miniatura|250px|Los alumnos del Colegio Independencia Americana toman el local del Colegio el día lunes 12 de junio de 1950

La huelga de estudiantes del Colegio de la Independencia Americana o revolución del 50 es el nombre con el que se conoce al enfrentamiento entre el alumnado del Colegio Nacional de la Independencia Americana y las fuerzas del orden (policía y ejército), sucedido entre el 12 y el 15 de junio de 1950 en la ciudad de Arequipa, en el sur del Perú. Una huelga estudiantil, que pretendía hacer reclamos al director del colegio, se convirtió en una rebelión civil que se propagó por toda la ciudad, en contra de la dictadura del general Manuel A. Odría (que en ese momento estaba representado por su partidario, el general Zenón Noriega). El detonante fue el intento de la policía en desalojar del plantel a los alumnos a la fuerza por orden del prefecto de Arequipa Daniel Meza Cuadra, un coronel subordinado a la dictadura, quien dio la orden de disparar. El alumnado, principalmente de quinto, cuarto y tercero de secundaria opusieron feroz resistencia únicamente con ladrillos, y ante la negativa de abandonar el colegio, se tuvo que ordenar a las tropas del ejército a tomar el colegio por asalto, desencadenando una batalla que causó en un inicio un muerto, luego de lo cual, la rebelión se trasladó a las calles y la plaza de armas de la ciudad, donde se levantaron barricadas para enfrentar al ejército. La solidaridad del pueblo arequipeño fue multitudinaria, debido a su indignación contra las fuerzas del orden por el abuso cometido contra los escolares del histórico y emblemático colegio de Arequipa. Ese fue el origen de la rebelión de Arequipa de 1950 contra la dictadura del general Odría y que fue sangrientamente sofocada por las fuerzas del orden, en vísperas de las elecciones generales, que resultaron ser una farsa montada para mantener a dicho gobernante en el poder por seis años más, gobierno que en conjunto ha sido denominado el Ochenio de Manuel Odría.

Lunes 12 de junio La huelga El lunes 12 de junio de 1950 empezó en Arequipa una de las jornadas cívicas más importantes de su agitada vida republicana. Los estudiantes del Colegio Nacional de la Independencia Americana se habían declarado en huelga, reclamando contra el director del plantel Juan Zela Koort, por las injusticias que se estaban dando en el interior del colegio.

La población a las ocho de la mañana del lunes 12, fue sacudida por la alarma de la detonación de unos petardos de dinamita que fueron prendidos por el alumno Rómulo Gonzales. Después de que el brigadier general del colegio dijera: ¡Viva el Perú!, al terminar de cantar el Himno Nacional, comenzó el grito de ¡Huelga!, ¡Huelga!... Frente a estos acontecimientos, las clases no pudieron dictarse normalmente, pues los alumnos, luego del violento anuncio, se declararon en huelga estudiantil, exigiendo varias reclamaciones en un pliego de reclamos que entregaron al director.

El pliego de reclamos Declarado el estado de huelga por los alumnos del colegio, comisiones de estudiantes, previa entrega del Pliego de Reclamaciones, obligaron a salir del colegio al director y a los profesores que tenían que dictar clases ese día. Los alumnos se dispusieron a tomar posesión del colegio y a resguardarlo hasta el momento que concluyese la huelga estudiantil declarada. Entre las reclamaciones presentadas por los alumnos, se conocen las siguientes:

Martes 13 de junio Las conversaciones El prefecto de Arequipa, Daniel Meza Cuadra, comunicó que si los alumnos no deponían su actitud por las buenas habría que sacarlos utilizando la fuerza pública. Ese día, el colegio fue rodeado por piquetes de caballería. Horas antes se produjo el primer choque con la policía: los alumnos que salieron la noche anterior, al volver al colegio se encontraron con los piquetes de caballería que se interponían en el acceso al colegio. De pronto estalló, sin que nadie lo previera, una bulliciosa carga contra la caballería, agitando latas, lanzado piedras y gritando “como salvajes”, según anotó un testigo del incidente. Y la sorpresa tuvo efecto. Los caballos se encabritaron y desbocaron ante el inusitado ataque; dieron la vuelta y chocaron contra el piquete que bloqueaba la avenida IV Centenario (hoy Independencia). No pocos policías fueron lanzados al suelo, cuando el jefe del piquete logró controlar a sus hombres. Entonces, un gran número de estudiantes había logrado ingresar al plantel por una estrecha puerta del lado norte.

El prefecto coronel Daniel Meza Cuadra fue al colegio y entró a conversar con los alumnos, los cuales comenzaron a dar a conocer sus quejas y reclamos, sustentados en el pliego que solicitaban en la huelga decretada, entre los cuales:

El prefecto los escuchó y luego les dijo:

Se produjo un silencio. El prefecto dijo finalmente:

El prefecto se levantó y como despedida les dijo: “…Esta es mi última palabra, Señores, ¡buenos días! Y recuerden lo conversado...”

La negativa Volvió el prefecto coronel al colegio a las dos de la tarde para avisarles que se había cumplido el plazo que les había dado para desalojar el plantel. Los alumnos le respondieron que no iban a salir por decisión tomada por el comité de huelga minutos antes de su visita. El alumno Carlos Adaui agregó firmemente que habían votado para continuar en el colegio, hasta que sus peticiones sean resueltas. Meza Cuadra replicó:

La orden de fuego y el primer ataque miniatura|300px|Alumnos resguardando uno de los portones del Colegio Exactamente a las tres y un minuto de la tarde, el alférez de la Guardia Civil José Torreblanca hizo sonar su silbato y, como si hubieran estado esperando esa señal, las ametralladoras y los fusiles emplazados en las chacras comenzaron a hacer fuego. La gente del alférez se desplegó como un abanico por el tramo de tierra desde la última cuadra de la calle 2 de Mayo y se dirigió resueltamente con las varas en una mano y la pistola en la otra, hacia la única puerta que existía en esa área y que, lamentablemente no había sido reforzada adecuadamente, porque por allí entraba y salía la familia del portero Narciso Salas, una lluvia de mitades de ladrillo atajó en la mitad de la calle la primera ola de policías. Varios guardias sufrieron lesiones en el cuerpo, en los brazos cuando se agolparon ante la puerta y fueron blanco fácil de los proyectiles que eran disparados desde arriba por los alumnos. Entonces, los guardias corrieron de regreso a sus posiciones originales en medio de las risas de los alumnos.

