thumb|300px|Cristo expulsa a los mercaderes del Templo, del Greco, 1600. La separación del cristianismo primitivo y el judaísmo rabínico fue el proceso de ruptura entre ambas religiones abrahámicas sucedido a partir de la primera mitad del , con la aparición del judeocristianismo, basado en la figura de Jesús de Nazaret y su proclamación como el Mesías/Cristo. Comúnmente, la división entre el judaísmo y el cristianismo es atribuida a una serie de eventos sucedidos tras la crucifixión de Jesús: el concilio cristiano de Jerusalén (c. 50 d. C.), la destrucción del Segundo Templo y la institución del «impuesto judío» (70 d. C.), la reinstalación del Sanedrín judío en Yavne (c. 70-90 d. C.) y la revuelta de Bar Kojba (132-135 d. C.). Así, surgidos desde un mismo tronco común (el diverso judaísmo del Segundo Templo) y tras varios siglos, el judaísmo rabínico y el cristianismo primitivo se configuraron como dos confesiones religiosas separadas.

La visión tradicional era que el judaísmo existió antes del cristianismo, y que el segundo se separó del primero en algún momento después de la destrucción del Segundo Templo. Así, el descenso del «cristianismo judío» apostólico y el ascenso del «cristianismo gentil» paulino separaron al movimiento protocristiano de sus raíces judías. Por su parte, el judaísmo puso fin a sus controversias sectarias, expulsó a los cristianos judíos e impuso un aislamiento del mundo gentil. De este modo, a principios del , las realidades distintas de judíos y cristianos eran ya evidentes. Para cuando los Tanaim redactaron la Mishná y los padres de la Iglesia compusieron sus epístolas y apologías, ambas religiones se habían convertido en diferentes «en esencia y definición».

Sin embargo, durante el período del Segundo Templo, la realidad del judaísmo mostraba una pluralidad de movimientos, entre los cuales dos se convertirían posteriormente en el judaísmo rabínico y el cristianismo ortodoxo. Así pues, a finales del , todavía no existían dos creencias separadas llamadas «judaísmo» y «cristianismo», sino que ambas formaban parte de una familia religiosa compleja («gemelos en el útero») que finalmente se desarrollaron en formas dominantes en cada extremo de su propia rama en el «árbol de la evolución religiosa». La construcción de ambas religiones como mutuamente excluyentes sería iniciada por los heresiologistas judíos proto-rabínicos y cristianos proto-ortodoxos.

Antecedentes (siglos VI-I a. C.)

Contexto histórico right|thumb|upright=1.3|Reconstrucción moderna del Segundo Templo de Jerusalén después de su renovación durante el reino de Herodes el Grande.

En 586 a. C., el rey babilónico Nabucodonosor capturó Jerusalén, destruyó el Templo de Salomón y deportó a la élite de la población a Babilonia (el «exilio babilónico»). En 539 a. C., la propia Babilonia cayó en manos del conquistador persa Ciro y se permitió a los exiliados regresar a la provincia persa de Judá, Yehud Medinata (538 a. C.). Bajo el mando de Zorobabel, los judíos reconstruyeron Jerusalén y el Templo (520-515 a. C.). Los judíos que permanecieron en Babilonia y los que inmigraron a Egipto (junto a otras comunidades que se extendían desde el norte de África hasta Asia Menor, Grecia y Roma) formaron la diáspora, la gran comunidad de judíos que vivían fuera de Judea.

Las conquistas de Alejandro Magno en 334-325 a. C. difundieron la cultura y la colonización griegas (un proceso de cambio cultural llamado helenización) en tierras no griegas. Tras su muerte, Judea cayó en manos de los ptolomeos, los descendientes de uno de los generales de Alejandro que gobernaba Egipto. En 200 a. C., Israel y Judea fueron conquistados por los seléucidas, los descendientes de otro general griego que gobernaba Siria. En alrededor de 167 a. C., Antíoco IV Epífanes intentó suprimir el culto judío; esto provocó una revuelta (la revuelta macabea) que finalmente condujo al fin efectivo del control griego sobre Jerusalén y un reino de Judea independiente bajo el mando de los asmoneos, sucesores de los macabeos.

