Conflicto lingüístico valenciano es el término propuesto por el sociólogo valenciano Rafael L. Ninyoles para definir el proceso de sustitución lingüística que se ha desarrollado, sobre todo a lo largo del , en el territorio del antiguo Reino de Valencia (en la actualidad Comunidad Valenciana, aunque Ninyoles utiliza el término País Valenciano). La lengua propia (el valenciano) se ha ido convirtiendo en una lengua minorizada como resultado del proceso de imposición del castellano creándose una situación de diglosia (una lengua A, el castellano, considerada como la lengua pública y de cultura, y una lengua B, el valenciano, relegada al ámbito doméstico y familiar), enmascarada bajo el término bilingüismo, que parte de la idea de que el conflicto lingüístico no existe, es decir, de que las dos lenguas usadas en la actual Comunidad Valenciana «conviven» en igualdad de condiciones. Según Ninyoles, el uso del término bilingüismo «responde muy claramente al propósito de dar un sentido absoluto y definitivo al proceso de castellanización de nuestra sociedad», legitimando «toda capitulación del idioma propio».
Durante la Transición (1975-1982) creció un movimiento secesionista (dentro del llamado «blaverismo») que defendía que la «llengua valenciana» era diferente del catalán, poniendo así en cuestión la unidad de la lengua hablada por valencianos, catalanes y baleares, un hecho admitido sin problemas desde la Renaixença. Según Ninyoles, esta falsa oposición valenciano/catalán constituyó un intento de los estratos sociales superiores castellanizados de «desviar» el sentido del verdadero conflicto lingüístico interno (valenciano/castellano) y de «diluirlo» fabricando una oposición «externa».
En 2021 el filólogo e historiador Josep Daniel Climent hizo balance del impacto del movimiento secesionista y señaló que «al retardar más de lo necesario el proceso de normalización y dignificación lingüística que desde hace años reclama el pueblo valenciano», ha contribuido a la «aceleración del proceso de castellanización fácilmente constatable por la pérdida de miles de hablantes del valenciano en los últimos años». «En la actualidad, la constitución de la Acadèmia Valenciana de la Llengua (AVL), con la aceptación explícita de la normativa aprobada en 1932 y con la integración de diversos miembros de la Real Academia de Cultura Valenciana (RACV), ha cuestionado de una forma clara y rotunda todo este movimiento secesionista, cada vez más aislado y minoritario», añadió Climent. Aunque ciertamente con menos intensidad, este conflicto lingüístico en la Comunidad Valenciana permanece latente debido a la discrepancia en los criterios de normalización entre el modelo institucional de la AVL -que defiende una normativa para el valenciano que sea confluente con el catalán- y el sector encabezado por entidades como la RACV, que rechaza lo que consideran una "catalanización" idiomática y defiende la independencia del valenciano frente al catalán. Esta polarización técnico-ortográfica ha derivado en tensiones institucionales recientes, que van desde el rechazo a subvenciones públicas y la exigencia de revisar textos eclesiásticos, hasta propuestas gubernamentales para impulsar una "revalencianización" de los criterios lingüísticos en la administración y los medios de comunicación públicos.
Historia Siglos , y El proceso de castellanización comenzó en el tras la integración del Reino de Valencia, y del conjunto de la Corona de Aragón, en la Monarquía Hispánica, constituyendo el «primer acto» del conflicto lingüístico valenciano. La aristocracia y el alto clero adoptaron el castellano como la lengua de cultura, para de esa forma reforzar su posición dirigente y de privilegio distanciándose del resto de la población que mantuvo la lengua propia. Así lo explicaba el notario Marc Antoni Ortí en 1640:
El proceso de castellanización de la nobleza valenciana se consumó a finales del . La Universidad de Gandía y el Colegio de San Pablo, fundados por los jesuitas a mediados de siglo, implantaron el castellano en la educación de este estamento, y los núcleos intelectuales dominantes, organizados en diversas «Academias» (como la de los Nocturnos o la de los Adoradores), excluirán el valenciano. Al mismo tiempo los altos cargos de la jerarquía eclesiástica serán sistemáticamente ocupados por personas de fuera del reino, entre las que destacó Juan de Ribera, arzobispo de Valencia y virrey. El proceso de castellanización en «dirección horizontal y selectiva» («una escisión lingüista a lo largo de las líneas de clase: el castellano será usado por las clases superiores —nobleza y alto clero— , mientras que el catalán permanecerá adscrito al estamento popular») continuó durante los siglos y —que junto con el constituyen los tres siglos de la «Decadencia»— agudizado por la expulsión de los moriscos (1609) y sobre todo por la aplicación del Decreto de Nueva Planta (1707), que supuso «la instauración oficial del castellano en la actividad burocrática y administrativa —último reducto público de la lengua del país—», de ahí que la Ilustración valenciana se desarrollara en castellano (muy pocos escritores, entre los que destacó Carles Ros Hebrera, reaccionaron contra el proceso de castellanización literario).
Segunda mitad del y primera mitad del El «segundo acto» del conflicto lingüístico, según Ninyoles, abarca la segunda mitad del y la primera mitad del , periodo durante el cual el proceso de castellanización —que en la etapa anterior había alcanzado de hecho proporciones reducidas a pesar de las presiones a favor del uso del castellano y sólo un sector muy limitado de la población había llegado a castellanizarse totalmente— se extiende a las clases medias urbanas, aunque solo parcialmente (tomando así el proceso de castellanización una «dirección descendente espontánea», siguiendo la terminología de Ninyoles). Las clases medias urbanas, especialmente las de la ciudad de Valencia, adoptaron el castellano en un proceso de «imitación» de las pautas lingüísticas de la clase superior —ahora constituida por la burguesía agraria castellanizada— , y cuyo objetivo último era acortar la distancia (imaginariamente) que les separaba de ella. «El catalán será abandonado porque es el símbolo de un status que hay que «superar»… El castellano confiere un status dentro de la jerarquía social de prestigio. Y elevarse, dentro de la escala económica, parecer requerir la adopción de un idioma “elevado”», afirma Ninyoles. Así «lo que caracteriza esta etapa es el hecho de que movilidad social y cambio lingüístico se convierten en fenómenos conexos» y «el idioma llega a constituir así un elemento de distinción de clase, o más exactamente, un status symbol», añade Ninyoles.