El segundo ataque El segundo ataque se desarrolló con mayores precauciones. El Alférez Torreblanca agrupó a sus hombres y les ordenó que se lanzaran todos a la vez contra el cerco de calaminas y madera. Así lo hicieron y el cerco cayó en toda su extensión. Pero allí se encontraron con la línea defensiva de los alfeñiques (apodo de los estudiantes del colegio). Una lluvia de ladrillazos los recibió en cuanto tiraron abajo el cerco de calamina. Torreblanca dijo posteriormente que sus hombres tenían órdenes de no disparar y que, sobre todo, tenían balas de fogueo en sus armas.

El enfrentamiento siguió. Varios guardias quedaron sangrantes, maltrechos y golpeados. En el tópico estaban como cinco o seis chicos lesionados, curándose en las bancas del pasadizo.

El camión militar y la muerte de Narciso Callata

Un camión militar fue empleado para ingresar al colegio, seguido por los policías. Fue entonces cuando empezó la tragedia. Se acabó el silencio que enmarcaba el avance policial y una lluvia de ladrillos y maldiciones se precipitó desde lo alto de los dos pabellones del colegio. Varios policías, el oficial entre ellos, apuntaron sus armas hacia arriba e hicieron fuego. El obrero Narciso Callata estaba de observador y una bala lo alcanzó en el centro del pecho. Estaba con las manos en los bolsillos del manchado pantalón de trabajo viendo como el camión militar arremetía contra la puerta que él había contribuido a construir, cayendo al suelo de espaldas sin pronunciar grito alguno.

El trabajador estaba con los ojos abiertos. “¡Lo han matado!, ¡está muerto!”, dijo Jaramillo. Luego de unos diez minutos, el camión comenzó a retroceder, mientras le caía un alud de ladrillazos. El obrero Narciso Callata estaba muerto, sin haber tenido nada que ver nada con la huelga.

La marcha Los alumnos llevaron el cadáver de Callata atado con una soga a una escalera de construcción convertida en improvisada camilla. A las 3 y 50 de esa tarde, un corneta de la banda dio un toque de silencio, mientras que se izaba la bandera a media asta y con un crespón negro en señal de duelo. Había también varios alumnos heridos. Los alumnos Bernadino Trelles y José Luis Vera fueron heridos de bala; los alumnos al ver que ya no estaba el auto del prefecto y tampoco el jeep de los militares, comenzaron a sacar a los heridos para que fueran atendidos, y al no haber camillas se utilizaron las escaleras de la construcción. Abrió la marcha silenciosa el cadáver del obrero, luego seguían los heridos, por la calle 15 de Agosto, Jorge Chávez, Víctor Lira, donde antiguamente estaba el Asilo Lira (hoy Complejo Habitacional Nicolás de Piérola), Alto de la Luna, Perú y voltear por la plazoleta del mercado San Camilo.

En la esquina de la plazoleta con Piérola, había una botica que se llamaba La Merced, de propiedad del doctor Oscar Álvarez Bisbal, profesor de química del colegio, quien se ofreció a atender a los heridos en su botica, cuando pasó por allí la procesión.

La procesión siguió por Piérola hasta Santo Domingo, luego la Plaza de Armas hasta la calle San Agustín. Frente a la Universidad de San Agustín, en cuya puerta un numeroso grupo de universitarios vio la procesión y comenzó a protestar y a gritar varias veces: “¡Asesinos!”

El desfile dramático continuó por la calle San Agustín y dobló a la derecha por la calle Bolívar, llegando a la Sanidad de la Policía, situada frente al cuartel de la Compañía de Bomberos de Arequipa N.º1. Allí no quisieron atender a los heridos por temor a comprometerse, sobre todo cuando observaron el cadáver del obrero Callata. El teniente de bomberos Nazry Salomón, que había escuchado el llamado de las campanas de la catedral a rebato, ofreció su automóvil para llevar a los alumnos heridos al hospital. Parte de los heridos fueron llevados en el auto de Salomón y a los demás en la ambulancia de la asistencia pública. El cadáver de Callata fue llevado a la universidad donde lo pusieron en una mesa y encendieron velas a las 5 y 30 de la tarde.

La indignación y la respuesta El pueblo de Arequipa, en todo este lapso de tiempo que duró la procesión, se agrupó en la Plaza de Armas y en distintos puntos de la ciudad. Los pobladores gritaban: “¡Asesinos!, ¡Asesinos!, ¡Abajo la dictadura!, ¡Muerte a Meza Cuadra!”. En el Hospital Goyeneche finalmente fueron atendidos los alumnos junto con algunos civiles y policías que también resultaron heridos.

Los trabajadores del mercado San Camilo se conmovieron de tal atrocidad generada por el prefecto Meza Cuadra, en dar la orden de atacar a los estudiantes, e inmediatamente se promovió un movimiento de solidaridad. A las seis de la tarde, apareció frente al colegio Independencia una comitiva de trabajadores del mercado, que se dirigieron a los estudiantes con estas palabras: