Francisco de Victoria nacido como Francisco de Vitória o bien Francisco de Vitoria (Reino de Portugal, 1540 - Madrid, Corona de España, 9 de noviembre de 1592) fue un religioso dominico, que fuera elegido como primer obispo del Tucumán, desde 1578 hasta 1592.
Biografía hasta la consagración episcopal
Origen familiar y primeros años
Se conoce muy poco acerca de sus orígenes pero se supone que habría nacido en el Reino de Portugal y habría vivido su infancia en España. Su familia, si bien era castellana de origen, profesaba el judaísmo y tuvieron que convertirse al catolicismo tras la orden de expulsión de España. Este detalle de su religión originaria consta en las fuentes históricas de los jesuitas, ya que De Victoria declaró que tenía un parentesco con el padre Diego Laínez, segundo general de esa compañía que también era “cristiano nuevo”.Mateos, F.: “Sínodos del Obispo del Tucumán, Fray F. de Trejo y Sanabria (1579, 1606 y 1607)”, “Missionalia Hispánica”, Madrid, 1970.
Viaje al Perú e ingreso al sacerdocio dominico
Muy joven y en busca de fortuna se trasladó al Virreinato del Perú, donde trabajó en el comercio. Como no tuvo éxito con los negocios, en 1560 ingresó a la Orden de Predicadores donde cursó sus estudios y se ordenó como fraile dominico, obteniendo el título de maestro en Teología. Su compañero de noviciado, fray Reginaldo de Lizárraga, dijo de él que “era un varón docto y agudo”. Como era muy inteligente pronto recibió reconocimientos. Los dominicos de Perú lo enviaron a las cortes de Madrid y a Roma como su representante legal ante la Curia Romana.
Estando en esa función, y contando con importantes amigos, consiguió que el rey Felipe II lo presentara en 1577 como candidato a obispo de la diócesis del Tucumán, que había sido fundada en mayo de 1570 por el papa Pío V, pero aún no había logrado tener un obispo: tres sucesivos prelados fueron nombrados y consagrados obispos del Tucumán sin alcanzar a asumir el mando.
Consagrado por el papa y viaje al Tucumán
Finalmente el papa Gregorio XIII lo preconizó en 1578 y fue consagrado obispo en Sevilla el 18 de noviembre de ese año. Ese mismo mes redactó el "Decreto de ejecución de la erección del obispado del Tucumán".
En 1579 regresó al Perú, y permaneció allí dos años, preparando su viaje a su obispado. Desde Lima designó administrador de la diócesis al padre Hernando Murillo. Como este tuvo un distanciamiento con el gobernador del Tucumán, Hernando de Lerma, el obispo Victoria envió al deán Francisco de Salcedo, como su delegado, quien también terminó distanciado con el gobernador y fue desterrado a Talavera junto a otros clérigos.
Francisco de Victoria se hizo cargo de la diócesis en 1582. La misma comprendía la totalidad de la gobernación del Tucumán, que por entonces incluía las actuales provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja y Córdoba, más los actuales departamentos bolivianos de Tarija y el extremo sur del de Potosí.
Obispo del Tucumán
A principios de 1582 ingresó al territorio tucumano por la localidad de Talina, cerca de Tupiza. Al arribar el obispo a Santiago del Estero, ciudad sede de la diócesis, el vecino Melchor de Villagómez y su esposa Ana de Córdoba, le ofrecieron alojarlo y lo aceptó. Esa vivienda se encontraba contigua a la Iglesia Mayor, frente a la plaza. Poco después se reunió con el gobernador del Tucumán, Hernando de Lerma, a quien acompañó en la fundación de Salta.
Pronto surgió un serio distanciamiento entre el propio obispo y el gobernador Lerma por conflictos de poder. De inmediato chocó con el abusivo gobernador, con quien tuvo discusiones muy encendidas, por lo que regresó rápidamente hacia la ciudad de Santiago del Estero, aprovechando la ausencia del gobernador.
En sus primeras actividades se destacó por el celo con que visitó las ciudades y trató de restaurar la moralidad entre los curas párrocos y los frailes. Construyó la primera catedral, una construcción muy sencilla.
Conflictos con Lerma y acusaciones
Durante uno de sus conflictos con Lerma, el obispo ordenó suspender todos los oficios religiosos en toda la provincia, con lo que el gobernador amenazó con ejecutarlo.
En oportunidad del Concilio convocado en Lima, Victoria viajó a esa ciudad. Sin embargo, el gobernador Lerma envió a Lima al capitán Manuel Rodríguez Guerrero con la instrucción de gestionar ante el Concilio y ante el Virrey, para que no se le permitiese al obispo regresar al Tucumán, hasta que el rey lo resolviera. En efecto, los Cabildos de las ciudades de Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán, Nuestra Señora de Talavera y Córdoba de la Nueva Andalucía otorgaron sendos poderes al capitán Manuel Rodríguez Guerrero, para que se constituyera en la ciudad de Los Reyes y presentado ante el Virrey del Perú y ante el Santo Concilio, “contradiga la venida a estas provincias del señor obispo de ellas, don fray Francisco de Victoria”.Levillier, Roberto: “Santiago del Estero en el Siglo XVI”, Madrid, 1918.
El poder le autorizaba a pedir que “no se permita ni consienta en manera alguna se dé lugar al obispo de Victoria para que pudiese regresar ni entrar en ellas, teniendo en consideración a las muchas inquietudes y desasosiegos que el dicho señor obispo en su condición ha tenido y causado en su obispado en el poco tiempo que en ella ha estado y residido…”. Todas las ciudades de la gobernación se oponían al regreso de Victoria. Sin embargo, a Lerma no le fue bien en la gestión y desde Lima se redoblaron los esfuerzos para destituir al tirano gobernador. La Real Audiencia de Charcas decretó la prisión de Rodríguez Guerrero, y más tarde la prisión del mismo gobernador. Victoria por su parte hizo saber al rey que los informes de los Cabildos, habían sido falsos, ya que todos fueron dados a petición del gobernador.
El obispo intentó resolver sus conflictos acusando al gobernador Lerma de judaizante; la denuncia nunca llegó a la sede de la Inquisición en Lima, que en cambio recibió una acusación de parte del Diego Pedrero de Trejo, chantre de la catedral de Santiago del Estero, que en una nota de diciembre de 1582 acusaba al obispo de fornicación con una mujer llamada Ana López de Herrera en la sacristía. Se supone que la denuncia fue una venganza de Lerma o de los numerosos curas y frailes a los que el obispo había castigado, pero en todo caso llevó a una serie de intercambios de acusaciones mutuas entre el obispo y los inquisidores, que hicieron imposible continuar la investigación.
La situación se complicó aún más con una segunda acusación contra Victoria, de marzo de 1583, en que el bachiller Suárez de Rendo acusaba al obispo de judaizante por ser pariente de Martín Hernández, un judío condenado por la Inquisición de Granada. Pero esta segunda acusación resultó demasiado para los inquisidores, que enviaron todos los expedientes a España, con lo que las actuaciones se pospusieron durante años; nunca habría juicio formal alguno, ni condena.
Francisco de Victoria asistió al concilio provincial en Lima, al que llegó a principios de 1583, cuando este ya había comenzado. El arzobispo Toribio de Mogrovejo intentó utilizar el concilio para moralizar de forma general al clero e imponer a la arquidiócesis las conclusiones del Concilio de Trento. Sin embargo la totalidad de los obispos se le opusieron en una serie de cuestiones menores, en lo que Victoria llevó la principal voz opositora. No obstante, el arzobispo logró hacer aprobar una larga serie de medidas en consonancia con el Concilio de Trento.
Durante su estadía en Lima, considerando que los misioneros dedicados a evangelizar a los indígenas eran claramente insuficientes —a pesar del aporte de los frailes dominicos— invitó a los jesuitas a instalarse en la provincia a través de su provincial Baltasar de Piñas. Este envió a los padres Francisco de Angulo y Alonso de Barzana.
En 1585, al no ser más gobernador Lerma, pudo regresar a Santiago del Estero. Lerma fue arrestado por las crueldades aplicadas contra los españoles del Tucumán. El nuevo gobernador, Juan Ramírez de Velasco, intentó mejorar las relaciones con el obispo, pero cuando le negó repetidos pedidos de caballos y comida, este lo excomulgó.
