El personaje principal de La conjura de los necios, Ignatius J. Reilly, es un hombre gordo que con gran cinismo sostiene ideales medievalistas contrarios a los de los personajes con los que se relaciona en Nueva Orleans, ciudad en la que se desarrolla la novela. John Kennedy Toole, autor de la obra, solía observar a la gente que estaba a su alrededor, lo que le permitió encontrar inspiración para su novela y para la construcción del personaje cómico. La recepción que ha tenido este excéntrico personaje por parte del público ha sido singular y ha trascendido la literatura convirtiéndose en un ícono de la cultura de Nueva Orleans, al ser una figura infaltable en el carnaval del Mardi Gras, y en un personaje comparado en ocasiones con Holden Caufield, protagonista de The Catcher in the Rye, e incluso, con el mismo Don Quijote. 

Biografía de Kennedy Toole La vida de John Kennedy Toole no se puede separar de su obra: la escritura de La conjura de los necios marcó no sólo un hito para él, sino que también le permitió ficcionalizar a distintos personajes con los que se cruzó en el camino. Ignatius mismo es una mezcla de distintas personas y vivencias del autor en Nueva Orleans, a tal punto que algunos críticos los han llegado a confundir.

Nació en la ciudad de Nueva Orleans el 17 de diciembre de 1937, desde temprana edad tuvo cercanía con la literatura y mostró indicios de ser un genio. Muchos de sus allegados afirmaron la gran habilidad que tenía para observar a la gente e imitarla, esta destreza le ayudaría de manera significativa al momento de describir a sus personajes dentro de La conjura. Su madre, Thelma Toole, es un personaje clave en su vida pues lo alentó siempre a desarrollar esa genialidad; tuvo una gran cercanía con ella más que con su padre y era una de las pocas personas a quienes les permitió leer sus escritos.

Uno de los primeros episodios que marcó en este sentido a Toole y que influyó directamente en la escritura de La conjura ocurrió en su niñez: en una de las acostumbradas visitas a la familia de su amigo de infancia, Cary Laird, en la calle General Taylor, el escritor conocía a Irene Reilly, una mujer de acento Yat de personalidad histriónica, cuyo nombre usa luego para la madre del personaje principal de la novela; Toole pasaría horas escuchándola pelear con su novio y vociferando todo tipo de improperios.

Cuando Toole se encontraba dictando clases de inglés en el Southern Louisiana Institute, conoció al hombre que inspiraría la creación de Ignatius J. Reilly: su colega Bobby Byrne. Un medievalista bigotón de gran tamaño y cabello negro que dejó una marca permanente en Toole gracias a su excentricidad. Byrne vivía en una pequeña cabaña en donde tocaba el arpa, la viola de gamba y el clavicémbalo; era un fiel seguidor de Boecio y llevaba consigo La consolación de la filosofía a todas sus clases; de igual manera, era conocido por sus flatulencias inoportunas y su profunda devoción por los perros calientes. Otro de sus rasgos característicos era su físico imponente y su peculiar manera de vestirse: Toole recuerda un episodio en el que Byrne entró a su oficina usando tres diferentes tipos de camisa y un sombrero ridículo.

La presión que ejercía su madre sobre su carácter de genio, las constantes quejas que le daba por la difícil situación económica que tenía junto con su esposo, más el rechazo de su novela por parte de la editorial Simon & Schuster fueron factores determinantes para que Toole a la edad de 31 años decidiera terminar con su vida.

Proceso de publicación

Construcción narrativa   Ignatius J. Reilly ha sido considerado uno de los personajes más importantes de la literatura norteamericana moderna. Descrito como una mezcla entre Don Quijote, Tomás de Aquino y Oliver Hardy, este hombre gordo, solitario y peculiar es una joya narrativa que rompe con los modelos clásicos de los protagonistas como héroes y redentores. Sin duda alguna, sus rasgos físicos son los más llamativos: la gorra de cazador, la camisa de franela, sus ojos amarillos y azules, su descomunal tamaño y por supuesto, la válvula pilórica que le causa tantos problemas y percances.

Este personaje podría ser descrito como un outsider, siempre mirando los sucesos a su alrededor con recelo, criticando de manera mordaz a la sociedad en la que se encuentra y apelando constantemente a la profunda convicción de que todo tiempo pasado fue mejor. Ignatius cuenta con una perspectiva del mundo que no pertenece a su época, así como él mismo no encaja con la ciudad de Nueva Orleans en la que vive; para él, el pensamiento medieval y las prácticas realizadas en esa época, por ejemplo, los azotamientos a aquellos que incumplan con las leyes y las conductas sociales establecidas, son prácticas que necesitan ser aplicadas en la sociedad moderna con el fin de defender los valores morales.

Para lograr un cambio en la sociedad decadente y pecaminosa en la que vive, se decide a defender y luchar por las causas perdidas de aquella ciudad: los negros, los homosexuales y los latinos. De esta manera, Ignatius J. Reilly es representado no solo como un hombre gordo y sucio que vive aún con su madre, sino que también es un personaje que evidencia las desigualdades y discriminaciones que se dan en una ciudad como Nueva Orleans. Sus disparatadas ideas medievales junto con sus intentos fallidos por mejorar las condiciones de vida de las poblaciones marginales de su ciudad, su cinismo y sus denuncias constantes hacia la sociedad moderna, hacen que este sea uno de los personajes más complejos, interesantes y sumamente memorables de la literatura norteamericana y también universal.

