de Orange, pronto centraría su atención en Francia y recuperaría lo que había sido recientemente ganado por la intimidación militar de Luis. En respuesta, Luis XIV trató de garantizar sus ganancias territoriales de las Reuniones obligando a sus vecinos alemanes a convertir la Tregua de Ratisbona en un acuerdo permanente. Sin embargo, un ultimátum francés emitido en 1687 no logró obtener las garantías deseadas del Emperador, cuyas victorias en el este hicieron que los alemanes estuvieran menos ansiosos por llegar a acuerdos en el oeste. A la vez, Guillermo de Orange se estaba convirtiendo rápidamente en el líder de una coalición de estados protestantes, ansiosos por unirse al Emperador y a España y poner fin a la hegemonía de Francia.

La alianza se amplió con la incorporación de Portugal, España, Suecia y las Provincias Unidas de los Países Bajos. Aunque el origen de la Liga era proteger la región del Rin de una expansión francesa, su fin último era formar una coalición ofensiva contra Francia, la cual era la mayor potencia europea del momento, y contra las reclamaciones territoriales que hacía el monarca francés Luis XIV en nombre de su cuñada Isabel, duquesa de Orleans.

Francia esperaba que la Inglaterra de Jacobo II se mantuviera neutral en virtud de los tratados que unían ambos países, como el de Dover. Pero tras la deposición en el trono inglés de Jacobo y la subida como monarca del cuñado de este Guillermo de Orange, el enemigo acérrimo de Luis XIV (al cual se enfrentó en la guerra franco-neerlandesa), Inglaterra declaró la guerra a Francia en mayo de 1689, uniéndose así a la Liga, la cual pasó a llamarse Gran Alianza. Guillermo de Orange

Primeras campañas La guerra comenzó con la invasión por parte de los franceses del Palatinado en 1688. Dicha invasión era el resultado de las reclamaciones territoriales hechas por Luis XIV en el nombre de la duquesa de Orleans, su cuñada. El ataque produjo la unión de los príncipes alemanes con el emperador, el cual, sin embargo, todavía estaba envuelto en una guerra con el Imperio otomano.

Siguiendo su política agresiva contra los territorios germanos, Luis XIV mandó sus ejércitos a aquel país en 1688. Algunos de sus destacamentos de incursión saquearon el país, llegando muy al sur hasta Augsburgo. La Alianza reaccionó al completo, quedando conformada finalmente tras el Tratado de Viena de mayo de 1689.

En el ejército francés se había concluido la reforma de Louvois, quien reestructuró toda la fuerza militar francesa, haciendo de ella no solo la mejor y más preparada, sino también la más numerosa. De hecho, en 1688 Luis XIV tenía disponible —para ver realizados sus deseos expansionistas— no menos de 375 000 soldados y 60 000 marineros. La infantería estaba uniformada e instruida, y usaban bayonetas, que ya comenzaban a usarse. La única pieza de armamento antiguo era la pica, que había sido ya descartada por las tropas del Imperio en su guerra contra los turcos otomanos.