La dinastía asmonea se desintegró como resultado de la guerra civil entre los hijos de Salomé Alejandra: Hircano II y Aristóbulo II. La intervención romana en la guerra civil en Judea fue dirigida por Pompeyo el Grande, tras su campaña de conquista y anexión de Siria. Su conquista de Jerusalén, sin embargo, supuso el fin de la independencia judía y la incorporación de Judea como reino cliente de la República romana. En 37 a. C., los romanos reemplazaron a los asmoneos por Herodes el Grande y, tras su muerte, convirtieron a Judea en una provincia bajo el dominio directo de Roma.

La pluralidad del judaísmo del Segundo Templo thumb|175px|Ezra leyendo la Ley (Dura-Europos, mediados del ).

El cautiverio babilónico tuvo grandes efectos sobre la cultura judía: la antigua religión israelita llegó a su fin y dio paso de forma definitiva al monoteísmo judío. Además, la Torá (los libros de Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) fue plasmada y comenzó a ser considerada como el texto autorizado para los judíos. Fueron compuestos otros libros de la Biblia hebrea (los libros de Job, partes de Proverbios, posiblemente Eclesiastés, los Salmos, los últimos diez capítulos de Isaías, Hageo, Zacarías, Malaquías y quizás Joel). Así, el judaísmo se centró en la lectura y el estudio de las Escrituras, en el Templo mismo y en un ciclo de sacrificio continuo de animales de profundo significado religioso.

El concepto del pueblo judío como pueblo elegido por Dios dio lugar a innumerables movimientos de ruptura, cada uno de los cuales declaró que solo ellos representaban la santidad judía, el «verdadero Israel». Por consiguiente, el judaísmo del Segundo Templo se dividió en facciones teológicas, en particular los fariseos y los saduceos, además de numerosas sectas más pequeñas como los esenios, movimientos mesiánicos (como lo sería posteriormente el cristianismo primitivo), corrientes nacionalistas como los zelotes y tradiciones estrechamente relacionadas como el samaritanismo.

El ascenso del mesianismo judío

alt=|thumb|287x287px|Samuel ungiendo a David (Dura-Europos, mediados del ). A principios del período del Segundo Templo, las Escrituras judías comenzaron a describir la esperanza en un futuro mejor. Después del regreso del exilio en Babilonia, el rey persa Ciro el Grande fue llamado «mesías» en Isaías, debido a su papel en el regreso de los judíos exiliados. De allí en adelante, se desarrollaron múltiples ideas mesiánicas, desde las expectativas políticas terrenales hasta las expectativas apocalípticas de un tiempo final en el que los muertos resucitarían y el Reino de Dios se establecería en la tierra.

El Mesías podría ser un rey «Hijo de David» o un «Hijo del hombre» más celestial, pero «el mesianismo se volvió cada vez más escatológico, y la escatología fue influenciada decisivamente por el apocalipticismo». Poco a poco, las expectativas mesiánicas se centraron en la figura de un salvador individual, donde «el Mesías ya no simbolizaba la llegada de la nueva era, sino que se suponía que de alguna manera iba a producirla». Las ideas mesiánicas se desarrollaron tanto por nuevas interpretaciones (pésher, midrash) de las Escrituras judías como por revelaciones visionarias.

No hay textos judíos anteriores al que mencionen explícitamente a un líder mesiánico, aunque algunos términos apuntan en esta dirección y otros (como el «Siervo sufriente» de ) fueron posteriormente reinterpretados como tales. Fue en esa época durante la cual el brutal régimen de Antíoco IV Epífanes (167 a. C.) llevó a renovadas expectativas mesiánicas, reflejadas en el libro de Daniel. Su gobierno terminó con la revuelta de los macabeos y la instalación de la dinastía hasmonea, que duró hasta el reinado de Herodes el Grande. Con el fin de la independencia judía, la creencia en un líder mesiánico se desarrolló aún más. El rechazo a las potencias extranjeras que gobernaron Judea contribuyó (pero no fue la única causa) al surgimiento del género apocalíptico.

