thumb|300px|La maja vestida pintada por Francisco de Goya en la primera década del siglo XIX. Complementa el vestido blanco y trasparente ceñido a la cintura con gran lazo rosa (de gusto francés y por tanto ajeno a la vestimenta típica de los majos) con chaquetilla corta o bolero, de mangas anaranjadas con los puños rematados con encaje negro y unos escarpines de seda dorados y de punta afilada. Museo del Prado (Madrid, España).

Indumentaria femenina en España es el conjunto, evolución y expresión del vestido de mujer a lo largo de la historia española. Parte de precedentes con marcada personalidad desde la sofisticada estética oriental de la mujer ibera a las funcionales vestimentas de hispanorromanas y visigodas, las aportaciones de la cultura mozárabe estudiadas ya por Gómez-Moreno y Sánchez-Albornoz, y las señas de identidad del vestido románico y gótico. Todo ello configuraría a partir del Renacimiento, la personalidad 'española' en la historia del traje femenino.

Las colecciones españolas de trajes Además de la iconografía producida por los distintos pueblos que componen la nación española y de los ejemplos conservados en instituciones y museos de sus diferentes autonomías, una de las fuentes más específicas sobre la indumentaria en España fueron las "colecciones españolas de trajes" que se editaron a partir de la segunda mitad del .

La primera colección española de trajes, una colección de 86 estampas del grabador Juan de la Cruz Cano y Olmedilla, data de 1777. Obra concebida como un magno catálogo, continuó publicándose hasta 1788 con el título de Colección de trajes de España, tanto antiguos como modernos, que comprehende todos los de sus dominios, pero quedaría inconclusa con la muerte del autor. Para los dibujos contó con la colaboración de su sobrino Manuel de la Cruz, Antonio Carnicero, Luis Paret y otros artistas menos conocidos, y reunía un conjunto muy amplio de trajes de los diferentes estratos sociales desde el pueblo más humilde a la más soberbia nobleza.

Otras colecciones complementarias que pueden citarse fueron la publicada por Cesare Vecellio en 1794, con 48 estampas dedicadas al traje español, dentro de la Colección de trajes que usan todas las naciones conocidas hasta el siglo XVI, dibujadas por Ticiano y Cesar, su hermano, o el catálogo de grabados del coleccionista y anticuario francés François Roger de Gaignières.

A la zaga de estas colecciones iconográficas, están otros manuales más modestos como por ejemplo la Monografía del traje escrita e ilustrada por José Puiggari, y publicada en Barcelona en 1886. Otra referencia interesante se encuentra en las colecciones de artículos costumbristas de la mitad del , obras como Los españoles pintados por sí mismos o la titulada Las españolas pintadas por los españoles (1871-72), en la que colaboraron escritores de la categoría de Galdós (con dos artículos); en este grupo puede incluirse Las mujeres españolas, portuguesas, y americanas, en la que colaboraron Pedro Antonio de Alarcón, Juan Valera o el marqués de Molins.

Periodos precedentes thumb|upright|Gran Dama Oferente, escultura íbera en piedra caliza (altura: 135 cm, anchura: 39 cm, profundidad: 38 cm), procedente del yacimiento del Cerro de los Santos, en Montealegre del Castillo (provincia de Albacete, Castilla-La Mancha); siglos V al IV a. C. Museo Arqueológico Nacional de España.

Muy diferentes pueblos, culturas y civilizaciones fueron conformando en la península ibérica y los archipiélagos que en el constituyen el territorio español, la que a partir del se podrá llamar historia del vestido de mujer en España.

