El golpe de Estado de julio de 1936 contra el gobierno de la República Española, que dio comienzo a la Guerra Civil, logró triunfar en Granada y hacerse con el control de la ciudad.

El día 20 de julio a las cinco de la tarde la guarnición de Granada se sublevó contra el Gobierno. El día 17 los golpistas del Ejército de África se habían apoderado del protectorado español de Marruecos, y el día 18 los conspiradores liderados por el general Gonzalo Queipo de Llano se habían sublevado en Sevilla, y Ciriaco Cascajo también en Córdoba. El comandante militar de Granada, general Miguel Campins, fue obligado a firmar el bando de guerra, mientras las tropas y milicias derechistas lograban hacerse rápidamente con el control del centro urbano. El gobernador civil César Torres Martínez y el comandante local de la Guardia Civil, así como el alcalde de la ciudad y el presidente de la diputación, fueron detenidos. Los sublevados también lograron ocupar el aeródromo de Armilla y otros puntos estratégicos.

Los obreros y los leales a la República, a pesar de estar mal armados y desorganizados, se hicieron fuertes en el barrio del Albaicín. Los sublevados llevaron artillería y tras varios días de duros combates lograron conquistarlo. A la caída del Albaicín, toda Granada quedó bajo control de los sublevados.

Durante estos combates los sublevados detuvieron y en muchos casos ejecutaron a todo resistente o sospechoso de serlo. No se sabe cuántas personas fueron ejecutadas. Tras la conquista de Granada se puso en marcha una fuerte represión contra las izquierdas y los republicanos. Se estima que durante la contienda fueron ejecutadas 5000 personas.

Antecedentes Situación política y social Desde las elecciones de febrero de 1936 el clima político-social en Granada se había polarizado extraordinariamente. La victoria del Frente Popular y el regreso de las izquierdas a la corporación municipal no tuvo una buena acogida por los partidos conservadores. Granada era una provincia donde las fuerzas conservadoras y derechistas tenían una importante presencia. El 8 de marzo las izquierdas organizaron una gran concentración en el estadio de Los Cármenes que posteriormente recorrió la ciudad, en la que se reclamó la anulación de los resultados de las elecciones, que se creía que habían sido fraudulentas debido a las presiones y a la intervención de los caciques locales. Al día siguiente, en un masificado encuentro de trabajadores con sus familias, unos pistoleros de Falange causaron varios heridos entre algunas mujeres y niños que asistían al acto. Los sindicatos reaccionaron con la convocatoria de una huelga general para el día siguiente, 10 de marzo.

El día de la huelga el ambiente estaba muy cargado. A lo largo del día se sucedieron incidentes por toda la ciudad. A las 9:30 unos trabajadores quemaron el local de Falange, situado en el número 3 de la Cuesta del Progreso. A continuación, otros grupos prendieron fuego al Teatro Isabel la Católica, los cafés Colón y Royal, y la sede del diario conservador Ideal, cuya maquinaria fue destrozada y el local quemado hasta los cimientos. Mientras estos incidentes se producían, grupos de pistoleros derechistas dispararon desde las azoteas contra los manifestantes y los policías que estaban allí presentes. También fueron incenciados los locales del partido Acción Popular (AP) y de la Acción Obrerista de la CEDA, la fábrica de chocolates propiedad de un dirigente local de la CEDA, el Tenis Club de Granada, el convento de San Gregorio el Bajo y la Iglesia de El Salvador, que resultó prácticamente destruida. Se desconoce quiénes fueron los autores de muchos de estos incendios, aunque el historiador Ian Gibson señala la posibilidad de que entre los incendiarios hubiera algunos provocadores derechistas. Lo que sí está documentado es que la policía estuvo presente, pero no intervino para evitar estos incidentes. Los disturbios provocaron una gran conmoción entre la clase media de Granada y dejaron un sentimiento de odio y venganza entre muchos granadinos.

A consecuencia de los graves disturbios del 10 de marzo, la policía detuvo a más de trescientas personas y realizó numerosos registros domiciliarios, incautándose un gran número de armas tanto en la ciudad de Granada como en la provincia. Los incidentes se saldaron con la destitución de los gobernadores civil y militar. El comandante militar, el general Eliseo Álvarez-Arenas, había llegado a amenazar con sacar las tropas a la calle si no terminaban los disturbios. Fue sustituido por el general Llanos Medina, militar marcadamente derechista y con el cual daría comienzo la conspiración militar.

El 31 de marzo, con los votos a favor de las izquierdas y en contra de las derechas, las Cortes anularon los resultados de las elecciones de febrero en Granada y convocaron una repetición de los comicios para mayo. El Frente Popular ganó los comicios repetidos el 3 de mayo, obteniendo el acta de diputado los trece candidatos socialistas y progresistas. Las derechas no obtuvieron ningún diputado. El fracaso electoral de las derechas supuso un reforzamiento de la Falange granadina, que a nivel de toda España había quedado muy debilitada tras la ilegalización del partido y el descabezamiento de su cúpula. Muchos miembros de las juventudes de la CEDA se pasaron a Falange.