Puede resultar paradójico que al inicio de este periodo se desarrollara la Renaixença valenciana, pero según Ninyoles, no existe ninguna contradicción ya que «cuando la Intelligentsia renaixentista —surgida básicamente de las clases propietarias rurales— restauraba el catalán como vehículo de expresión culta, estaba muy lejos de pretender una normalización lingüística del país. Es notable, en este sentido, que la élite intelectual de la restauración formase parte de unas clases que acababan precisamente de castellanizarse».
Segunda mitad del El «tercer acto» del conflicto lingüístico, caracterizado por la «difusión coactiva» del castellano, se sitúa en la segunda mitad del , que es el momento en que Ninyoles publica su obra (la primera edición es de 1969 y la segunda, en la que no introduce ningún cambio por no considerarlo necesario, es de 1978). En este periodo la castellanización se generaliza en el conjunto de la sociedad al producirse «el efecto nivelador de los mass media y la exclusión más estricta del catalán de la esfera pública —prensa, radio, televisión, enseñanza, actividad religiosa, etc.—». A diferencia de la etapa anterior, «el cambio de lengua se ha independizado de la movilidad social —que lo habría frenado— y ha desbordado todos los límites, gracias a los mass media».
Ninyoles señaló que uno de los procesos que impulsaban en la sociedad valenciana el cambio de idioma, sobre todo entre las clases medias urbanas (que podían ver el idioma propio como un lastre para su ascenso social), era el sentimiento de autoodio (self-hatred), es decir, «el antagonismo y la intolerancia hacia el grupo de origen» como resultado de «la identificación con los intereses culturales de los grupos dirigentes», lo que «impulsa al individuo a repudiar aquellas características culturales y sociales —lengua, costumbres, etc.— del grupo al que pertenece». «Cuando una comunidad lingüística es objeto de discriminación, sus miembros pueden generalmente adoptar el idioma dominante y abandonar el propio. Pero su conducta no suele ser simplemente pasiva, porque el abandono del grupo lingüístico de origen a menudo comporta el sentimiento de hostilidad contra aquellos que continúan integrados… El resultado es una postura desafiante, cínica y agresiva… Los valencianos “finos” [fins] menosprecian a los valencianos “bajos” [baixos]».
El «intento secesionista»
En este contexto de «difusión coactiva» del castellano ligada al sentimiento de autoodio es en el que se ha producido lo que Ninyoles denomina el «intento secesionista», es decir, la negación de la unidad de la lengua hablada por catalanes, por valencianos y por los habitantes de las Islas Baleares, unidad asumida sin problemas desde la Renaixença valenciana. Ninyoles ha destacado que «el hecho sospechoso es que las personas que más conspicuamente han proclamado la independencia de la “lengua valenciana” no han demostrado quererla bastante para molestarse en normalizarla ni de dignificarla en su uso dentro de nuestra sociedad. En efecto: los paladines más esforzados de nuestra “independencia” lingüística son demasiado a menudo miembros destacados de aquellas clases que han abandonado ostentosamente el idioma del país… Para estas personas, el “valenciano” es —y tiene que ser eternamente— un “dialecto”, en el sentido denigratorio de la palabra. No creen —o no quieren— que sea un idioma normal. Comprendemos que si lo elevan improvisadamente a la categoría de “lengua” es tan solo a efectos defensivos: para oponerlo al catalán. Cabe suponer que, si este “catalán” no existiera, el “valenciano” no merecería nunca el apelativo —puramente fútil— de “lengua”». Según Ninyoles, la falsa oposición valenciano/catalán ha constituido un intento de los estratos superiores castellanizados de «desviar» el sentido del verdadero conflicto lingüístico interno (valenciano/castellano) y de «diluirlo» fabricando una oposición «externa» (valenciano/catalán). «El efecto más espectacular de esta maniobra era que las clases dominantes del país podían presentarse como campeonas de la lengua que, de hecho, ni tan solo se dignaban a hablar», concluye Ninyoles.
El inicio del «intento secesionista» se remonta a principios de la década de 1960, con la campaña lanzada en junio de 1961 por el diario Las Provincias, entonces dirigido por José Ombuena, cuestionando la unidad lingüística entre Cataluña, Mallorca y Valencia con motivo de la conferencia pronunciada por el filólogo menorquín Francesc de Borja Moll en Lo Rat Penat sobre las actividades en Valencia del mallorquín Antoni Maria Alcover para elaborar su Diccionari català-valencià-balear. Al año siguiente, en diciembre de 1962, el político falangista y franquista Diego Sevilla Andrés iniciaba otra campaña, también desde Las Provincias, contra Joan Fuster, que acababa de publicar el ensayo Nosaltres, els valencians y la guía turística El País Valenciano, a la que posteriormente se unieron José Ombuena y el escritor Francesc Almela i Vives, a pesar de que este último había sido uno de los firmantes de las Normas de Castellón de 1932. La ofensiva contra Fuster culminó con la quema de un ninot con su efigie en las Fallas de 1963.