miniatura|derecha|250px|Trazado esquemático de algunas vías romeas descritas en crónicas medievales.Leyenda: Se conoce como vías romeas a las rutas medievales que eran utilizadas habitualmente por los peregrinos (romeros) que se dirigían a Roma. Estas rutas eran principalmente itinerarios de larga distancia formados por la unión de diversos caminos regionales. Tenían en común que cruzaban los Alpes por alguno de sus pasos y posteriormente conectaban con la vía Francígena, bien a su inicio en Vercelli o en diversos puntos de su recorrido hasta la Ciudad de San Pedro. Por otro lado, a estos itinerarios se unían pequeñas rutas que permitían el acceso a ellos desde un amplio abanico de zonas europeas. La descripción de estos itinerarios que ha llegado a nosotros se debe a crónicas de viajes de ida o vuelta a Roma que realizaron diversos personajes, tanto religiosos como laicos.
La peregrinación a Roma fue, desde tiempos altomedievales y hasta el surgimiento de la reforma protestante, un elemento común de la cristiandad europea. Su popularidad varió con el tiempo en función de factores como la preferencia de los peregrinos por los otros dos grandes destinos —Jerusalén y Santiago de Compostela—, de la situación política de los territorios que atravesaban los caminos, de la actitud del papado y su promoción del peregrinaje, así como de la postura que las nuevas iglesias reformadas adoptaron ante el culto a los santos y las reliquias.
El actual éxito en la recuperación de los Caminos de Santiago y su gran uso han llevado a que asociaciones y administraciones recuperen alguno de estos itinerarios medievales mediante su señalización, la edición de mapas y guías, así como la adecuación de la infraestructura de alojamiento.
El principal camino —la citada vía Francígena— fue una ruta en el interior de la península itálica que desarrollaron los lombardos en el con el fin de mejorar la comunicación entre sus territorios de la llanura Padana y el área cercana a Roma. Este camino ha experimentado en los últimos años una notable puesta al día de su infraestructura, y su nombre actualmente designa un largo itinerario de unos 2000 km entre Canterbury y Roma, un itinerario que fue descrito en el año 990 por el arzobispo de la primera ciudad con motivo de su viaje a la ciudad papal para recibir el pallium de manos del papa.
Las peregrinaciones medievales
Surgimiento 200px|miniaturadeimagen|derecha|Los movimientos eremitas han sido considerados como las más antiguas manifestaciones del espíritu de la peregrinación. El origen del vocablo «peregrino» viene de la contracción de las palabras latinas «per» —a través— y «ager» —tierra, campo—. De esta unión surgieron tanto el adjetivo «pereger» —viajero— como el adverbio «peregre» —en el extranjero—. De dicho adverbio derivaron posteriormente los sustantivos «peregrinus» —extranjero— y «peregrinatio» —viaje al exterior— que acabaron dando lugar a los actuales «peregrino» en español, «pèlerin» en francés, «pilgrim» en inglés o «Pilger» en alemán.
El peregrino era el viajero que caminaba lejos, en una especie de «exilio», cuyas más antiguas manifestaciones se han visto en los movimientos eremitas surgidos en los siglos y y que se comparan con la retirada de Jesucristo al desierto previa al inicio de su vida pública. Ya en Plena Edad Media, la peregrinación se asoció al ideal de «pobreza» extendido entre la mentalidad cristiana y que simbolizaba la frase «Nudus nudum Christum sequere» (desnudo, seguir a Cristo desnudo), lo que se asimiló al abandono de todo para dirigirse a Tierra Santa y estar en los lugares donde Él estuvo. Con la aparición del concepto teológico de purgatorio, a este ideal se unió otro menos desinteresado debido a la difusión de las denominadas indulgencias, que inicialmente pretendían fomentar las cruzadas a Tierra Santa y que se fueron multiplicando hasta culminar en el año 1300 con la proclamación por Bonifacio VIII del primer jubileo romano, mediante el cual si un cristiano peregrinaba a Roma durante ese periodo, se beneficiaba de una «indulgencia plenaria».
El peregrino fue un elemento habitual en la sociedad de la Edad Media, tal y como eran los caballeros armados o los campesinos empobrecidos. Su figura ganó en importancia y popularidad con el tiempo y acabó recibiendo una especial protección por parte de las diferentes autoridades de la época. Gracias a esto, su número aumentó considerablemente con los años y atrajo también a un tipo de individuos con motivaciones y comportamiento alejados de lo que se esperaba de un peregrino, algo que causó su frecuente asociación con «vagos y maleantes» durante las décadas finales del Medievo.
Motivos habituales de peregrinación
Los motivos que llevaban a las personas a dejar su casa y su vida normal, para emprender el arduo viaje que significaba una peregrinación, eran diversos:
La fe era el motivo paradigmático que hacía que, para vivir mejor la religión, algunos cristianos lo abandonasen todo para marcharse a un largo viaje.
La promesa o «voto de peregrinación» era otro motivo que se concebía como una especie de contrato entre el cristiano y el Cielo o un santo en particular, mediante el cual, como agradecimiento a un suceso determinado —curación, nacimiento de hijos, retorno de algún ser querido, etc.— la persona peregrinaba a un sitio concreto, por lo general un santuario del santo invocado o un lugar destacado de la cristiandad.
Una variante de lo anterior era la peregrinación para acudir a un lugar específico con la esperanza de encontrar allí la curación de una enfermedad. En estos casos se solía viajar acompañado de familiares y se caminaba hacia centros locales o regionales, no hacia los grandes centros de peregrinación que eran Jerusalén, Roma o Santiago de Compostela.
