thumb|250px|La culta, y viajera Vibia Sabina fue sobrina nieta del emperador Trajano y esposa de su sucesor, Adriano. A diferencia de otras emperatrices, representó un papel muy pequeño en la política de la corte y se mantuvo independiente en la vida privada al no tener hijos satisfacción emocional en asuntos del amor. En la Antigua Roma, todas las mujeres que nacían libres eran ciudadanas (cives), pero no podían votar ni ocupar cargos públicos. Debido a este limitado papel público de la mujer en la Antigua Roma, los historiadores romanos mencionan con menos frecuencia a las mujeres que a los hombres. Sin embargo, mientras que las mujeres romanas en general no tenían ningún poder político directo, las de familias ricas y destacadas podían ejercer (y de hecho ejercían) gran influencia a través del entorno privado. Entre las mujeres excepcionales que han dejado una marca indeleble en la historia están las semilegendarias Lucrecia y Claudia Quinta, cuyas historias tienen un matiz mítico; las decididas mujeres republicanas como Cornelia, madre de los Gracos, y Fulvia, que comandó un ejército y acuñó monedas con su imagen; las mujeres de la dinastía Julio-Claudia como Livia Drusila, la más prominente, que contribuyó a la formación de las costumbres imperiales; y la emperatriz Helena, una fuerza motriz en la propagación del cristianismo.
Como sucedió con los hombres, las mujeres de la élite y sus significativos actos políticos eclipsaron a las mujeres de rango inferior en los registros históricos. Las inscripciones y sobre todo los epitafios documentan los nombres de un gran número de mujeres a lo ancho del Imperio romano, pero no nos dicen mucho más de ellas. Algunas instantáneas de la vida diaria se han preservado en los géneros literarios latinos como la comedia, la sátira o la poesía, en especial en los poemas de Catulo y Ovidio que ofrecen vívidos destellos de las mujeres romanas en los comedores y tocadores, en los eventos deportivos y teatrales, de compras, maquillándose, practicando la magia, preocupadas por el embarazo embargo, todo visto a través de ojos . Las cartas de Cicerón, por ejemplo, revelan de manera informal como el autoproclamado gran hombre interactuó de puertas para dentro con su esposa Terencia y su hija Tulia, al igual que sus discursos demuestran con menosprecio las varias vías por las que podían disfrutar las romanas de una libre vida sexual y social.
El único papel público principal reservado exclusivamente a las mujeres fue en el ámbito religioso: el sacerdocio de las vestales. Libres de cualquier obligación matrimonial o de tener hijos, las vestales se dedicaban al estudio y la correcta observación de los ritos considerados necesarios para la seguridad y supervivencia de Roma, y que no podían ser realizados por los colegios masculinos de sacerdotes.
Infancia y juventud thumb|250px|izquierda|Niñas romanas jugando.Se conocen los juguetes de los niños romanos gracias a la arqueología y a las fuentes literarias. En el arte, las niñas están representadas jugando a lo mismo que los niños: a la pelota, al aro, a las tabas. A veces se encuentran muñecas en las tumbas de aquellas niñas que murieron antes de alcanzar la edad adulta. Estas muñecas tienen un tamaño de entre 15 y 16 cm (alrededor de la mitad de la altura de una barbie), brazos y piernas articulados y están fabricadas con madera, terracota y, especialmente, con hueso y marfil. Cuando las niñas llegaban a la mayoría de edad, dedicaban sus muñecas a Diana, la diosa más relacionada con la infancia de las niñas, o a Venus, cuando se estaban preparando para el matrimonio.
thumb|200px|Estatua de bronce del siglo I que representa a una mujer leyendo.Algunas niñas fueron a una escuela primaria pública, aunque quizá muchas no lo hicieron. De los escritos de Ovidio y Marcial se deduce que niños y niñas eran educados todos juntos o de forma similar y Livio da por sentado que la hija de un centurión podía ir a la escuela. A los niños de la élite se les enseñaba griego, además de latín, desde temprana edad. Tanto niñas como niños aprendían a comportarse socialmente asistiendo a cenas y otros eventos. Las niñas, además de los niños, participaban en las fiestas religiosas. Ambos, niñas y niños, cantaban composiciones ceremoniales en coros ejemplo, con motivo de los Juegos Seculares del año
Entre las clases altas, las mujeres, según ciertas fuentes, recibieron una buena educación (para algunas fue excelente) y en ocasiones, fueron elogiadas por los historiadores por su educación y cultura. Cornelia, la joven esposa de Pompeyo en el momento de su muerte, se distinguió por su arte musical y sus conocimientos de geometría, literatura y filosofía. Este grado de aprendizaje indica una preparación formal. Sin embargo, como consecuencia de que las mujeres no participaban en la vida pública oficial, las vidas de las niñas y los niños divergían radicalmente después de que alcanzaban la mayoría de edad; los monumentos conmemorativos reconocen sus cualidades domésticas más a menudo que sus logros intelectuales. Las habilidades que una matrona romana necesitaba para dirigir un hogar familiar requerían de entrenamiento. Así, las madres trasmitían sus conocimientos a sus hijas como correspondía a su situación en la vida, dado el hincapié de la sociedad romana en la tradición (en latín, mos maiorum).