Historia de la edición Durante su estancia en Puerto Rico en la Guerra Fría, Kennedy Toole encuentra el momento ideal para comenzar la redacción de su nueva novela, hasta ahora aplazada y sin forma. Tras pedir prestada la máquina de escribir a su compañero de barraca y amigo David Kubach, en un espacio alejado de las presiones familiares y de las zozobras económicas, retoma las ideas que alguna vez esbozó para el nombre de Humphrey Wildlood, primer apelativo del protagonista del que sería el centro de la La conjura. No obstante, las palabras que producía y los personajes que perfilaba en las páginas mecanografiadas nada tenían que ver con las locaciones centroamericanas, sino que nacían nuevas personalidades que recordaban a gentes típicas de la Nueva Orleans que había dejado atrás.

Una vez terminado el manuscrito de La conjura de los necios, Toole decide no enviarlo a varias editoriales, como solían hacerlo los jóvenes escritores como él, sino que lo remite exclusivamente a la editorial neoyorquina Simon & Schuster, que por entonces había empezado a publicar libros de ficción gracias a la labor de su editor estrella, Robert Gottlieb. A este admiraba Toole y confiaba en que tendría un juicio de valor favorable de la novela, por lo que la llevaría a tantos lectores como fuera posible. Una vez enviado, la asistente del editor, Jean Ann Jollett, quedó encantada con el manuscrito y se lo recomendó directamente a su jefe; cuando él lo leyó, le escribió de manera inmediata una carta a Toole en la que le pedía una reunión en privado.  

Cuando Toole va a Nueva York para entrevistarse con el editor, este se encontraba en Europa. Con este hecho empieza una serie de malentendidos entre Gottlieb y Toole que impidieron el tan esperado encuentro. Su relación estuvo dada por correspondencia durante un par de años en los que Gottlieb consideró que La conjura no sería fácil de vender, creía que Ignatius no era un personaje tan bueno como Toole pensaba y que la novela no tenía un propósito; estas críticas afectaron fuertemente a Toole, quien no quería seguir editando su novela porque sentía que la estaba destruyendo. A pesar de las duras consideraciones del editor, este nunca desalentó del todo a Toole sino que por el contrario lo animaba a regresar al manuscrito e incluso a escribir una nueva obra.

Estos contratiempos en la publicación de la novela junto con su deseo innato por alcanzar el éxito y la fama, hicieron que Toole se decepcionara de sí mismo y entrara en una profunda depresión y ensimismamiento pues le entristecía que todo el empeño y esfuerzo que había puesto en su novela hubiese sido en vano. Tras presentar varios episodios de paranoia y tener una fuerte discusión con su madre, decide renunciar a su trabajo y a su vida, saca todos sus ahorros del banco y se va a un viaje sin retorno. Después de dos meses de viajar por carretera, Toole detiene su carro en una vía inhóspita cercana a un bosque, toma una manguera que conecta por un extremo al tubo de escape de su automóvil y la introduce por la ventana del conductor, causándose la muerte.

Una vez muere Toole, el manuscrito de La conjura queda momentáneamente confinado a una caja de zapatos en la casa de Thelma, quien la encuentra tras la pérdida de su esposo años después. Decidida a que la genialidad de su hijo sea de común conocimiento, envía a varias editoriales la novela de Toole, la cual recibe respuestas de distinta índole: algunos editores destacan la comicidad del argumento pero creen que el libro no venderá por el fallecimiento de su autor; otros valoran que el mensaje, aunque valioso y novedoso, no se alineaba con las preocupaciones de las colecciones que estaban publicando; en definitiva ninguna de las editoriales tomó la opción, e Ignatius no vio la luz sino hasta varios años después.

Ignatius y los necios que Toole pone en escena solo conocen la luz pública hasta que Thelma, segura de la calidad literaria de la novela de su hijo, pasa el manuscrito al veterano profesor de la Universidad de Loyola, Walker Percy, autor de la novela The moviegoer. Es justamente con la aparición de este que el proceso editorial dio inicio realmente. Responsable de difundir el manuscrito entre los editores y círculos de conocidos, tras las súplicas de la madre de Toole que insistió para que leyera la novela, Percy refirió el texto de Toole a varios editores allegados  con igual suerte que el difunto autor; durante varios años el destino de La conjura no fue muy distinto: rechazos y negativas. En 1978 algunos de los capítulos son publicados en el New Orleans Review, pero nadie se animó a publicarlo durante los siguientes dos años. Un cansado Percy casi a punto de dejar el esfuerzo es contactado por Faust, quien da a la publicación un nuevo espaldarazo en su intención de abrir una nueva librería en Nueva Orleans.

No obstante,  el editor final de la novela no será ninguno de los mencionados. Tras la larga espera, y con un Faust pendiente de las decisiones de la Doconing, un amigo de Percy da el manuscrito a la Universidad de Lousiana State, que había iniciado recientemente un programa de escritura en ficción. Allí los necios encontraron un nicho adecuado y, gracias a Martha Hall, representante de la editorial Baton Rouge, una de muchas mujeres que impulsaron la edición de la novela, en el año de 1979 se publica.                

Al año siguiente de su publicación, La conjura de los necios fue galardonada con el Premio Pulitzer de ficción y el Premio a Mejor Novela en Lengua Extranjera en Francia. Además de convertirse en un bestseller.

Iconografía

Representación gráfica La fama y el impacto que este personaje ha tenido dentro de la cultura norteamericana y mundial también se ha visto reforzado por cómo se ha representado gráficamente al inusual protagonista de La conjura de los necios. Desde las distintas cubiertas que la novela ha tenido en su corta pero abundante vida de reimpresiones, pasando por las figuraciones en estatuas y marionetas de los festivales neorlandeses, hasta la indumentaria y accesorios escogidos para encarnarlo en las tablas y el cine, Ignatius ha sido dibujado, imaginado, esculpido, modelado y repensado de múltiples maneras, algunas de mayor resonancia y éxito, otras más fugaces y rápidamente olvidadas.