Paleolítico El primer indicio de vestimenta femenina en la Península ibérica aparece en las imágenes rupestres de las Cuevas de El Cogul (Lérida), donde unas estilizadas mujeres exhiben unas curiosas 'faldas' o pampanillas de pieles. Los investigadores señalan la existencia en ese periodo primitivo de prendas de esparto (vestidos, sandalias, gorros) fabricadas con técnicas de cestería, anterior a la tejeduría. Periodo prerromano Valiosos restos arqueológicos como la Dama de Baza, la Dama oferente y la Dama de Elche dan una idea del vestido de la mujer ibera, básicamente compuesto por camisas, túnicas y mantos, complejos tocados y grandes pendientes.Para documentar este periodo, Sousa Congosto recomienda los estudios de Alfaro-Giner (1997), Bandera (1978-9) y Blasco (1977), sobre la mujer ibérica y su atuendo. El claro supuesto de que las damas representadas son diosas o personas de la alta nobleza excluye que la suntuosidad de los adornos de pasamanería, joyas, diademas, grandes rodetes trenzados y mitras cónicas que componen los tocados, fueran lujos cotidianos y comunes a todas las mujeres. Sí parece claro el uso de la túnica larga y manga recortada (una interior y otra exterior, cubiertas ambas con un manto de abrigo), ocasionalmente decoradas con cenefas, ajedrezados rojiblancos, flecos e iconografía procedente de la influencia de etruscos, griegos y cartagineses.

Periodo romano Con muchas coincidencias con el vestido masculino, la indumentaria de la mujer en la Hispania Romana se puede ordenar en tres grupos principales: Túnicas, de diversos tejidos y ceñidas al pecho con la amplia variedad de corsés romanos: «fascia», «amictorium», «mammillare», «strophium», «pectoralis» y «taenia». Los modelos femeninos de túnica eran más largos que los vestidos por el hombre, con mayor colorido y decoración (por lo general una banda púrpura o dorada bajando desde el cuello hasta los pies). Stolas, más amplias que las túnicas, con o sin mangas y ceñidas con un cinturón, emparentadas con tipos de manto característicos de esta civilización, como la ancha «palla» rectangular (que en ocasiones le servía a la mujer para cubrirse la cabeza), el «peplum» abrochado a la espalda con una fíbula y también ceñido con cinturón, o el ligero «supparum». Complementos, esencialmente joyas (broches, fíbulas, diademas, tiaras, brazaletes, collares, anillos y pendientes muy variados), un «mantus», o manguito para calentarse las manos, y calzado de piel más fina y más adornado que el masculino.

Periodo medieval Dejando a un lado la escasa información y documentación sobre la indumentaria femenina entre los visigodos,En sus Etimologías, san Isidoro dejó noticia de un manto, el «amiculum», y un tocado, el «capitulare», y el dato importante de que las doncellas llevasen el pelo suelto, moda que perduraría en la península ibérica durante varios siglos. la circunstancia más influyente para la mujer de la Península en la Alta Edad Media fue la invasión árabe; ello determinará la mutua influencia y fusión de elementos del vestido femenino entre el Califato y los reinos cristianos a lo largo de ocho siglos de convivencia.Para documentar el periodo medieval, tanto Sousa como Albizua recomiendan el trabajo de Carmen Bernis Indumentaria Medieval Española (1956). Son guía esencial en este aspecto, la iconografía recogida en la década de 1940 por Sánchez Albornoz y el arqueólogo Gómez Moreno, a partir de la Miniaturas Mozárabes conservadas en los códices manuscritos conocidos como el conjunto de Beatos y el Glosario de Menéndez Pidal del Poema del Mio Cid. En términos generales, la indumentaria femenina solo diferirá de la masculina, por su carácter talar que progresivamente además de cubrir los pies llegará a arrastrar por el suelo (traído al , se explicaría con la frase: 'se llevan las tallas muy largas').

Alto Medioevo Fruto de la fusión progresiva de la herencia romano-visigoda, la moda bizantina aportada por las peregrinaciones y el comercio, y el desarrollo de la cultura mozárabe, se pueden destacar algunos aspectos de la personalidad de lo hispano en el vestido de la mujer, más allá de piezas clásicas como el largo brial femenino (que evolucionarán hacia la salla encordada de las clases distinguidas castellanas y la gonela aragonesa, el "pellizón" o "piel" y los mantos, y un calzado mixto compuesto por modelos atados con cintas y polainas, y botas o borceguíes, muchas veces puntiagudos. Es importante señalar que a la moda mozárabe se le debe la innovación de los trajes bicolores, que aparecieron en la península ibérica bastante antes que en el resto del continente Europeo.