La mujer en la familia y ante el derecho Siempre una hija thumb|izquierda|200px|Busto de una muchacha romana del siglo III.Tanto las hijas como los hijos estaban sujetos a la patria potestad: el poder ejercido por el padre como cabeza de familia. En la Antigua Roma, una familia era considerada un cuerpo sobre el que tenía dominio el pater familias. Los esclavos, que no tenían capacidad legal, eran parte de la casa como propiedad. A principios del Imperio, la situación legal de las hijas difería poco o nada de la de los hijos. Si el padre moría sin dejar testamento, el derecho de la hija a compartir la propiedad familiar era igual que la del hijo, a pesar de que la legislación del siglo II a. C. había tratado de limitar ese derecho. Aparte del estado legal, las hijas parecían no menos apreciadas en la familia romana que los hijos, aunque se esperaba que los hijos aseguraran el prestigio de la familia siguiendo los pasos de sus padres en la vida pública.
El pater familias tenía el derecho y el deber de encontrar un marido para su hija, puesto que los primeros matrimonios fueron normalmente acuerdos matrimoniales. En teoría, la pareja debía ser lo suficientemente mayor como para dar su consentimiento, pero la edad de consentimiento sexual era de doce años para las chicas y de catorce para los chicos. En la práctica del matrimonio, los chicos parece que eran en promedio cinco años mayores que las chicas. Entre la élite, catorce era la edad de transición de la infancia a la adolescencia. Sin embargo, los compromisos se podían organizar por razones políticas cuando la pareja era demasiado joven para casarse y, en general, las mujeres nobles se casaban antes que las de las clases bajas. La mayoría de las romanas ya estaba casada entre la pubertad y los veintipocos. Se esperaba que una niña aristocrática fuera virgen en el momento del matrimonio como su corta edad podía indicar. Una hija podría rechazar legítimamente un compromiso hecho por sus padres solo demostrando que el futuro marido tenía mal carácter.
En el inicio de la República, la novia pasaba a la potestad de su marido, pero en menor medida que sus hijos. Sin embargo, a principios del Imperio, la relación jurídica de una hija con su padre se mantuvo sin cambios cuando aquella se casaba, incluso aunque se mudara a la casa de su marido. Este arreglo fue uno de los factores del grado de independencia que las romanas disfrutaron en comparación con las otras culturas antiguas, arreglo que ha llegado a nuestros días. Aunque tuvo que responder ante su padre legal, no hacía su vida diaria bajo su escrutinio; y su marido no tenía poder legal sobre ella.
Se esperaba de una hija que fuera respetuosa con su padre y que permaneciera leal a él, incluso si eso significaba discrepar con sus maridos. El respeto no fue siempre completo. Después de concertar los dos primeros matrimonios de su hija, Cicerón desaprobó razón como se vio la elección de Tulia del poco fiable Dolabela; pero se vio incapaz de evitar el matrimonio.
Las hijas mantenían su propio nombre familiar de por vida, no adoptando el de su marido. Los niños tomaban normalmente el de sus padres. Sin embargo, en época imperial, los niños podían hacer a veces que el nombre familiar de su madre fuera parte del suyo o incluso adoptarlo en su lugar.
Las mujeres y sus derechos A pesar de que los derechos y la condición de las mujeres en los primeros tiempos de la historia de Roma era más restringido que en el periodo tardorrepublicano y el Imperio, ya en el siglo V a. C. las romanas podían poseer tierras, redactar sus propios testamentos y comparecer en los tribunales. El historiador Valerio Máximo dedica una sección de su obra a las mujeres que llevan casos en su nombre o en el de otros. Estas mujeres mostraban habilidad como oradoras en la sala del tribunal, aunque la oratoria era considerado el propósito clave de los más ambiciosos hombres de Roma. Una de estas mujeres, Mesia de Sentinum, se identifica por su origen en la ciudad de Sentinum y no, como era costumbre, por su relación con un hombre. La independiente Mesia habló en su propia defensa y fue absuelta casi por unanimidad después de solo un juicio corto debido a que ella se expresó con firmeza y efectividad. Dado que estas características se consideraban masculinas, el historiador opinó que bajo su apariencia femenina había un «espíritu viril»; más tarde adquirió el cognomen Andrógina.
La habilidad de Mesia para presentar un caso «metódica y vigorosamente» sugiere que, si bien las mujeres no declaraban regularmente en audiencias públicas, tenían experiencia en declamación privada y juicios de familia. Caya Afrania, la esposa de un senador de los tiempos de Sila, aparece con tanta frecuencia ante el pretor que presidía los juicios, a pesar de que tenía abogados masculinos que podían haber hablado por ella, que fue acusada de calumnia, acusación maliciosa. Por consiguiente, se promulgó un edicto que prohibía a las mujeres que demandaran en nombre de otros con el argumento de que ponía en peligro su pudicitia: la modestia adecuada a su posición social. Se debe mencionar que, si bien se cuestionaba a las mujeres a menudo por su debilidad mental e ignorancia de la ley (y, por tanto, tenían necesidad de la protección de abogados masculinos), en realidad se emprendieron acciones para restringir su influencia y efectividad. A pesar de esta específica restricción, hay numerosos ejemplos de mujeres que tomaron medidas informadas en asuntos legales durante el periodo tardorrepublicano y el Principado, incluyendo el dictado de estrategias legales a sus abogados tras las bambalinas.
Una mujer emancipada se convertía legalmente en sui iuris, o su propia persona física, y podía poseer propiedades y disponer de ellas como estimase oportuno. Si un pater familias muriese sin testamento, el derecho establecía la división equitativa de sus bienes entre sus hijos, sin tener en cuenta su edad o sexo. Un testamento que dispusiera lo contrario o emancipara a cualquier miembro de la familia sin el debido proceso legal podía ser impugnado. Desde la República tardía en adelante, una mujer que heredaba una parte proporcional con sus hermanos habría sido independiente del control agnaticio.