Operaciones comerciales en Sudamérica
Cuando Victoria viajó al Sínodo de Lima, lo hizo con la idea de no regresar más al Tucumán. En efecto, en 1584 y desde Lima, envió al rey Felipe II su renuncia. Argumentaba no tener ya fuerzas, que la extensión de su diócesis era enorme, que no tenía más de cinco clérigos –cuando necesitaba unos cien– que en ella se hablaban más de veinte lenguas, unos 150 000 habitantes, de los cuales 25 000 eran cristianos; informaba de la suma pobreza de la tierra y escasez de los diezmos. Victoria callaba el motivo primordial de su renuncia: no había nacido para ser pastor, su temperamento apuntaba más a lo material y económico, más a las empresas comerciales que a lo espiritual del apostolado.Bruno, Cayetano: “Historia de la Iglesia en Argentina, Tº 1, página 422, Don Bosco, 1968.
Toribio de Mogrovejo, para entonces arzobispo de Lima, le informó al rey Felipe II que “se serviría mucho a Nuestro Señor aceptarle la renuncia al obispo, porque él no se aplica a cosa de ella, sino a otras muy diferentes”. Y agregó que Victoria “había tomado lo que no era suyo, con ánimo diabólico, alborotando a esa república [...] como disipador de la paz cristiana”.Levillier, Roberto: “Organización de la Iglesia y órdenes religiosas en el virreinato del Perú en el siglo XVI: Documentos del Archivo de Indias”, Volumen 1, página 322, 1919.
Nuevamente en 1585 presentó su renuncia al cargo de obispo, aduciendo problemas de salud y económicos; la renuncia presumiblemente nunca llegó a la corona española o a la Curia Romana. Se trasladó a la ciudad de Buenos Aires con una caravana de carretas cargadas con mercaderías artesanales elaboradas en el Tucumán, para exportarlas a las colonias portuguesas del Brasil. En 1585 zarpó del puerto de Buenos Aires hacia el Brasil la carabela San Antonio, cargada de lienzos, frazadas, cordobanes, sobrecamas y sombreros. Escondidas entre las piezas textiles viajaban también varias barras de plata, cuya exportación estaba explícitamente prohibida por la Corona.
Simultáneamente pidió al Brasil el envío de los primeros misioneros jesuitas —los padres Angulo y Barzana no eran suficientes para la extensa diócesis— y logró finalmente la llegada de otros cinco misioneros de esa orden, que arribaron a Córdoba en 1587. Con ellos hizo una amplia visita entre los pueblos indígenas del sur de su diócesis, y más tarde fundó la primera escuela de la provincia.
El 20 de enero de 1587 cuando venían de viaje desde Brasil los jesuitas que había mandado a buscar el obispo, y traían consigo libros, reliquias de santos, imágenes, campanas, hierros, calderas de cobre, hacienda, otros bienes tanto de propiedad del obispo como de particulares, y unos esclavos negros, fueron atacados por tres barcos corsarios ingleses. El buque que había viajado al Brasil, y que regresaba con gran cantidad de mercaderías necesarias en el Tucumán, fue interceptado por el pirata inglés Thomas Cavendish, que se apoderó del cargamento: efectos varios de metal y 120 esclavos; el buque fue desmantelado y los prisioneros —incluidos la mitad de los esclavos— fueron liberados en la costa patagónica y debieron regresar caminando a Buenos Aires.
El obispo no escarmentó con el robo a sus navíos. Como comerciante nato que era, sabía Victoria que la constancia era el mejor medio para triunfar y antes de los cinco meses volvió a enviar a uno de sus navíos a Brasil para que volviese cargado de mercancías y de esclavos.De Gandía, Enrique: “Historias de los piratas en el Río de la Plata”, p. 85, Editorial Cervantes, 1937.
El contrabando fue denunciado a la Corona por el gobernador Ramírez de Velasco, a quien Victoria volvió a excomulgar. La denuncia no obtuvo respuesta alguna por parte de la Real Audiencia de Lima.