La penitencia también era otra causa por la que se emprendía —en estos casos, de manera obligada— una peregrinación. En la Alta Edad Media, esta penitencia se utilizaba con personalidades destacadas para servir de ejemplo al resto de la población; posteriormente su aplicación se fue extendiendo a todas las capas sociales y llegó a emplearse para deshacerse de personas molestas u ociosas.
El culto a las reliquias estuvo detrás de un buen número de peregrinaciones —principalmente a Tierra Santa—, cuyo objetivo principal consistía en conseguir alguna reliquia, tal como restos de algún santo, mártir o trozos de la verdadera cruz.
Factores políticos fomentaron igualmente la peregrinación a lugares específicos en los que se promocionaba a determinados santos como patronos nacionales: Santiago el Mayor en España, san Denis en Francia, san Miguel en Italia e Inglaterra o los Reyes Magos en el Sacro Imperio Romano Germánico.
La curiosidad y el afán de aventura fueron asimismo un motivo extendido por el cual se emprendían peregrinaciones, que se aprovechaban para visitar lugares desconocidos, conocer a gente extraña, probar fortuna o meramente alejarse del lugar de residencia.
También existió un tipo profesional de peregrino, los denominados «peregrinos por procuración», quienes emprendían el viaje a cambio de un salario y por cuenta de otra persona que era quien había hecho el voto personal. Este tipo de servicio fue utilizado principalmente por las capas medias y altas de la población, quienes —además de poder pagarlo— lo usaron para evitar alejarse de sus obligaciones o negocios.
Los viajes de peregrinación
Los viajes se realizaban siguiendo unas rutas que se habían ido consolidando con la costumbre y que convergían para atravesar algunos puntos específicos como pasos de montaña, puentes sobre ríos, etc. A pesar de que se suponía que la peregrinación debía hacerse a pie, era frecuente el uso de cabalgaduras durante el trayecto, a excepción de los viajeros con menos recursos. 500px|miniaturadeimagen|derecha|Bajorrelieve en la catedral de Fidenza representando a los peregrinos camino de Roma. Las diferentes autoridades medievales fueron configurando una protección jurídica especial para los peregrinos mediante una serie de normas que facilitaran su viaje y que serían las primeras manifestaciones del derecho internacional: protección de sus bienes y de su familia mientras estuvieran fuera de su lugar de residencia; paso libre por los reinos cristianos con exención de peajes y tasas similares, así como la obligación de auxilio por los señores rurales. Para evitar que otro tipo de individuos pudiesen aprovecharse de la protección que se le ofrecía a los peregrinos, fue común el portar «cartas de recomendación» obtenidas antes de partir y que acreditaban esa condición.
Con todo, el viaje de peregrinación suponía asumir un serio riesgo debido a los peligros a los que se podía enfrentar el viajero: no solo desastres naturales, enfermedades y guerras, sino también ladrones y asesinos atraídos por el posible dinero que portase el peregrino para sufragar los gastos de su viaje. En las rutas hacia Roma eran particularmente temidos los pasos alpinos por el riesgo de avalanchas, deslizamientos de tierra o torrentes de agua. No en vano, junto a los caminos de estos pasos se construyeron pequeñas capillas donde se enterrababan los cadáveres de los viajeros que fallecían. Para facilitar el cruce de las montañas, surgieron expertos locales que actuaban de guías durante la travesía, mientras que para defenderse de los ataques de bandidos, era común viajar en grupo con otros viajeros a quienes se había conocido previamente en algún alojamiento. Las autoridades en Italia intentaron mejorar la protección de los viajeros frente a los bandidos obligando a los municipios a responsabilizarse de los asaltos e imponiendo severos castigos —incluso la pena capital en la ciudad de Siena— a los asaltantes. 200px|miniaturadeimagen|derecha|Albergue en el puerto alpino del Gran San Bernardo. Fue creado alrededor de 1050 y ha continuado abierto hasta la actualidad. El alojamiento fue procurado inicialmente por monasterios que tenían en sus reglas la hospitalidad para los peregrinos. A partir del , el auge de estos viajes hizo que surgieran además otros dos tipos de establecimientos:
Hospitales , donde se ofrecía cena y cobijo para una noche y cuyo número aumentó considerablemente durante los siglos y a lo largo de las rutas que conducían a Roma. La creación de estas instituciones surgió a iniciativa de individuos particulares, de órdenes religiosas o de la Orden del Hospital. Entre estos hospitales, hubo varios que quedaron reseñados por las crónicas más antiguas, como el situado en el paso del Gran San Bernardo; el Hospital de Eric cerca Piacenza o el situado entre Lucca y Siena que había sido construido a instancia de la condesa de Toscana.
Posadas enfocadas al peregrino con más recursos económicos que, además de alojamiento y cena, proporcionaban otros servicios, como suministro de medicinas o lavandería.
Los grandes destinos de peregrinación también contaban con infraestructura para alojar a los que llegaban: en Jerusalén existía un Hospital General y en Roma se encontraban diversas Scholae que acogían a los peregrinos según su nacionalidad.
Significado de la peregrinación a Roma
Peregrinar a Tierra Santa representaba poder estar en los mismos lugares donde estuvo Jesús de Nazaret. En cambio, Roma era la ciudad donde se encontraba (hasta el descubrimiento de la tumba de Santiago el Mayor) la única sepultura conocida en Occidente de uno de los doce apóstoles: Simón Pedro, además de la del apóstol de los gentiles, Pablo de Tarso. Para las personas que viajaban allí, era posible estar junto a sus sarcófagos y de los de multitud de otros santos y mártires enterrados en la ciudad. A pesar de que algunos peregrinos viajaban con la esperanza de curación de alguna enfermedad, la creencia en san Pedro como guardián de las puertas del Cielo y en su poder para perdonar los pecados, hacía que a la mayoría de ellos les moviese el objetivo de encontrar la absolución y facilitar su acceso al Cielo.