A partir del , el comercio de lanas con Inglaterra y Flandes, permitiría que en el periodo gótico influyesen en el resto de Europa prendas como las camisas labradas y en general los tejidos árabes, hispanomusulmanes y mudéjares. Esta línea de producción recorrió las sucesivas etapas: califal (con los dos periodos, omeya de influencia persa, y sasánida), almorávide y almohade (con interesante decoración de lacería de inspiración africana y copta). Como una etapa consecuente pero independiente a la vez, se manifiesta la moda derivada de la cultura y los tejidos mudéjares en una decoración poblada de elementos de la heráldica, castillos, águilas, leones, lises y algunos símbolos islámicos como los motivos geométricos, vegetales o las estrellas de ocho puntas.

Los tocados El tocado, de origen bizantino del periodo románico que, cubriendo la cabeza, cuello y hombros, podía descender hasta el pecho. Tocado 'español' que enmarca el rostro con tiras de tela rizada y se sujeta con un bonete. Tocados "puramente españoles", como el que presenta "elementos laterales cónicos o planos" por encima de la copa, o el tocado "casi cilíndrico", más alto que el birrete masculino. Excelentes ejemplos de ambos modelos se encontraron en el convento burgalés de Las Huelgas. Hay que anotar también que, como signo de permanencia de la estética musulmana, estos tocados 'españoles' se combinaban a menudo con "tocas o bandas rizadas de tela" que a modo de velo llegaban a tapar parte del rostro. Tocado del periodo tardío (siglos XII al XIV), tras las cruzadas, similar a un turbante, a partir de una larga y estrecha pieza de tela enrollada a la cabeza. Tocado de una sola pieza dejando el cuello a la vista o cubriéndolo con otro complementario, también del románico tardío y que se conservaría hasta finales del ).

Bordados y tejidos Una técnica heredada de periodos anteriores permitía el bordado en lanas, linos y sedas combinados con metales, generando diversos tipos de punto: punto estirado o bordado llano, «opus consutum» o de aplicación, «opus plumetis» o «plumarium», punto de apariencia enarenada llamado «opus pulvinarium»; bordado ajedrezado a dos caras, formando ondas; y los llamados 'puntos de figuras'.

Un ejemplo del bordado románico, fruto de la colaboración de talleres cristianos y musulmanes, es el forro del arca de las reliquias de san Isidoro (hacia 1063). Tejido en lino, muestra un bordado "estirado" con figuras zoomorfas y círculos tangentes en una decoración en red.

Bajo Medioevo Todos los investigadores coinciden en resaltar la invasión -una de las primeras- del gusto francés (Occitano, Franco y Flamenco) en la moda de los reinos de la Península en el umbral del Renacimiento. La indumentaria femenina se hace más femenina aunque sin llegar a producir siluetas sinuosas. La mujer del muestra su torso ceñido por vestidos que marcan el pecho y muy escotados mostrando la garganta, clavículas y hombros. Completan la indumentaria cotardias y gardacós, así como la costumbre de alargar con colas los vestidos 'de encima', alargamiento que recibiría el nombre de faldas.Galicismos, por cotardie y gardecorps.

En este periodo de transición de los y , la pieza más original del traje femenino 'español' fue la mantonina o mantonet catalano-aragonés, como su nombre anuncia, manto corto que cubría las caderas. Otra nota distintiva del gusto general europeo fue la conservación del uso de la cofia, en especial un modelo con larga cola y cubierta con cintas entrelazadas, quedando el pelo recogido en una trenza bajo esta funda. Otro complemento autóctono fueron las tecas, original tocado que llegaba a cubrir la cara y evidente origen.