Trama golpista

Tras la victoria electoral del Frente Popular, los oficiales reaccionarios y monárquicos comenzaron la preparación de una sublevación militar. Las autoridades republicanas en Madrid ordenaron al gobernador civil de Granada, Ernesto Vega, que pusiera bajo vigilancia a varios oficiales de la guarnición granadina que eran conocidos por sus sentimientos antirrepublicanos. Pero estos se dieron cuenta de que estaban siendo vigilados, lo que quizás motivó la destitución de Vega el 25 de junio. Le sustituyó César Torres Martínez. A su llegada a Granada, Torres Martínez se encontró una situación compleja: una huelga de tranvías y otra de basureros, a los concejales izquierdistas del ayuntamiento enfrentados entre ellos, y varios problemas en algunos pueblos de la provincia. Aunque logró estabilizar la situación, en apenas 25 días que estuvo en el cargo tan solo pudo tomar contacto con la conspiración militar y civil.

En 1936 Granada era la sede de la 3.ª Brigada de Infantería y dependía militarmente de la II División Orgánica, con sede en Sevilla. La guarnición militar de Granada estaba compuesta por el Regimiento de Infantería n.º 2, al mando del coronel Basilio León Maestre, y por el Regimiento de Artillería ligera n.º 4, al mando del coronel Antonio Muñoz Jiménez. El Regimiento de Infantería disponía de unos 300 efectivos, mientras que el Regimiento de Artillería disponía de unos 180. Los regimientos disponían de pocas fuerzas debido a que los oficiales habían concedido muchos permisos de verano.

Inicialmente, la cabeza visible de la conspiración militar en Granada era el general Llanos Medina, pero el gobierno conocía sus actividades conspirativas y el 10 de julio fue destituido y trasladado. Fue sustituido por el general de brigada Miguel Campins, que tomó el mando de la guarnición el 11 de julio. Campins en principio no estuvo implicado en la conspiración militar, y esta se hizo a sus espaldas. Los coroneles León Maestre y Muñoz Jiménez estaban implicados en la conspiración y contaban con el apoyo de otros oficiales antirrepublicanos de la guarnición granadina. En la conjura también destacaron otros oficiales, como el comandante de infantería Rodríguez Bouza o el comandante José Valdés Guzmán. En el caso de Valdés, su aportación a la conspiración fue importante, ya que desde 1931 era jefe de la administración militar de la guarnición de Granada, y en 1936 ya conocía bien la situación política y militar local (a diferencia de otros cargos, que cambiaban con frecuencia de destino). Además, Valdés era miembro de Falange, «camisa vieja» y jefe de las milicias de Falange en Granada. La conspiración también se extendió a otros ámbitos fuera del Ejército.

El Cuerpo de Seguridad y Asalto estaba al mando del capitán Álvarez, y sus fuerzas disponían de unos 150-300 efectivos. Si bien las fuerzas de Asalto no estaba implicadas en la conspiración, sí lo estaba su antiguo comandante, el capitán de Asalto José Nestares Cuéllar. La Guardia Civil disponía en la ciudad de Granada de unos 40 efectivos. El comandante de la comandancia de la Guardia Civil en Granada, el teniente coronel Fernando Vidal Pagán, era fiel a la República; no era el caso del teniente Mariano Pelayo, que conspiraba contra él y que tendría un importante papel en la sublevación. La Falange granadina también tuvo un papel importante en la conspiración; no se sabe con certeza de cuántos efectivos disponía, pero seguramente no superaban los 400. En la conspiración también se hallaban implicados —aunque con un papel menor— varios políticos derechistas que no habían sido elegidos en las elecciones de mayo.

Los días previos El 17 de julio, por la tarde, la guarnición militar de Melilla se sublevó inesperadamente. Tras Melilla, siguieron las demás plazas del protectorado de Marruecos, y después —al día siguiente— se produjo el levantamiento de la guarnición de las Islas Canarias, al mando del general Francisco Franco.

El 18 de julio, Granada se encontraba en un ambiente de tensa espera; el gobernador militar, el general Campins, condenó la sublevación de Marruecos, mientras las organizaciones del Frente Popular se manifestaron durante todo el día. Campins mantuvo en el Gobierno Civil una reunión con las autoridades republicanas locales, manifestándoles que tenía una confianza plena en los oficiales bajo su mando y que estos eran republicanos leales. Sin embargo, esta actitud de Campins contrastaba con el telegrama que ese mismo día había enviado al general Franco, donde le comunicaba que se ponía a sus órdenes.

Ese día la sublevación se extendió a la península ibérica. A las dos de la tarde una parte de la guarnición de Sevilla se sublevó contra el Gobierno. El general Queipo de Llano arrestó a los mandos de la II División Orgánica y se hizo con el control de la misma. Aunque encontró una fuerte resistencia popular en varios puntos de la ciudad, Queipo de Llano logró dominar el centro urbano y el aeródromo de Tablada. Unas horas después, en la ciudad de Córdoba el coronel Ciriaco Cascajo —siguiendo las instrucciones de Queipo de Llano— a las cinco de la tarde sublevó al regimiento de artillería y proclamó el estado de guerra, logrando dominar la ciudad.