El Apocalipsis Animal (c. 160 a. C.) fue el primer texto en hacer referencia a un líder mesiánico del tiempo del fin; pero después de ese tiempo, solo algunos apocalipsis (y algunos textos no apocalípticos con enseñanzas apocalípticas o escatológicas) se refieren a un líder mesiánico. En los textos de Qumrán, los Salmos de Salomón y las Similitudes de Enoc, «tanto los gobernantes extranjeros como los nativos son castigados y se ponen las esperanzas en un mesías (o varios mesías) que pondrá fin a la presente era maligna de injusticia». Las imágenes y el estado del mesías en los diversos textos son bastante diferentes, pero los mesías apocalípticos son solamente algo más exaltados que los líderes retratados en los textos no apocalípticos. El judaísmo reconocía a múltiples mesías, siendo los dos más relevantes el Mashiaj ben Yosef y el (tradicional) Mashiaj ben David.

El Libro de Enoc (1 Enoc, c. 300-100 a. C.) fue el primer texto que contuvo la idea de un Mesías celestial preexistente, llamado el «Hijo del Hombre». Junto a 4 Esdras, transformó la expectativa de un mesías real de en «un mesías exaltado y celestial cuya función sería ejecutar el juicio e inaugurar una nueva era de paz y regocijo». Se le describe como un ser angelical, «elegido y escondido con Dios antes de la creación del mundo, y permanecerá en su presencia para siempre». El Mesías era la encarnación de la justicia y la Sabiduría, sentado en un trono en el cielo, y sería revelado al mundo al final de los tiempos, cuando juzgue a todos los seres.

La resurrección de los muertos 300px|thumb|La resurrección de los muertos (Dura-Europos, mediados del ).

Durante el período del Segundo Templo se desarrolló una diversidad de creencias sobre la resurrección. La idea de la resurrección aparece en los registros bíblicos en el libro de Daniel, durante el (), pero es controvertido si se refiere a una resurrección del alma sola o una resurrección concreta (corporal). En todo caso, el concepto de resurrección del cuerpo físico se encuentra claramente por primera vez en el judaísmo posbíblico en 2 Macabeos, a través de la reconstitución de la carne. La resurrección de los muertos también aparece en detalle en el libro de Enoc, 2 Baruc y 2 Esdras. Parece que existen referencias dentro los textos del Mar Muerto a alguna forma de resurrección en 4Q521, Pseudo-Ezequiel y 4QInstruction.

La comprensión del concepto de la resurrección varió entre las múltiples sectas judías de la época. Josefo explicó las ideas de las tres sectas judías principales del : los saduceos sostenían que tanto el alma como el cuerpo perecían al morir; los esenios, que el alma era inmortal pero no la carne; y los fariseos, que el alma era inmortal y que el cuerpo resucitaría para albergarlo. Sin embargo, la evidencia de los textos judíos y de las inscripciones de las tumbas apunta a una realidad más compleja. El propio Josefo trató de representar a las sectas judías como escuelas filosóficas griegas, esforzándose en alinear a los epicúreos con los saduceos, los pitagóricos con los esenios y los estoicos con los fariseos.

Los saduceos no creían en la resurrección, siguiendo una interpretación bastante estricta y conservadora del Antiguo Testamento, negando cualquier vida futura significativa. Josefo describe que no creían en «la persistencia del alma después de la muerte, de castigos en el mundo inferior ni de recompensas», es decir, no solo negaban la resurrección, sino que también la existencia de cualquier estado intermedio. En Sabiduría, un libro cercano a las ideas saduceas, se describe como «el muerto, como quien ya no existe, ignora la alabanza; solo el vivo y el sano glorifican al Señor».